
La muerte de Carmen Teresa Navas debería estremecer a toda América Latina. Y especialmente a la Argentina.
No murió dentro de una cárcel. No fue ejecutada frente a cámaras. No apareció en una lista oficial de víctimas. Pero su muerte también es consecuencia directa de la barbarie chavista. De un aparato de poder que destruye familias enteras, administra el dolor y convierte la incertidumbre en un mecanismo de tortura.
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Carmen Teresa Navas murió apenas diez días después de enterarse de que su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, había muerto bajo custodia del régimen venezolano. Durante meses lo buscó desesperadamente. Recorrió centros de detención, tribunales y organismos del Estado exigiendo una fe de vida mientras quienes ocupan el poder ya sabían que él estaba muerto. Y aun así la hicieron seguir buscando por meses, mientras ocultaban que su hijo ya había sido enterrado en una fosa. Fue crueldad deliberada.
Lo ocurrido con esta madre venezolana es parte de un patrón.
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En enero murió Omaira Navas, apenas quince días después de la liberación de su hijo Ramón. También murió Yarelis Salas esperando la liberación de su hijo Kevin, quien fue excarcelado apenas cuatro días después de su fallecimiento. Ahora murió Carmen Teresa Navas. Y hace pocos días también falleció Carlos Giuliani, padre del abogado argentino Germán Giuliani, secuestrado por la dictadura chavista desde hace casi un año.
Carlos murió esperando volver a abrazar a su hijo.
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Y esto es importante decirlo en Argentina, porque muchas veces el horror venezolano se observa desde lejos, como si fuera una tragedia ajena, como si se tratara de una crisis política abstracta y no de una maquinaria humana de destrucción. Pero hoy hay un ciudadano argentino secuestrado en Venezuela, como lo estuvieron varios durante mucho tiempo.

Germán Giuliani tiene medidas cautelares otorgadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Tiene incluso una boleta de excarcelación desde febrero. Y aun así continúa preso. Injustamente preso. Separado de su familia. Sin garantías. Sin debido proceso. Convertido en rehén político de una estructura criminal que utiliza seres humanos como fichas de negociación y mecanismos de terror.
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Su padre murió esperando verlo libre.
¿Cuántas familias más tienen que ser destruidas para que algunos reaccionen?
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Porque también hay un silencio que se ha vuelto insoportable. El silencio de quienes todavía relativizan lo que ocurre en Venezuela. El de quienes siguen hablando de “tensiones”, “polarización” o “problemas institucionales” frente a un sistema que desaparece personas, tortura presos políticos y deja morir madres consumidas por el dolor.
Hay demasiada gente cómoda mirando hacia otro lado.
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Demasiados dirigentes, intelectuales, activistas y referentes internacionales que encuentran siempre una excusa para callar. Porque denunciar ciertas dictaduras pareciera incomodar más que denunciar otras. Porque todavía hay quienes intentan maquillar esta barbarie bajo discursos ideológicos, geopolíticos o partidistas.
Pero no hay narrativa capaz de justificar que una madre recorra cárceles buscando a un hijo que ya estaba muerto. No hay relato político capaz de explicar que un padre argentino muera sin poder abrazar nuevamente a su hijo secuestrado. No hay causa revolucionaria, antiimperialista o progresista que pueda limpiar semejante degradación humana.
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Lo que existe hoy en Venezuela es una estructura de poder profundamente deshumanizada. Un sistema que utiliza el miedo, la desaparición forzada, la prisión política y el sufrimiento familiar como herramientas de control social. Y por eso el silencio también termina siendo una forma de complicidad.
La muerte de Carmen Teresa Navas no puede convertirse en otra noticia fugaz dentro de la tragedia venezolana. Tiene que convertirse en memoria. En denuncia. En conciencia.
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Y algún día, debe haber justicia. Judicial, histórica y moral. Un día cercano. Para Víctor Hugo Quero Navas. Para Germán Giuliani. Para Carlos Giuliani. Para Carmen Teresa Navas. Para todas las familias destruidas por esta maquinaria de crueldad.
Y también para quienes hoy siguen esperando, en silencio, que alguien los ayude a volver a abrazar a sus hijos.
¡LIBERTAD PARA TODOS LOS PRESOS POLÍTICOS EN VENEZUELA!
* La autora es defensora de derechos humanos. Secretaria General Foro Argentino para la Defensa de la Democracia (FADD) y miembro fundadora del Foro Argentino contra el Antisemitismo (FACA).-
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