
Elena Lucena tenía 101 años cuando murió, hace exactamente una década, el 7 de octubre de 2015. Había sido una de las grandes actrices de la denominada “época de oro” del cine nacional. Y dejó un inmenso recuerdo en todos sus colegas, que la acompañaron hasta último momento y que hoy la siguen recordando con un gran cariño.
“Si no fuera porque me duelen los huesos, seguiría trabajando”, había dicho la actriz en una de sus últimas entrevistas radiales. Obviamente, hacía tiempo que se había retirado de la actividad. Su último trabajo había sido una participación en Dos hermanos, la película de Daniel Burman protagonizada por Antonio Gasalla y Graciela Borges, cuando ya había cumplido los 95. Después, se mantuvo fuera de los sets de filmación. Pero feliz de haber logrado, al menos en su carrera, todo lo que siempre había deseado.
Nacida el 25 de septiembre de 1914 en Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Boedo, Elena era hija de José Lucena y Amelia Arcuri. De joven ayudó a sus padres en la sastrería familiar. No le quedaba otra. Pero, tiempo después, se mudó a la zona de Lugano. Y, con apenas 16 años de edad, participó de una audición radial que le permitió obtener su primer trabajo como actriz.

Corría la década del ‘30, tiempos en los que la televisión era un sueño lejano. Y la radio se convirtió, para Elena, en el pasaporte al estrellato. Trabajó con Blanca del Prado y Félix Mutarelli en La culpa la tiene el fútbol, con libretos de Manuel Meaños. Luego, desafiando la oposición de su madre que no veía con buenos ojos su faceta artística, se convirtió en cancionista de tango en Radio Nacional. Y más tarde formó parte del grupo Estampas porteñas, al que se sumó en 1939.
Cuenta la leyenda que, allá por 1941, Elena tuvo un roce con Eva Duarte -a quien todavía le faltaban un par de años para conocer a Juan Domingo Perón-, ya que las dos querían estar en el horario central de la emisora. Y que fue el mismísimo Jaime Yankelevich, quien terminó volcando la balanza en favor de Lucena, que para entonces ya había demostrado su talento.
En radio Belgrano, en tanto, le había tocado encarar roles dramáticos. Sin embargo, las autoridades se dieron cuenta de que el potencial de Elena estaba en la comedia, ya que aprovechaba los cortes comerciales para hacer reír a todos sus compañeros con sus bromas y morisquetas. Y así surgió el personaje de Chimbela, con el que sigue siendo identificada hasta el día de hoy. “Arsenio Mármol, el director, me observó y decidió crear el personaje que marcó mi carrera y me llevó al cine y al teatro”, recordó en una oportunidad. Y reconoció que, aunque al principio no le había gustado el nombre con el que la había rebautizado, era muy acertado para esta mujer alegre y desprejuiciada.

Este nuevo rol le permitió entrar a los elencos de Teatro Palmolive del aire y Radio Cine Lux. Pero también llegaron el cine, con films como La que no perdonó, Chimbela, Elvira Fernández, vendedora de tienda, Cinco besos, El ángel de trapo, Pájaros sin nido, Napoleón y La Rubia Mireya, entre muchas otras, y el teatro, con obras como Hello, Dolly!, donde reemplazó a Libertad Lamarque, La pérgola de las flores, Dos corazones, Madame 13, Penélope ya no teje, Carnival, Cuando las mujeres dicen sí, Alquilo novio para mi hermana, Cuatro escalones abajo, Minas fieles de gran corazón y La pulga en la oreja.
De a poco, su carrera le permitió cruzar las fronteras y llegar a países como México, Cuba, Venezuela, Uruguay, España y Brasil, sin contar las giras por el interior que hacía de la mano de su consagrada Chimbela. Y luego llegó la televisión, con ciclos como Duro como la roca, frágil como el cristal, La casa del amor, Millonarios a la fuerza, Una viuda descocada, Piel naranja, Como pan caliente y 099 Central, entre muchos otros.
Sin embargo, en el plano personal, Elena tuvo una pena de amor que nunca pudo superar. Cuando tenía apenas 19 años, se casó con el actor Julio Bianquet, con el que tuvo a su única hija, Hebe. Pero el hombre la abandonó a los pocos meses, sumiéndola en una profunda tristeza y dejándola sola con la crianza de su beba. Eran tiempos difíciles, con una sociedad llena de prejuicios. Y para ella no fue nada fácil salir adelante sin un marido al lado. Sin embargo, fue el amor de los suyos el que le permitió no bajar nunca los brazos.

“¡Nunca creí que iba a vivir hasta esta edad! No estoy espléndida, pero bastante resignada porque entiendo que el tiempo pasa y que una no es de plástico. Quiero vivir un poco más, aunque ya hice todo lo que tenía que hacer y ando un poco cansada. Hubiera querido despedirme de esta vida caminando sobre mis dos piernas, pero tengo que usar andador... Igual no quiero quejarme porque Dios me dio todo hasta una hija de oro, un nieto, Juan Francisco, y Tiziano mi bisnieto”, dijo en una de sus últimas entrevistas, cuando celebró sus 100 años.
Vivía en la zona de Colegiales, cuando una descompensación típica de la edad la llevó a otro plano. Luego de su despedida, sus restos fueron cremados en el Cementerio de la Chacarita. Muchos dicen que, más allá de los premios que recibió, que incluyen entre otros un Podestá, un María Guerrero, un Cóndor de Plata y un Hugo a la trayectoria, no fue reconocida como se lo merecía. Trabajó con figuras de la talla de Tita Merello, Mirtha Legrand, Pepe Arias, Pepe Iglesias, Carlos Estrada y Susana Giménez, entre muchas otras. Y, sin lugar a dudas, dejó su huella marcada en el mundo del espectáculo, lo que vale mucho más que cualquier galardón.
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