En 1933 el maestro Raúl Soldi llegó a Glew buscando un lugar alejado para sus descansos veraniegos. Según él, aquellos 34 kilómetros que lo separaba de la gran ciudad le daban inspiración y creatividad.

Era un poblado tambero, de calles de tierra, donde reinaba mucha tranquilidad. A pocas cuadras de su casa Soldi descubrió la capilla Santa Ana el mismo año de su nacimiento. Las paredes eran blancas y de cal apagada. Quizás ese carácter casi inmaculado que transmitían los muros fue el que inspiró al artista para ponerse a pintar sobre ellos. No lo dudó y en 1953 comenzó una obra que culminaría en 1976: los 13 frescos que relatan la historia de Santa Ana, madre de la Virgen María.

María Inés Reihndel es guía de la Parroquia y como tal, la encargada de dar a los visitantes la preciada información que todos vienen a buscar. "Soldi se vino acá porque le gustaba el campo. Y a pesar de que era un artista de renombre internacional él aquí vivía como un vecino más", cuenta la guía.

Tardó tantos años en terminarla porque realizaba una obra por cada verano que pasaba en Glew. El mito popular dice que pintaba durante las misas, comía subido a los andamios y cuando terminaba un fresco, les cobraba a los vecinos una docena de huevos y una gallina.

Así de sencilla era la vida de este gran artista que plasmó en Glew parte de una obra vinculada a la solidaridad. "Al principio a la gente le costó aceptarlo porque veían que no eran imágenes religiosas. Hasta que comprendieron el significado de su obra y de su forma de mezclar la religiosidad con imágenes que realizaba a partir de la historia misma de Glew", señala Reihndel.

Para esta obra, Soldi tuvo que estudiar todos los evangelios, incluyendo los apócrifos. Todas las escenas están ambientadas en el pueblo de Glew. Por eso en su obra uno encuentra molinos de viento, la biblioteca del pueblo y hasta la fachada de la capilla.

Todavía quedan vecinos que recuerdan a Soldi pintando la capilla. Los que tuvieron esa fortuna rememoran el arduo trabajo encarado: comenzaba picando las paredes, luego las volvía a revocar y solo recién daba inicio a la primera pincelada. Si se equivocaba en un trazo, volvía a picar para hacer de nuevo el trabajo.

La epopeya de pintar 13 frescos durante 23 veranos sintetiza su pasión no solo por la pintura sino también por Glew, un pueblo al que Soldi, uno de los más grandes artistas argentinos, convirtió en ícono mundial.

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