
Guardaba cualquier papel que encontrara a su paso. Y allí, Homero Manzi se encargaba de escribir las cartas que quería que llegaran a las manos de su novia, Casilda Iñíguez Vildósola. Luego envolvía con ellas alguna piedra, para poder arrojarlas por una ventana de la cárcel de Devoto, primero, y la de Las Heras, después, con la intención de que algún transeúnte las encontrara y tuviera la deferencia de llevárselas a su destinataria. Corría el mes de febrero del año 1931 y el poeta, afiliado a la Unión Cívica Radical y seguidor del derrocado presidente Hipólito Yrigoyen, había sido detenido junto con un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho por imprimir folletos y volantes con proclamas contrarias al gobierno de facto de José Félix Uriburu y a las autoridades de la Universidad.
En La Prensa del 1° de marzo de ese año, se había publicado: “El delegado interventor en la facultad de Derecho y Ciencias Sociales dio a conocer ayer un decreto, por el que se expulsa de esa casa de estudios a los alumnos Alberto Federico May Zubiría, de tercer año en Notariado; Jorge Carlos May Zubiría, de tercer año de Abogacía y Homero Nicolás Manzione, de primer año de Abogacía. Funda su resolución el delegado interventor en la comunicación pasada por la policía de la Capital, en la que dice, trae a conocimiento del suscripto que los estudiantes de esta facultad [...] han sido hallados en el interior de una imprenta corrigiendo las pruebas del periódico ‘Tribuna universitaria’, en el que se ataca duramente a las actuales autoridades de la universidad y a un importante núcleo de profesores de la casa, y se censuran los actos del gobierno provisional, como se desprende de los artículos ‘Profesores desalojados de la facultad de Derecho y acomodados por el gobierno provisional’, y ‘Los límites de lo tolerable’. En cuanto al estudiante Eduardo Howard, que se encuentra expulsado por resolución del 11 de febrero próximo pasado, en el decreto expresa que se agregue copia de esta nueva resolución en el legajo personal”.
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Pero lo cierto es que, en las horas posteriores a su detención, nadie sabía cuál era el paradero del creador de las letras Sur, Malena y Fuimos, entre otros tangos. Así que él, utilizando un papel doblado por la mitad, escribió: “Estoy en Devoto. Lunes”. Del otro lado de la hoja, puso el nombre y la dirección de la destinataria de la misiva. “Sra. Casilda Iñíguez. Victoria 1910. Primer piso”, asentó. Esa carta llegó a manos de la mujer, que la conservó a lo largo de su vida junto a las que le siguieron.
En un formulario de comisaría, días más tarde, Homero escribió: “Para Casilda. Querida Casilda. Estoy bien. No sabemos cuándo salimos. No te aflijas. Recibí mil besos y la seguridad de mi cariño. Escribime. Homero. No vengas a verme”.
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Con fecha del 14 de febrero y después de su traslado, Manzi puso: “Negrita. Yo estoy en la Penitenciaría Nacional. La celda es amplia e higiénica. La comida es buena. Nos han incomunicado rigurosamente. Apenas si las cartas de algunos amigos, vistas a través de una ventanilla que está encima de la puerta, alegra esta monotonía. Hace tres días que no te veo, pero te llevo en el recuerdo como una compañía inmejorable... Negrucha: Carnaval. Es lindo nuestro disfraz. Yo de presidiario, ¿y tú? Me lo imagino. Cada día me parecen más largas las horas. Hoy me han permitido un libro de Víctor Hugo. Lo estoy leyendo [...] Te he recordado mucho todo el día, lo mismo a Blanquita y Chabela. Las pobres no se imaginan que tengo la culpa de tu tristeza. Cuando esté libre, les pediré perdón...”. En este texto, el escritor hacía referencia a las dos hijas de Casilda, que había enviudado con dos criaturas de las que luego él se haría cargo como papá del corazón.

Luego de esto, Homero decidió empezar una huelga de hambre. “Jueves 19. Casilda querida: El día de hoy se pareció al de ayer. Aburrimiento. Desesperación. Rabia. He comido menos aún, es decir nada. Una galletita y mate. Vino por la mañana el jefe a preguntarme la razón que me hacía rechazar las comidas. Se las dí. Me aconsejó que comiera. A la oración llegó el médico con el mismo motivo. Yo estaba casualmente pensando en lo injusto de esta prisión y cargándome de indignación con mis propias ideas. Entonces se entabló un diálogo muy interesante con el doctor, un hombre de unos cuarenta años, calvo, bonachón y simpático, del que te doy traslado: Dr: Buenas tardes, Sr. ¿Qué dice Ud. de bueno? Yo: De bueno no le puedo decir nada. Dr: ¿Qué le pasa a Ud? Yo: No tengo ganas de comer. Dr: ¿No tiene o no quiere. ¿Está mal? Yo: Sí, Dr., no quiero. Porque físicamente no tengo nada pero moralmente de todo. Se nos ha expulsado de la Universidad, amordazado toda protesta y todavía la cárcel. Estoy dispuesto a no comer un bocado. Ni con celda, ni con palos, ni con Ley Marcial pienso hacerlo. Que cargue el que quiera con la responsabilidad. Dr: Bueno, amiguito, mañana volveré a verlo... Y se fue con la convicción de esta arbitrariedad y de mi cólera. Yo me tiré sobre la cama y tenía ganas de reventar de rabia. A pesar de todo a la noche no comí. Espero la novedad que mañana traiga el Dr. Y si no, seguiré en mis trece. Total, entraré en línea [...]”, reflejó en la carta que le escribió a su novia.
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Poco después, Manzi recuperó su libertad. Pero salió de la cárcel sin la posibilidad de seguir estudiando y sin trabajo, ya que también había sido dejado cesante en las cátedras de Historia y Castellano que dictaba en los colegios Mariano Moreno y Domingo Faustino Sarmiento. Así que, junto con su amigo Sadí Mozo, compañero del colegio Luppi, decide editar la Guía del Automovilista, con direcciones de talleres y estaciones de servicio, entre otros datos útiles para los conductores. Siguió escribiendo poemas, pero también comenzó a dedicarse al cine, la radio y la prensa gráfica. Y finalmente, el 31 de diciembre de 1931, se casó con Casilda, la destinataria de esas cartas que su hijo reprodujo en el libro Sur, Barrio de Tango y que, muchos años después de su muerte, terminaron consumidas por el fuego a raíz de un incendio.
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