
El 17 de febrero pasado a las 6, un hombre de 32 años, oriundo de Perú, fue asaltado por dos hampones a punta de pistola en un pasaje cercano a la capilla San Antonio de la Villa 1-11-14. Le robaron su celular, un viejo Samsung, junto con su billetera. El asalto podría haber terminado allí. Sin embargo, el hombre sufrió una bestial golpiza. Los delincuentes atacaron por la espalda. Luego, a trompadas en el rostro; se detuvieron solo cuando vieron pasar a dos policías. Así, corrieron rumbo al Bajo Flores.
La víctima denunció el hecho horas más tarde, en una dependencia de la Policía de la Ciudad. “Me duele la espalda”, aseguró. Fue enviado a un hospital. Allí, le tomaron radiografías. Los médicos descubrieron que tres de sus vértebras estaban fracturadas. Las lesiones fueron calificadas como permanentes; la víctima viviría con dolor y se movería con dificultad por el resto de su vida.
Entonces, la Policía de la Ciudad comenzó a rastrear a los delincuentes, cámara por cámara. Un domo los tomó en su fuga; un par de zapatillas parecía la pista principal.
Así, el mes pasado, el personal de la División Investigaciones de la Comuna 7 de la fuerza porteña arrestó en el Bajo Flores a dos sospechosos, Ángel Percy Araujo Caledonio y Raúl Ezequiel Donayre Aranda, de 20 y 21 años respectivamente, ambos hijos de familias peruanas, ambos con domicilios en la Villa 1-11-14, acusados en el Juzgado N°37 por los delitos de robo y lesiones graves. Las zapatillas que uno de ellos habría utilizado en el ataque del 17 de febrero fueron halladas en uno de los allanamientos para capturarlos.

Sus teléfonos también los delataron. Un análisis de triangulación de antenas los ubicó en tiempo y lugar no solo en el asalto de febrero, sino también en otros dos robos altamente violentos cometidos este año.
Mientras tanto, sus fichas en la Cámara Criminal y Correccional hablan de una vida delictiva al límite.
De acuerdo a fuentes del caso, Donayre fue acusado en 2020, cuando aún era menor de edad, de asaltar a tres víctimas -una de ellas, un taxista- en dos expedientes distintos junto a otros jóvenes ladrones del Bajo Flores. La calificación siempre fue la misma: robo en poblado y en banda. Por lo menos, según lo relevado por Infobae, no habría recibido una condena hasta el momento.
Percy Caledonio, un año menor que Raúl Ezequiel, tiene una historia más violenta todavía. Comenzó su carrera cinco años atrás, cuando todavía era inimputable, con una docena de causas penales desde ese entonces. Diez de ellas tienen fecha de 2021.
Este año, también, fue denunciado por violencia de género, con una presentación en su contra en la OVD de la Corte Suprema. Los delitos en la lista son idénticos a los de su cómplice: robo en poblado y en banda, encubrimiento.
Otros rateros adolescentes del Bajo Flores

Percy y Raúl son parte de un cambio de época que comenzó en la última década en la Villa 1-11-14: el poder casi inamovible que ostentó la banda de “Marcos” Estrada González, el líder dealer de la zona, dio lugar a jóvenes bandas de rateros que comenzaron a delinquir en el Bajo Flores con un alto nivel de violencia.
“Los Tomatitos” fueron una banda de cierto renombre en la zona, acusados de asaltar a un cabo de la PFA en Villa Celina en febrero de 2021. Le robaron su Bersa 9 milímetros reglamentaria y su Peugeot 206. Antes de escapar, le dispararon.
Sin embargo, cometieron un error grosero: en el auto estaba el celular de la víctima, que jamás descartaron. Ese teléfono, que fue denunciado, emitió una señal que llegó hasta el Barrio Illia del Bajo Flores. En abril de ese mismo año, el fiscal Claudio Fornaro logró capturar a cuatro de cinco miembros de la banda. Todos ellos tenían entre 17 y 21 años.

El 24 de diciembre de 2016, un asalto en el Bajo Flores le costó la vida a Brian Aguinaco, de cinco años. En julio de 2019, el Tribunal Oral Criminal Nº1 condenó a prisión perpetua por el delito de homicidio criminis causa a Luis “Yun” Gómez, de 28 años, acusado de ser el conductor de la moto en el robo a tiros.
B.G, el menor de edad acusado de ser el tirador, nacido en Perú, eludió a la Justicia. Tenía 15 años al momento del crimen: su familia lo ayudó a fugarse de vuelta a su país. Integraba una pandilla de motochorros, “La Banda de la Salita”, se hacían llamar.
El crimen se convirtió en foco de tensión para el Gobierno porteño en aquel entonces, con fuertes protestas en el Bajo Flores y un intento de tomar una comisaría por parte de vecinos.
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