
Años atrás, Eric Andrés Tolaba vivía en la zona de Trujui, partido de Moreno, en un barrio de clase obrera cerca del arroyo Las Catonas, un hilo de agua rodeado de yuyos y cargado de basura. En junio pasado, ya con 27 años, lo detuvieron en el barrio General Díaz de Asunción, en Paraguay, básicamente por andar en caliente: tenía pedido de captura por robo agravado, lo acusaban de haber asaltado a una mujer el día anterior. Para colmo, iba en un auto robado, un Toyota repintado de negro, denunciado como sustraído también en la capital paraguaya.
No se rindió cuando la Policía de Paraguay le hizo luces para que frenara, tuvieron que perseguirlo. Llegó, incluso, a treparse a un techo. Un comisario tuvo que bajarlo a rastras. Tenía una pistola .45 al cinto, con tres balas en el cargador, que descartó en el patio de una casa mientras corría. Lo ficharon con foto, se lo veía mucho más flaco que en la imagen que quedaba de él en Argentina, su vieja foto en el Registro Nacional de las Personas. El sistema reveló sus antecedentes, la vida lejos de casa: expedientes por robos en 2013, 2014, 2017 y 2021.
El domingo pasado, Eric Andrés se coló en la historia grande del crimen organizado en Latinoamérica.
El ministro de Justicia de Paraguay, Édgar Olmedo, confirmó que 35 reclusos se fugaron de la cárcel de San Juan Bautista de Misiones, facilitada por la supuesta negligencia de varios carceleros, según aseguró el diario ABC Color. Entre ellos estaba Tolaba, que fue recapturado poco después, confirmaron autoridades de Paraguay a los organismos de seguridad.
Según autoridades argentinas y paraguayas, la gran mayoría de los fugados pertenece al sanguinario Primeiro Comando da Capital, una de las principales bandas del continente, señalada por controlar el tráfico de marihuana y cocaína en la región, con extensas plantaciones en la región de Pedro Juan Caballero y sicarios de extrema ferocidad.
Hay diálogo entre las autoridades argentinas y paraguayas por el tema. La cárcel de San Juan Bautista queda a 300 kilómetros de Itatí. Solo hay que cruzar la porosa frontera del río Paraná.

En Latinoamérica, después de las FARC en Colombia y de la Mara Salvatrucha, viene el PCC. Y al contrario de las maras o la FARC, el PCC está incómodamente cerca. Tras la primera visita al país de Jair Bolsonaro en 2019, algunos funcionarios se preguntaban cuánto faltaba para que una de las peores bandas criminales de Brasil se atreviera a desembarcar con fuerza en territorio nacional. Tienen con qué para hacerlo: el poder de fuego, la mística magnética para sumar nuevos miembros y la absoluta falta de piedad.
Durante los últimos 25 años, el PCC, creado en las cárceles de Sao Paulo en venganza por la brutal masacre de Carandirú de 1993, pasó de ser una simple banda de sicarios y narcotraficantes a convertirse en la fuerza asesina más brutal debajo del Ecuador, con el no menos temible Comando Vermelho con el que se disputa territorios en enfrentamientos armados. Con el tiempo, desembarcó con fuerza en Paraguay, para extender su membresía a paraguayos.
Estuvo presente en los últimos años en Argentina, en cierta forma. La presencia de sus miembros fue detectada en cárceles argentinas por el hoy desmantelado aparato de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal. Dos de sus hombres, Renato Dutra y Thiago Ximenes, fueron parte de la fuga del penal de Ezeiza en agosto de 2013: Ximenes fue iniciado en la banda en un penal patagónico en 2012, según informes reservados.
Por lo pronto, Gendarmería Nacional recibió la información de que 16 de los 35 prófugos ya fueron recapturados, entre ellos Víctor Manuel Roa, sindicado como hombre fuerte del PCC, condenado recientemente a 40 años por una masacre en un penal paraguayo.
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