
Cuando entregaron sus ropas manchadas de semen para ser peritadas en un laboratorio químico de la Policía de la Ciudad, los seis detenidos por la bestial violación grupal ocurrida a comienzos de este mes en Palermo no tenían otra cosa que ponerse. Entonces, les dieron la ropa que les tocaba: mamelucos blancos. Luego, comenzaron a acostumbrarse a sus celdas. No estaban todos juntos. Fueron encerrados literalmente en seis comisarías distintas de la fuerza porteña. Ninguno está en contacto con el otro. La decisión oficial, desde el comienzo, fue separarlos para que no unificaran su discurso.
Así, Ignacio Retondo, Ángel Ramos, Steven Cuzzoni, Lautaro Ciongo, Thomas Domínguez y Franco Lykan continúan encerrados. Algunos lloran, otros callan, según fuentes que conocen de cerca su encierro. Otros piden por su libertad.
Las próximas horas serán claves para su futuro. El martes 15 de marzo, se vence el plazo de diez días que tiene el juez Marcos Fernández para determinar si les dicta la prisión preventiva. Los imputados conocen los tiempos judiciales y se muestran ansiosos. Tienen la esperanza de que mañana les abran la jaula de metal en la que se encuentran, quizás sin tener conciencia de que afuera les espera una mucho más grande preparada por la sociedad. Mientras unos lloran desconsoladamente día y noche, otros prefieren el silencio y algunos se refugian en los libros que les llevaron sus familiares. Hay una sola cosa que repiten los seis, cómo la mayoría de los presos: que son inocentes.
Según pudo conocer Infobae, todos los acusados fueron visitados en los últimos días. Incluso algunos de los imputados reciben a sus familiares casi a diario. Lo primero que pidieron fue ropa.
El otro de los pedidos que hicieron prácticamente todos, fue material de lectura. “Es fundamental para que distraigan la cabeza. Están solos en celdas individuales pensando todo el tiempo sobre lo qué pasó y con la única persona que pueden hablar es con el efectivo que los vigila”, dice alguien del entorno de uno de ellos.

Hay dos que están más angustiados que el resto y que “lloran día y noche”, según cuenta alguien que los conoce. Son Thomas Domínguez y Alexis Steven Cuzzoni. Casualmente, son los dos amigos que se conocían de antes del hecho. El primero, que es el que aparece en los video con remera celeste y rastas cortas, el único de los seis que cuenta con defensores particulares, los doctores Jorge Alfonso y Silvina Fernández.
Domínguez utiliza su tiempo para preparar la ampliación de la declaración indagatoria que planea hacer el día lunes. Alli, dicen sus letrados, contará “su verdad” y revelará que padece una supuesta enfermedad, aparentemente, planea usar para su defensa.
En los últimos días también hubo lugar para los reproches. Franco Lykan, identificado en las imágenes de las cámaras de seguridad con bermuda y remera negra, se quejó de las declaraciones públicas que hizo su abuela. La mujer había dicho que, para ella, “se había dormido en el auto y no vio lo que había pasado”.
Al detenido, al parecer, no le gustó esa defensa. “No sé para qué se metió a hacer bardo”, dijo en su celda.

Por su parte, Lautaro Ciongo Pasotti, el dueño del auto blanco donde se produjo el abuso es el que se muestra más efusivo y acongojado. Maldice, aseguran cerca de él, el momento en que decidió salir con sus amigos.No hay muchas personas que puedan escuchar sus lamentos, más allá del policía que lo cuida y del abogado oficial que lo visita cada tanto.
En todos los casos, los familiares que visitaron a los detenidos les dejaron ropa, libros y, sobre todo, comida. “Es lo que más necesitaban aunque al principio les costaba comer, decían que no tenían ganas. Pero con el paso de los días comenzaron a alimentarse mejor con lo que les llevaban sus familiares”, cuenta alguien que los frecuenta.
Por su lado, Ángel Rámos es el más callado de todos, changarín, oriundo de Laferrere, padre de una hija. En entrevistas que tuvo con abogados, que finalmente no tomaron su defensa, se mostró cabizbajo y prácticamente sin emitir sonido. Sólo pidió por su mamá, que tuvo un pico de presión tras su arresto y tuvo que ser hospitalizada, según los propios miembros de su familia. Fue visto arrastrando a la víctima por la calle tras el abuso. Varias de sus prendas tienen manchas de semen. Es, quizás, el más complicado.

Algo parecido pasó con Ignacio Retondo. El ex militante político repudiado por sus propio espacio político y su propia universidad, era el más herido cuando llegó a la comisaría producto de la pelea que tuvo con los vecinos que salvaron a la joven de 20 años. Estando en la celda se enteró, hace algunos días, de la imputación en su contra por la denuncia de abuso sexual que realizó una chica identificada como G. La mujer, ante la trascendencia de los hechos de Palermo, se acercó a la fiscalía sanisidrense a cargo de Silvia Gremes y contó que había sido abusada sexualmente por Retondo cuando tenía 14 años. La Justicia sigue investigando ese hecho.
En todos los casos los detenidos les hicieron un pedido especial a sus familias. Les entregaron las contraseñas de sus redes sociales y pidieron que borren el contenido. Así lo hicieron y, si hoy se busca los perfiles de los seis, están desactivados o puestos en modo privado. El perfil de Instagram de Ciongo Pasotti, minado de insultos y amenazas, fue el primero en ser cerrado. El de Retondo fue vaciado por completo. No quedó ni un solo post.
Por el momento, según pudo saber este medio, los detenidos se quedarán donde están. Al menos hasta el martes cuando el juez Fernández determine o no la prisión preventiva. En caso de que eso sea afirmativo, probablemente, serán enviados a algún penal federal. El pabellón de abusadores de Marcos Paz es una opción de varias.
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