
El viernes pasado, cerca de las 17, Roberto Wolfenson, ingeniero electrónico y ejecutivo de una reconocida firma productora de baterías, debía tomar su habitual clase de piano en su casa del country La Delfina de Pilar. El hombre estaba sólo en la casa, porque su pareja había decidido quedarse esa semana en Villa Devoto, en la casa de una hija suya. El instructor musical llegó puntual.
Allí, tocó la puerta una y otra vez. Como Wolfenson no respondía, decidió avisar a los guardias de seguridad privada que, con anuencia telefónica de la pareja del dueño de casa, decidieron ingresar por la fuerza. El primero en entrar fue el profesor. Tardó pocos segundos en encontrar a su alumno muerto, boca abajo y con sangre en sus manos y rostro. El estupor de todos fue inmediato.
A partir de ese momento comenzó una investigación que, en un primer momento, vivió una situación insólita. El uso del pasado es protocolar, ya que la bizarra escena continúa hasta hoy. Es que, si bien el área de Policía Científica empezó a investigar el hecho como un homicidio, el médico de policía que llegó al lugar firmó el certificado de defunción de Wolfenson afirmando que había fallecido por una “muerte natural”.
Ante esto, el fiscal Andrés Quintana ordenó realizar igualmente una autopsia para que no quedaran dudas, y para no repetir la trágica situación vivida 22 años atrás en el caso de María Marta García Belsunce. Esa decisión fue fundamental. El sábado a las 10 comenzó la necropsia. Apenas 30 minutos después de iniciada, la profesional que la realizaba llamó al funcionario judicial para avisarle que estaban ante un claro homicidio.
Cuando los fiscales volvieron a preguntarle al médico, el profesional de la Policía se mantuvo en su posición. “Esa autopsia está mal hecha, se murió por un infarto”, aseveró, según reconstruyeron fuentes del caso.
Amén de esto, la Policía Bonaerense siguió trabajando el caso como un homicidio. Se procedió con la toma de rastros en la escena del crimen, de testimonios y otras pruebas de rigor. Pero, en paralelo, se realizó una especie de junta médica en la sede de la Fuerza en La Plata.
Varios médicos analizaron durante el fin de semana las fotografías del cuerpo, los videos de la autopsia y los documentos elaborados. Hubo unanimidad en considerar que la muerte era producto del accionar de un tercero, es decir, un asesinato.
En esa reunión, también estuvo presente el médico de policía que, a pesar de todo y en contra de todos, se mantuvo en su posición de decir que todo se trataba de muerte natural. “Hasta el día de hoy sigue diciendo que es fallecimiento por un infarto”, explican las fuentes consultadas.
Al final del domingo, el responsable del área de medicina forense de la Policía Bonaerense contactó al fiscal Germán Camafreitas, que para ese entonces ya se había hecho cargo de la situación, ya que su colega Quintana lo había cubierto en las primeras horas.
“El llamado fue para decirle al fiscal que, efectivamente, no tenían dudas de que era un homicidio. También le aclaró que, probablemente, el primer médico no quería bajarse de su primera versión para no dar marcha atrás y quedar mal ante todos”, aseguraron.
Hasta el momento, no hay una hipótesis firme de por qué mataron al ingeniero electrónico. Se investiga un supuesto encuentro con una persona desconocida, que Wolfenson mismo había adelantado. El teléfono de la víctima, que fue robado, se activó este lunes en territorio porteño. El análisis a los restos continúa: los fiscales ordenaron un estudio al pool de vísceras, además de un análisis toxicológico para confirmar o descartar cualquier factor.
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