
Esta semana, se conoció la historia de una azafata de Aerolíneas Argentinas que, en mayo pasado, intentó abordar un vuelo a Miami con un pequeño cargamento de joyas y monedas de oro y una decena de teléfonos iPhone, modelos 12 para arriba, un cargamento valuado por la Policía de Seguridad Aeroportuaria en 47 mil dólares
La mujer de 64 años dijo que, básicamente, llevaba todo como un favor a un amigo, que los teléfonos, incluso, eran para reparar. Terminó acusada por el juez en lo penal económico Diego Amarante, que la imputó por el delito de contrabando. Su casa fue allanada: le encontraron 93 mil dólares y 15 mil euros.
Esta, sin embargo, es una historia de tantas. El contrabando de oro es un fenómeno recurrente en la Justicia argentina, un fenómeno que mezcla lingotes y monedas de curso legal con las joyas de la abuela, que mezcla a tripulantes de cabina con turistas y grandes turbios del hampa. Hubo casos más silenciosos que el de la azafata, y mucho más grandes.

Los casos se repiten en el tiempo. No se trata solo de azafatas, por otra parte, sino también de simples pasajeros
El 2 de abril último, tres sospechosos oriundos de La Plata con pasaje de Turkish Airlines a Sao Paulo, Brasil, despacharon ocultos en sus maletas “cuatro cadenas de eslabones dorados que registraron un peso total de 1.192 gramos, cuyo valor en Aduana -al día del procedimiento- alcanza los US$ 123.065,88″, asegura un documento judicial al que accedió Infobae.
En enero de 2024, una mujer y un hombre, también en Ezeiza, parecían apresurados por abordar un vuelo de Ethiopian hacia Hong Kong mientras les revisaban sus valijas. La PSA les encontró tres kilos de lingotes de oro en sus maletas, ocultos en paquetes de yerba mate.
El 11 de enero de 2022, otros dos sospechosos con pasajes de Air France a París enfrentaron los rayos X del sector de preembarque. Los sospechosos no eran argentinos: sus pasaportes eran franceses y británicos. Llevaban en sus mochilas 67 monedas de oro fino, tasadas por la División Control y Fiscalización de Aduana en 60 mil dólares. Llevaban también un interesante surtido de billetes: dólares, euros, plata de Uruguay y hasta de Singapur. Tal como la azafata, terminaron imputados en la Justicia en lo Penal Económico.

Hay otro caso en la saga que sorprende no solo por la cantidad de material incautado, sino también por el curioso perfil de su protagonista, un hombre de mundo, por así decirlo. José María es su nombre, parte argentino, parte español, con documentos de ambos países. En Buenos Aires, tiene como domicilio un pequeño departamento en Barrio Norte. En España, reside en la bellísima isla San Juan Bautista, parte del archipiélago de las Baleares.
Don José tiene 68 años. Ante la Justicia argentina, dijo ser un jubilado con una magra pensión de menos de 600 euros. El 4 de abril de este año, el jubilado reconoció su culpa y pactó una probation con el Tribunal en lo Penal Económico N°3, el fuero encargado de investigar el delito de contrabando. Deberá, entre otras obligaciones, entregar $200 mil en moneda argentina a la cooperadora del Hospital Penna de Bahía Blanca.
¿El delito? Despachar una valija en un vuelo de Iberia a Madrid en agosto de 2022, con un kilo de oro en lingotes dentro de un cuadernito.

Una explicación
¿Por qué contrabandear oro en una valija? El gramo de 24 kilates en Buenos Aires -que puede hallarse a poco más de 150 mil pesos- es incluso más caro que en Estados Unidos, donde promedia, hoy, los 108 dólares. El contrabando de oro, por otra parte, explican investigadores expertos, suele venir aparejado de hallazgos de dinero en efectivo; los dólares aparecen con frecuencia en las requisas a valijas realizadas por la PSA.
El fenómeno se explica, básicamente, por una cuestión economía de espacio: contrabandear oro es mucho menos aparatoso que contrabandear efectivo. Un gramo, aquí y donde sea, son poco más de 100 dólares. Solo hay que meterlo en una valija y burlar un scanner. “¡Plata negra concentrada°”, se ríe un investigador clave en Tribunales.
También, se trata de penas bajas, muy bajas: el delito de contrabando de oro es usualmente castigado con pocos años de prisión en suspenso. Don José de las Baleares, por ejemplo, recibió un año en el TOPE N°3. Luego, está Gustavo Juliá, que no es un simple jubilado con un cuadernito, sino una figura del hampa.
Juliá también tenía una cuenta pendiente con la Justicia por, precisamente, contrabando de oro y platino a España. El 14 de mayo último, mientras estaba preso en el penal de Ezeiza, fue condenado en el TOPE N°3 por llevar 7 kilos de oro y medio kilo de platino en un vuelo desde Ezeiza a Miami en agosto de 2009, un lote valuado en 207 mil dólares. El metal viajaba en la maleta carry on de Juliá. Un documento de Homeland Security fue clave para la acusación.
La pena, casi 16 años después, fue de tres años en suspenso.
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