
“¿Qué pretende usted de mí?”, decía con una mezcla de sensualidad e inocencia desde la pantalla grande. Tuvo muchas ofertas para trabajar en Hollywood, ya que los mejores directores de cine del mundo se interesaron en ella. Pero la Coca Sarli las rechazó a todas. No quiso hacer nada que no fuera de la mano de Armando Bo, su gran amor.
Murió a los 83 años, el 25 de junio de 2019. Pero sigue presente en el recuerdo de todos los argentinos, por su irreverencia a la hora de enfrentar los prejuicios de su época. Lo que nadie imaginaba entonces era que, en realidad, esa actriz que aparecía en films eróticos como Carne, Fuego o Fiebre, era una chica tímida. Y que solo lograba sacar a esa mujer fatal por pedido de quien fuera su pareja prohibida y su gran mentor.
Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli en Concordia, Entre Ríos, el 9 de julio de 1929. Pero su padre abandonó a la familia para irse a Montevideo, Uruguay, y su hermano falleció cuando tenía apenas 5 años. Así que su madre, María Elena, decidió trasladarse con ella a Buenos Aries tratando de buscar una manera de salir de la pobreza. De esta manera, la Coca pudo terminar el secundario y estudiar dactilografía e inglés, con lo que pronto obtuvo su primer trabajo como secretaria.
En 1953 se casó con Ralph Heinlein. “Lo hice para librarme de mi madre”, reconoció. El matrimonio duró solo un año. Luego empezó su carrera artística haciendo algunos trabajos como modelo publicitaria. Hasta que, en 1955, fue consagrada como Miss Argentina. Y, a partir de ese momento, todas las puertas se abrieron para ella. Pero fue Bo quien la convirtió en una verdadera estrella de cine.
Su primer desnudo total -y el primero del cine argentino- fue en El trueno entre las hojas, un film de 1957 en el que se la podía ver nadando sin ropa en un arroyo. Cuenta la leyenda que el director le había prometido un traje de baño color piel para rodar esa escena. Pero que la prenda nunca apareció. Y, finalmente, los lentes de las cámaras lograron captar lo que ella, en su ignorancia, pensaba que el agua lograba cubrir. Al ver el resultado, ofuscada, arrojó un cenicero sobre el escritorio de vidrio de Bo. Y así empezó la relación entre ellos.
“Ojo que es un hombre casado”, le había advertido su madre. Pero a ella no le importó. Desde el primer momento se sintió contenida por este hombre veinte años mayor. Y se entregó a él tanto en lo profesional, como en lo personal. De hecho, con el correr de los años, este amor prohibido se hizo público. Y la sociedad de la época, que no veía para nada bien este tipo de relaciones, terminó aceptando a la pareja más allá de todo.
La Coca era una mujer de carácter. Una vez, le presentaron a un sacerdote que daba misa por televisión para que la aconsejara, ya que estaba muy triste por la muerte de su madre. Ella llegó al encuentro luciendo un vestido con escote y una estola blanca. Al verla, el cura exclamó: “¡Mire cómo anda, no tendrá perdón de Dios!”. Pero antes de que pudiera terminar la frase, Isabel ya le había estampado una cachetada, haciéndolo caer sobre los sándwiches.

Sin embargo, a la hora de tener que interpretar a una mujer fatal frente a una cámara, necesitaba recurrir al alcohol. Filmó 27 películas del mismo tenor, que tenían una versión recortada por el Ente de Calificación Cinematográfica para la Argentina pero que se vendieron sin censura al exterior. Sin embargo, una vez confesó que para poder quitarse la ropa tenía que tomar un vaso de whisky antes de empezar. Pero dejó en claro que no se arrepentía de nada. “Está mal que lo diga yo, pero estuvieron bárbaros los desnudos que hice”, se sinceró.
Para poder seguir dando esa imagen erótica, la Coca tuvo que resignar sus deseos de ser mamá. “Una sexy con panza no es buena”, le decía Armando, quien ya tenía a María Inés, María Jesús y Víctor -con quien Isabel trabajó en varias películas- de su matrimonio con Teresa Machinandiarena. Y, de alguna manera, trataba de conformarla. “Yo era su amor y las películas, como decía él, eran nuestros hijos”, señaló Sarli, quien luego adoptó dos hijos: Martín e Isabel.
Muchos la menospreciaban. Pero su impronta era tan fuerte, que hasta se había generado un enfrentamiento mediático entre ella y Libertad Leblanc, quien con los años reconoció que había inventado esta supuesta enemistad para subirse a la arrasadora ola de Sarli. Y, como era de esperar, quienes al principio la subestimaban, con los años terminaron considerándola una estrella de culto.
Sin lugar a dudas, de no haber sido por su fidelidad a Bo, a quien acompañó incondicionalmente hasta que falleció el 8 de octubre de 1981, la Coca podría haber logrado mucho más. Es que rechazó ofertas de Hollywood y México, desde donde le ofrecieron cifras millonarias y estaban dispuestos a concederle todos sus caprichos con tal de convencerla de que se sumara a sus filas. En tanto, en Argentina solo aceptó trabajar con Leopoldo Torre Nilsson en Setenta veces siete, con la condición de no desnudarse y con el permiso de Armando. Pero no aceptó la propuesta de Daniel Tinayre por su mal carácter, ni la de Lucas Demare porque lo consideraba un mujeriego.
Durante los últimos años de su vida, Isabel se mantuvo bastante alejada de los medios. Solo participó de dos películas: La dama regresa en 1996, de Jorge Polaco, y Mis días con Gloria en 2010, de Juan José Jusid, donde compartió elenco con su hija. En 1998, en tanto, se animó a hacer teatro de revista y encabezó Tetanic junto a Moria Casán, Nito Artaza y Miguel Ángel Cherutti. También realizó una participación en la tira Floricienta en 2004 y puso su testimonio en Parapolicial negro, apuntes para una prehistoria de la AAA, documental en el que habló de la amenaza de muerte que sufrió por la organización comandada por José López Rega.
“No me siento un mito. Solo pienso que la gente que quiere mucho y eso me ayuda a salir adelante”, dijo reconociendo cómo a fuerza de carisma había logrado ganarse el cariño tanto de varones como de mujeres. Así, sobre el final de sus días logró convertirse en una leyenda. A pesar de no haber seguido las reglas. A pesar de haberse enamorado del hombre incorrecto. Y a pesar de haber mostrado su cuerpo más de lo que cualquier mujer de su época se hubiera animado a mostrar.
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