
Al día de hoy hay quienes, al descubrir una coincidencia repiten casi por inercia: “Alcoyana, Alcoyana”. Y los que no tuvieron la suerte de ver Atrévase a soñar, a fines de la década del ochenta, se preguntan de qué hablan. Aquel ciclo de entretenimientos que se emitía por Canal 9, en el que cuatro mujeres competían por un cambio de look, hoy parecería demasiado simple. Había sido ideado por don Alejandro Romay. Y uno de sus principales juegos consistía en hacer coincidir los paneles de madera con marcas de productos, como en este caso la de una línea de sábanas y cubrecamas que consiguió una publicidad que perduró por décadas.
¿Cuál era el secreto del programa? ¿Cómo hacía para marcar picos de rating en la difícil franja de las 18 horas siendo tan artesanal? La clave, definitivamente, estaba en su conductor: Berugo Carámbula. Vestido de Modart, el hombre lograba entrar en los hogares de los televidentes con una gracia única e invitaba a todos a sumergirse, al menos durante un rato, en esa fantasía que terminaba cuando la ganadora cruzaba el arcoíris para transformarse. “Los sueños, sueños son... pero aquí se hacen realidad”, decía entonces el anfitrión. Y nadie se movía hasta poder ver a la afortunada, vistiendo ropa de fiesta y agradeciendo premios modestos que, hoy, se prestarían para la risa.
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Pero el Zar de la televisión no se había equivocado al convocar a este uruguayo a su canal, todavía ubicado en el Pasaje Gelly 3378, que había llegado a la televisión argentina de la mano de Telecataplúm y ya había conquistado al público local con su participación en Comicolor e Hiperhumor, entre otros ciclos. Berugo, en tiempos de pesos devenidos en australes y de hiperinflación, terminó imponiendo un estilo que llevaba alegría a las casas, a pesar de que lo máximo que podía repartir era una cena en un restaurante de la Costanera, una joya enchapada o una canasta de productos de limpieza.

¿Quién era el hombre que lograba tanto con tan poco? Su nombre completo era Heber Hugo Carámbula. Había nacido el 31 de octubre de 1945 en Las Piedras, Canelones. Desde muy chico estuvo ligado al espectáculo. Aunque sus primeros pasos estuvieron vinculados a la música: a los 5 años le regalaron su primera guitarra, a los 7 empezó a tomar clases, a los 14 se recibió de profesor y, a los 15, formó su primera banda de jazz, la Crazy Crown Band.
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Lo cierto es que, pese a que su intención era ser un músico, su gran oportunidad en su país le llegó de la mano de la comicidad junto a artistas de la talla de Ricardo Espalter, Eduardo D’Angelo, Enrique Almada, Andrés Redondo y Raimundo Soto. De esta manera, logró traspasar las fronteras. Ya instalado en Buenos Aires desde 1975, desplegó su carrera en cine, con films como Brigada explosiva y Los bañeros más locos del mundo; y en teatro, con Zulma tiene un Berugo redondo o Duro de parar, entre otros. En televisión participó en Poliladron, El nieto de Don Mateo y Son amores, por mencionar solo algunos de sus muchos trabajos.
En cuanto a su vida personal, no era hombre de escándalos. Estuvo casado entre 1964 y 1983 con Adriana Senblat, con quien tuvo a sus dos hijos mayores, Gabriel y María. Los dos siguieron su legado, el primero como músico y, la segunda, como actriz. De su segundo matrimonio con Viviana Campos, en tanto, nació Joaquín, el hijo menor de Carámbula, quien también se desempeña como guitarrista y compositor.
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Lo cierto es que, comenzados los años 2000, Berugo empezó a experimentar distintos problemas de salud. Fue uno de los primeros en reconocer que tenía ataques de pánico, un problema de ansiedad que por entonces recién había comenzado a diagnosticarse. Y la pasó mal. De hecho, él mismo recordaba que la primera vez que había sufrido uno en la vía pública había terminado abrazado a una columna por más de media hora sin que nadie entendiera lo que le sucedía. Pero todo se complicó en el 2004 cuando, después de una serie exhaustiva de estudios, le diagnosticaron Párkinson.
A partir de ese momento, como era de esperar, Carámbula tuvo que alejarse de los medios. Tuvo un intento de volver al ruedo en 2008, cuando montó la obra Berugo en grupo, que mezclaba la música con el humor. Pero al poco tiempo el espectáculo bajó su telón alegando inconvenientes ajenos al artista. La realidad, según reconoció él mismo después, era que los problemas de rigidez que lo afectaban ya no le permitían seguir subiendo al escenario.
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“Cuando fui al médico y me diagnosticó la enfermedad… Y bueno, no es fácil. Por suerte, tengo un sentido del humor contra el cual no puedo lidiar. Ante una tragedia o un drama, lo primero que veo es la parte cómica. El Párkinson sirve para varias cosas, no hay que tomarlo como una cosa espantosa: me sirve para echarle azúcar a los churros, para bajar los termómetros y hasta para hacer el amor. Eso sí, recomiendo no dedicarse a ser francotirador”, dijo en una entrevista tratando de sobrellevar la situación. Pero la realidad es que cada vez la estaba pasando peor.

Después de estar un largo tiempo internado en el Hospital Pirovano y cuando ya nada podía hacerse para mejorar su estado de salud, Berugo volvió a su casa donde murió el 15 de noviembre de 2015, a los 70 años. Hasta último momento, el público lo acompañó. Todavía esboza una sonrisa cuando recuerda alguna de sus ocurrencias. Como el nombre de “marciano chupa tierra” con el que había rebautizado a la aspiradora o el “hete aquí” con el que empezaba algunas de sus frases.
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