
El movimiento táctico de Gendarmería, que impactó sobre todo en la City porteña y frenó la operatoria del dolar blue durante el último miércoles, en realidad no fue un ataque a las operaciones ilegales de la moneda estadounidense sino una ola de allanamientos e intervención sorpresa para desarticular una poderosa banda narco que distribuía cocaína desde Sudamérica a Europa y lavaba millones de dólares en propiedades y “cuevas” porteñas. El saldo: tres detenidos y más de 100 cajas con documentación secuestradas.
Pero la trama de esta historia se remonta a una investigación que comenzó en 2018 y que tiene como personaje central al jefe de la banda, Carlos Sein Atachahua Espinoza, un hombre nacido hace más de 50 años en Perú pero con DNI argentino y antecedentes penales en su país.
Atachahua Espinoza está sospechado de lavar más de 35 millones de dólares conseguidos gracias tan rentable como ilegal el negocio internacional de la cocaína. Su esposa está prófuga en Perú y entre los imputados, pero en libertad por ahora, también está una hija del matrimonio. Además del capo peruano (que fue condenado a cuatro años de prisión en su país después de que lo detuvieran adentro de un auto con un kilo de cocaína) fueron detenidos su abogado Miguel Ángel García Ramos y la esposa, Carla Castañeda Correa.
El secreto del éxito de los narcos más poderosos es el dominio del territorio. Y Atachahua sabía de eso: se cree que su banda manejaba todo el circuito de distribución desde Bolivia y Perú, los lugares de origen, hasta Europa, su lugar de venta, pasando por Argentina, Brasil o Uruguay, los puertos de salida hacia el Viejo Mundo.

Para terminar con este negocio Gendarmería Nacional realizó más de 25 allanamientos en Capital Federal ordenados por el juez en lo Penal Económico Pablo Yadarola, a partir de la investigación de la fiscal en lo Penal Económico María Gabriela Ruiz Morales y la Procuraduría de Narcocriminalidad de la Procuración General de la Nación, a cargo de Diego Iglesias.
Una regla de oro en la investigación a los verdaderos narcos (y no a los vendedores o transportistas) es seguir la ruta del dinero y no la ruta de las drogas. Por eso 411 gendarmes avanzaron ayer sobre casas de cambio, locales comerciales y viviendas particulares, incluidas las casas del contador y abogado de la banda y la propia de Atachaua Espinoza, una mansión en Caballito que ocupa dos lotes y que tiene una pileta de alrededor de 80 metros cuadrados, según contaron fuentes de la investigación sorprendidas por la opulencia de la piscina.
Los agentes de GNA trabajaron fuertemente armados y causaron estupor en el microcentro porteño. Contaron fuentes del caso que estaban preparados para un eventual enfrentamiento porque habían investigado que el jefe de la banda se movía con una custodia preparada tácticamente para repeler y evitar una detención. Sin embargo no hubo un solo tiro.
Y además de la detenciones, secuestraron importante documentación para la causa, además de USD 360.000, $ 4.600.000, 10.000 euros y divisas Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay, Perú, México, Australia, Japón, Rusia y el Reino Unido. También se incautaron seis vehículos, 49 teléfonos celulares y un arma calibre .380.

"Lo más importante que se llevó a cabo fue la obtención de la documentación que se pudo secuestrar a través de las 16 órdenes de registro y presentación que se llevaron a cabo en distintas escribanías, estudios jurídicos y contables, donde se hallaba la documentación probatoria de la maniobra ilícita investigada”, explicó Edgardo Rivas, director de Inteligencia Criminal e Investigaciones de Gendarmería.
Según detallaron fuentes del caso a Infobae, Atachahua estaba asociado con Diego Guastini, propietario de una cueva financiera, que lo ayudó ingresar el dinero al país de lo vendido en Europa y a desarrollar una estructura de blanqueo en Argentina.
Lo hicieron durante años a través de “mujeres correo”, también llamada “mulas”. Y con el dinero ya en el país el jefe, su esposa y otros miembros de la banda compraron paquetes accionarios con activos valiosos, sobre todo cocheras y empresas de desarrollo inmobiliario.
Lo hicieron a precios irrisorios y luego declararon mejoras en los bienes de esas empresas para justificar las ganancias. Por ejemplo, compraron un edificio en Rosario 720, en el barrio porteño de Caballito, con el fin de levantar cocheras. Para eso, pusieron 5 millones de dólares cash.
Se calcula que a través de la compra de tres firmas esta organización logró introducir unos USD 7.250.000 “negros” en el mercado legal. El total del dinero lavado, afirmó la ministra de Seguridad nacional, Sabina Frederic, asciende a USD 35.000.000.

Guastini fue el cerebro del movimiento. Se trata de un financista que apareció asesinado por un sicario en octubre de 2019 en Quilmes, la ciudad donde vivía. El hombre era imputado colaborador (es decir, declaraba como “arrepentido”) en otra causa y, si bien había entrado al Programa Nacional de Testigos e Imputados en abril de ese año, renunció a los cinco días. Y también pidió que le quitaran la custodia del Ministerio de Seguridad nacional en mayo de ese año, lo que provocó que su nombre dejara de estar en reserva.
Fue un gesto extraño de Guastini, que no sólo era el contador y planificador de los movimientos de la plata que Atachahua Espinoza recaudaba en Europa y blanqueaba en Argentina. También trabajaba de “soplón” de la ex SIDE y de la Policía Bonaerense. Pasaba data de los propios negocios de lavado que le armaba al narco peruano.
Guastini se hizo conocido después de la desaparición de uno de sus socios en la “cueva”: Hugo Díaz, de quien no se sabe nada desde marzo de 2015. Los últimos que lo vieron con vida fueron él y el otro socio, Luciano Viale, hijo de “Lauchón” Viale, un espía de alto rango acribillado en su casa por el grupo Halcón en un supuesto operativo antidrogas.
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