
Néstor Fabián Giuliani no tenía muchas opciones después de salir de la cárcel de Marcos Paz en este año, luego de que el Tribunal N°19 le diera un año y tres meses por enterrarle un cuchillo de 25 centímetros en el brazo al policía que lo frenó por andar con un auto robado. Un reincidente violento con 55 años de edad, Giuliani ya tenía otra condena en su prontuario, seis años por robo a mano armada recibidos en 2005 y luego cumplidos. “Seis años sin pisar una comisaría”, dijo en 2018 cuando lo volvieron a detener por su ataque de furia con arma blanca. Se arrepintió cuando lo indagaron, se hizo cargo de la agresión en vez de negarla.
Así que Giuliani volvió a su barrio histórico, Ciudad Oculta, donde era alguien más temido que respetado, coordinaba equipos de fútbol y era el árbitro de los partidos de los fines de semana en la cancha de césped sintético del asentamiento. Esa cancha es un orgullo para los vecinos, dice la gente que vive en el lugar, que se puede ver desde el aire, la cancha sintética más grande de cualquier villa porteña.
Allí, Giuliani se encontró con una vecina de su mismo pasillo, de 21 años, madre de dos hijas. Intentó seducirla, quería que tuviera sexo con él. Giuliani no pudo, su vecina no estaba interesada. Así que la raptó, a punta de pistola y la subió a su auto, un Volkswagen Vento. Eso fue a comienzos de octubre de 2019.
A fines de noviembre, la vecina llegó a una comisaría de la comuna, demacrada, llorando. Así, comenzó una causa en el Juzgado N°45 de Martín Peluso y la Fiscalía N°20. Dos días después, tres hombres de la división Delitos contra la Salud de la Policía de la Ciudad llegaron a la cancha de césped sintético de Ciudad Oculta para arrestar a Giuliani: era el árbitro en el partido, lo encontraron con el silbato, dando las ordenes.

Esta semana, una sala de la Cámara Criminal y Correccional confirmó el procesamiento en su contra por los delitos de coacción y abuso simple y con acceso carnal. La Justicia contó al menos 40 hechos, con 10 violaciones, diez penetraciones por la fuerza, bajo amenazas de muerte a punta de pistola. Todo esto ocurrió durante casi dos meses, desde comienzos de octubre hasta fines de noviembre.
La Justicia pudo reconstruir cómo Giuliani tomó a su víctima por la fuerza para abusar de ella primero en su auto, luego en un hotel, para devolverla más tarde a su casa. Decía estar arrepentido, pero lo volvía a hacer, volvía a atacarla. Su víctima declaró cómo el hombre la obligó a consumir pasta base. “Intentaba tratarla como si fuese su pareja”, dice un investigador de la causa.
La matemática vuelve obvia la situación: los abusos ocurrían casi a diario, a veces violaciones, a veces manoseos y besos.
Hoy, Giuliani está de vuelta en una cárcel federal, el penal de Ezeiza. Su víctima y su familia tuvieron que dejar Ciudad Oculta, atemorizados por sus amenazas. “Ya va a ver lo que le va a pasar”, dijo el reincidente mientras lo esposaban.
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