
“Lo que pasa es que yo no toco jazz”, decía Leandro el Gato Barbieri. El célebre saxofonista argentino que murió hace diez años, el 2 de abril de 2016, en Nueva York. El artista dejó un enorme legado. Sin embargo, siempre destacaba que lo suyo era, justamente, la capacidad de fusionar la música de diferentes países para lograr un estilo único e inconfundible.
Había nacido en Rosario, el 28 de noviembre de 1932. Y, aunque soñaba con ser futbolista, desde muy chico comenzó a tomar clases de música en la escuela Infancia Desvalida de su ciudad. “Mi tío era saxofonista y mi hermano empezó a tocar trompeta. Así que yo empecé a tocar clarinete. Y después, todo lo que pasó es imposible de recordar. Aparte, mi memoria no es muy buena”, había dicho en una de sus últimas entrevistas.
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Sin embargo, la historia cuenta que, cuando escuchó a Charlie Parker tocando Now’s the Time, el Gato decidió cambiar de instrumento. Desde entonces, se abocó al saxo alto. Y, cuando en 1947 se trasladó con su familia a Buenos Aires, comenzó a tomar clases con el maestro Ruggero Lavecchia. Hasta que, finalmente, terminó desarrollando una carrera como músico de jazz en la Casablanca Jazz, los King Serenaders y las orquestas de Panchito Cao, Toni Cefalí, Pocho Gatti y la estable de Canal 13.
En 1953, en tanto, empezó a sobresalir de entre sus colegas gracias a su participación en la orquesta de Lalo Schifrin, quien le dio un destaque como solista. Ya con su saxo tenor entre las manos y tras la partida del maestro a Estados Unidos, se dedicó a tocar en reductos porteños junto a su hermano Rubén Barbieri, Jorge Navarro, Bebe Eguía, el Negro González y Néstor Astarita, entre otros.
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Poco a poco, el Gato fue cruzando las fronteras. Vivió un tiempo en Brasil. Pero fue en 1962, cuando se instaló en Italia junto a su esposa, Michele, que su fama se expandió. Primero grabó junto a algunos músicos de otros géneros, como Gino Paoli y Ennio Morricone. Luego trabajó tres años junto al cornetista Don Cherry, con quien grabó discos memorables como Togetherness (1965), Complete Communion (1966) y Symphony for Improvisers (1966). Y, finalmente, se contactó con el mundo del cine.
Claro que, sin lugar a dudas, la gran popularidad para Barbieri llegó en 1972, cuando tuvo la oportunidad de grabar la banda de sonido de la película Último tango en París, dirigida por Bernardo Bertolucci y protagonizada por Marlon Brando. Fue en esa época, justamente, que el Gato empezó a indagar en la música de América Latina. Así fue como se convirtió en el precursor de un sonido que mezclaba el folclore y los ritmos originarios de esta región, con el jazz. Y lo hizo como una manera de trasladar al arte su convicción política. Se definía como un progresista y estaba muy atento a las revueltas sociales.
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“Mi música es de todos los países”, decía. Bolivia (1973) y Chapter 3: Viva Emiliano Zapata (1974), son solo algunos ejemplos de su compromiso con la realidad que vivían por aquellos años los pueblos latinoamericanos. Pero, al mismo tiempo, contaba en sus formaciones con nombres como Ron Carter, Roy Haynes, Charlie Haden, Lenny White y Lonnie Smith, junto a quienes seguía consolidándose en su rubro.
Lo cierto es que, con el correr de los años, Barbieri logró imponer su estilo. Dicen que hasta el saxofonista de los Muppets había sido inspirado en él y en su clásico sombrero. De hecho, su música recorrió distintas latitudes.
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La muerte de su primera esposa y los problemas de salud que enfrentaba por temas cardíacos, hicieron que se alejara de los escenarios durante gran parte de la década del ‘90. “Fueron años bastante duros. Primero, porque uno es humano. Y, segundo, porque la profesión de artista es dura”, dijo el Gato sobre ese tiempo. Sin embargo, en 1997 decidió volver a hacer un show en el Playboy Jazz Festival de Los Ángeles. Y, después de eso, grabó varios discos más de smooth jazz. Aunque, para entonces, ya tenía serias dificultades en su visión.
En 2015, fue reconocido por su trayectoria en la entrega de los premios Grammy. Fue entonces cuando Pablo Gianera reconoció que el músico había cambiado el “paisaje completo de jazz”. Aunque vivió en Europa y terminó sus días en los Estados Unidos, el Gato nunca renegó de sus orígenes. Al contrario, se jactaba de venir “del tercer mundo”, lo cual le permitió darle un toque distintivo a su música.
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Vivía en la ciudad que nunca duerme desde hacía cuatro décadas. Y había rearmado su vida junto a su segunda esposa, Laura. Pero una neumonía, sumada a las complicaciones que arrastraba desde hacía años, hizo que terminara internado. Y, finalmente, falleció con 83 años de edad, después de haber grabado más de cincuenta discos.
“¿Cómo combino los elementos de América Latina con el jazz? Los combino en base a los colores, a las emociones, a los ritmos que son distintos y a una serie de cosas que suceden en Latinoamérica, que solamente los sé yo cuando toco. Todos esos elementos, yo los introduzco en mi música. Por eso es que hay veces en que dura, a veces caótica, a veces fuerte y a veces melódica“, decía tratando de poner en palabras su creación.
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