
Chinza Zorrilla partió de este mundo el 17 de septiembre de 2014 en su Montevideo natal. Pero sus increíbles anécdotas siguen haciendo sonreír a sus amigos y al público en general, de los dos lados del Río de La Plata. Es que, además de ser una de las más prestigiosas actrices de la región, era una de las mujeres más generosas, divertidas y espontáneas que tuvo el espectáculo local. Y quienes la conocieron aseguran que bien podrían recopilarse en un libro todas sus “zorrilladas”, como le decían a sus cuentos, sean creíbles o no.
Concepción Matilde Zorrilla de San Martín y Muñoz del Campo -tal su nombre completo- había nacido el 14 de marzo de 1922 y murió a los 92 años, cuando ya hacía mucho que no hablaba con los medios de comunicación. Sin embargo, en una entrevista que había dado un tiempo antes, se había referido a la muerte. Y había recordado una frase que le había dicho su madre, doña Guma Muñoz del Campo, cuando a pesar de gozar de un buen estado físico intuyó que se aproximaba su momento. “Ahora que es inminente mi paso al otro mundo, el miedo le ha dejado lugar a la curiosidad”, le había dicho la mujer antes de partir en paz.
Lo mismo hizo China cuando le llegó la hora. Es verdad que venía de una neumonía por la que había sido internada unos días atrás en la clínica Asociación Española. Pero la muerte la encontró durmiendo tranquila, después de haber visto una comedia norteamericana y de haberle indicado a su sobrina Laila Amorin, quien solía pasar largas horas charlando con ella en el segundo piso de la casa familiar, que se encontraba bien. No hubo drama. Simplemente, se fue. Pero dejó una inmensa cantidad de historias, algunas que se pudieron ver en televisión y, otras, que siguen pasando de boca en boca hasta la actualidad.

En los años que había vivido en los Estados Unidos, por ejemplo, China se había desempeñado como empleada en una productora. “Yo trabajaba de secretaria en una oficina. Allí tenía un joven compañero con el que tecleábamos todo el día la máquina de escribir. Él era tan feo y tan infeliz, que cuando me confesaba que quería ser actor yo pensaba: ‘¿Adónde vas a llegar con esa cara?’. Estuvo dos años conmigo. Era la imagen del actor que no puede llegar a ningún lado. Petiso y fiero. Un día me dijo que le habían ofrecido un papel en una película y que se tenía que ir a Los Ángeles. ¿Sabés quién era? Dustin Hoffman. Y la película que fue a filmar era 'El Graduado’“, recordó la actriz sin ponerse colorada.
Trabajó en películas como “Elsa y Fred”, “Besos en la frente” y “Conversaciones con mamá”, además de sus incontables trabajos en teatro, como “Eva y Victoria” y “El Camino a la Meca”, y televisión, como “Los Roldán” o “Vidas Robadas”, y facturó muy bien. Pero nunca le importó la plata. Usaba siempre las mismas blusas, tenía una vida sencilla y era desprendida por demás. En una oportunidad, se conmovió con un taxista que le contó que estaba endeudado, a punto de perder su casa. Y, como ella venía de cobrar un trabajo, no lo dudó y le dio 37 mil dólares a ese perfecto desconocido. “Cuando usted pueda me lo devuelve”, le dijo ingenua, sin firmar ningún papel a cambio. Y no se sorprendió cuando, ocho años más tarde, el hombre tocó a su puerta para devolverle el dinero. “Por uno solo que te devuelva lo que le has prestado vale la pena la cantidad de personas que no me han devuelto’”, fue su reflexión de entonces.
En los anales de la televisión argentina quedarán los momentos en los que, invitada a la mesa de Mirtha Legrand, China atendió los llamados que recibió a su teléfono celular. La primera vez se puso a conversar con alguien, se supone que un novio llamado Federico, como si estuviera en el living de su casa. Pero, para sorpresa de la diva, al año siguiente sucedió exactamente lo mismo. Claro que, ya alertada sobre lo incómoda de la situación, la actriz le pidió a su interlocutor que la telefoneara a su casa más tarde, sin registrar que se había convertido en una especie de clásico esto de llamarla justo cuando estaba al aire en los clásicos almuerzos.
Lejos de los egos de otros artistas, Zorrilla tuvo un gesto muy noble durante el rodaje de “Esperando la carroza”. Resulta que, a último momento, los productores del film de Alejandro Doria habían salido a buscar un vestido para que Betiana Blum usara durante su visita a la casa de su cuñada, ya que no se sentía cómoda con el que le habían preparado en vestuario. Y encontraron solo uno rojo, que le quedaba pintado. Pero resulta que China también tenía uno rojo para la ocasión y, cualquier otra actriz en su lugar, se hubiera opuesto a que su colega luciera un atuendo del mismo color. Ella, en cambio, decidió ponerse otro y jugar a que iba a cambiárselo para competir con su invitada, transformando lo que podría haber sido un conflicto en uno de los gags más memorable de la película.
En otra oportunidad, China acompañó a Carlos Perciavalle a hacer una función en Washington para la embajada Argentina. Era la noche de Navidad y él pensó que ella se iba a encargar de buscar los 200 dólares de la paga, pero la actriz no lo hizo y recién se dio cuenta cuando estaban en el colectivo de regreso a Nueva York. El actor se preocupó, ya que a ella le quedaban apenas 1,20 dólar en la cartera y, a él, 80 centavos para la cena de esa noche. Y todo empeoró cuando vino una persona a pedirles una colaboración y Zorrilla decidió darle todo lo que tenían los dos, convencida de que Dios los iba a ayudar. Por suerte, unos amigos los invitaron a pasar la fiesta en su domicilio de Park Avenue 957, donde obviamente fueron y comieron a lo grande. Aunque, cuando al día siguiente los anfitriones le reprocharon su ausencia, se dieron cuenta de que se habían equivocado de piso y habían celebrado, de colados, junto a un grupo de desconocidos.
Se definía como “una disfrutadora de la vida”. Le preguntaban: “¿Cómo querés que sea el cielo?“. Y China respondía: ”Igual al mundo pero sin las cosas malas. Que esté el tipo que espera el colectivo, pero que el colectivo pase. Que se vayan muriendo los viejos y no los niños". Entendía que la felicidad estaba en las cosas sencillas, como poder comer un rico almuerzo, dormir una siesta o ver una película. Y por eso, sin grandes pretensiones, la pasaba bien y logró aprovechar cada momento hasta el final.
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