
Cuenta la leyenda que, en una oportunidad, ella estaba en un restaurante de Miami esperando ansiosa que le trajeran el café que había encargado. Y que, cuando se lo llevaron, le preguntaron cómo lo quería, si dulce o amargo. Que entonces ella, dando por hecho que el café cubano es muy fuerte, contestó a los gritos: “¡Con azúcar!“. Y que luego contó la anécdota en un escenario con tanta gracia que el públco le empezó a pedir que la repitiera una y otra vez. Así nació el latiguillo con el que Celia Cruz terminó siendo reconocida en todo el mundo.
Era la reina de la salsa. La mujer que irradiaba alegría en cada show. La de la sonrisa eterna. Sin embargo, también fue la que, aquel 16 de julio del 2003, murió a los 77 años en Nueva Yersey sin haber podido superar nunca el dolor del exilio. Y la que pidió que la sepultaran en su ataúd junto a un puñado de tierra de su Cuba natal que ella misma había juntado en su última visita a la isla. Mejor dicho, en el único viaje que había podido hacer a Guantánamo después de que el régimen castrista se apoderara del país y la obligara a emigrar.
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Había nacido en el barrio de Santos Suárez de La Habana, donde creció en una familia humilde compuesta por su padre, un fogonero de ferrocarril llamado Simón Cruz; su madre, una ama de casa llamada Catalina Alfonso Ramos; y sus tres hermanos: Dolores, Gladys y Bárbaro. Siendo muy chica empezó a cantar y demostró tener no solo el sabor caribeño para el meneo sino también un talento indiscutible. Y, aunque intentó cumplir con el mandato que le habían impuesto comenzando la carrera de magisterio, al poco tiempo abandonó sus estudios para ingresar al conservatorio de música.
Entonces empezó a trabajar junto a un grupo llamado Mulatas de Fuego. Y no tardó en acortar su largo nombre, Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso, para comenzar su camino a la fama.
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El reconocimiento le llegó casi de inmediato cuando fue convocada para formar parte de la Sonora Matancera, una banda que se encargó de difundir los ritmos latinos entre 1950 y 1965. Fue la primera mujer negra en ocupar un lugar tan destacado en el medio musical. Sin embargo, tras la revolución liderada por Fidel Castro en 1959, la situación comenzó a cambiar para los residentes de la isla. De un día para el otro empezaron a cerrar teatros, cabarets y discotecas. Y, tras volver de una gira por México, en 1960, la banda entendió que lo mejor sería instalarse por un tiempo en suelo norteamericano.

Celia nunca imaginó que se trataba de un viaje de ida, sin boleto de vuelta. De hecho, dos años más tarde y después de una larga lucha contra el cáncer, falleció su madre sin que ella obtuviera el permiso del régimen para poder visitarla en su lecho de muerte. Y eso la marcó para siempre. A tal punto, que anunció que no intentaría regresar hasta que su país volviera a ser libre. Estaba desolada. Pero nunca se permitió perder la sonrisa. Así que siguió adelante difundiendo la música de su pueblo, su cultura y, por sobre todas las cosas, su alegría. Y dos meses más tarde, más precisamente el 16 de julio de 1962, se casó con el trompetista de la orquesta, Pedro Knight, quien se convirtió en el gran amor de su vida.
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Cuando ambos decidieron dejar la banda, Celia comenzó su carrera solista y su esposo, el negrito al que le ponía “sazón”, se convirtió en su arreglista y representante. Su primer álbum en solitario fue Canciones que yo quería haber grabado primero. Luego se asoció a Tito Puente, quien la contactó para que cantara con su orquesta y con quien grabó cinco discos. En 1973, en tanto, se presentó junto al pianista Larry Harlow en el Carnegie Hall de Nueva York donde hicieron un concierto de música afrocubana en el que la Guarachera de Cuba presentó su primer tema de un género dudoso llamado “salsa” con el que se intentaba englobar a los distintos ritmos latinos: Gracia divina. Y así comenzó a cautivar, también, al mercado angloparlante.
Entonces ya hacía casi una década que había dejado de ser asilada política para convertirse en ciudadana norteamericana. Pero Celia aún no perdía las esperanzas de volver a su patria. Esa de la que sus habitantes ya no podían salir libremente. Y a la que los residentes en el exterior no tenían la posibilidad de regresar, ni siquiera, para despedirse de los suyos. Sin embargo, allá por 1990, tuvo la oportunidad de ir en un vuelo militar a la Bahía de Guantánamo. Apenas aterrizó, besó el suelo emocionada en nombre de todos sus compatriotas que vivían en el exilio. Luego ofreció un show en el que interpretó algunos de sus éxitos, como Guantanamera, Kimbara y Canto a la Habana. Y, cuando se bajó del escenario, pidió permiso para dirigirse a la valla que divide la base del territorio cubano, de donde recogió un puñado de arena que guardó en una caja de cristal.
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“Hubo un cambio, por lo que la gente pensó que había llegado el mesías. Cuando nos fuimos en 1960 la gente todavía estaba feliz, pero luego, en 1961, se anunciaron algunas medidas que provocaron descontento. Los cubanos somos gente muy alegre. Lo seguimos siendo, contra viento y marea. Nadie puede cambiar nuestra personalidad. Nos gusta divertirnos, nos gusta salir, viajar y hacer lo que nos da la gana. Entonces, cuando el país cerró, comenzó el disgusto”, había explicado Celia en una entrevista con la BBC hablando de la revolución.

No le tenía miedo a la muerte. Ni siquiera se asustó cuando, en 2002, le detectaron un tumor cerebral. A pesar de que los médicos lograron extirpárselo, Celia entendió que tenía los días contados. Las metástasis se habían apoderado de ella. Y, a esa altura, lo único que deseaba era ser enterrada en Cuba. Algo que sabía que no iba a suceder. Pero, aún así, no dejó que la tristeza se apoderara de ella.
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Su última aparición pública había sido en un show homenaje llamado ¡Celia Cruz, Azúcar!, que le hizo la cadena Telemundo a beneficio de su fundación en marzo de 2003 y del que participaron artistas de la talla de Gloria Estefan, Marc Anthony, Olga Tañón, La India, José Feliciano, Johnny Pacheco, Gloria Gaynor y Patti LaBelle. Por esos días, además, había terminado de grabar su septuagésimo álbum, Regalo del alma, que incluía temas como Ríe y llora. “Qué a cada cual le llega su hora”, decía la letra de la canción. Y agregaba: “Esta negrita no pasa de moda”. Lo cual era cierto.
Cuatro meses después, Celia falleció. Sus restos fueron trasladados a Miami para que sus admiradores del exilio pudieran homenajearla. Y luego fueron llevados al cementerio Woodlawn, en el Bronx, donde fueron sepultados con un puñado de su tierra dentro del ataúd, como ella había pedido. La misma tierra que había juntado en su visita a Guantánamo, extendiendo su mano del otro lado de la valla en un intento de regresar a su amada Cuba. “No hay que llorar”, decía en La vida es un carnaval, su tema más difundido en el mundo. Y, haciéndole honor a esa letra, siempre dejó que sus penas se fueran cantando.
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