
“Esto es lo que hice de mi vida” me dijo un ministro para el que trabajé muchos años como asesor. Estábamos solos y ese rapto de honestidad me dejó helado porque, hasta ese momento, yo había pensado que las personas capaces de hacer determinadas cosas no tenían conciencia de lo que hacían. Para mí eran una especie distinta. Imaginaba que para convertirse en un monstruo había que ser, de alguna manera, alguien monstruoso desde el principio. Pero aquel hombre sabía perfectamente quién era y en qué se había convertido.
Lo miré bien y tenía los ojos rojos, perdidos, probablemente por el cansancio y la cocaína. Era un hombre importante, rico, poderoso. Y, sin embargo, había algo en él que parecía completamente destruido. No conocía la paz y mucho menos parecía encontrarle sentido a su vida.
PUBLICIDAD
Me pregunté cómo podía alguien tan inteligente, con tanta voluntad y capacidad para imponerse sobre los demás, haberse perdido de semejante manera. Incluso pensé, casi como una broma, en el pacto con el diablo. Esa vieja fantasía de entregar el alma a cambio de un objetivo que nuestro mundo interno necesita con desesperación.
Yo no creo en el demonio ni en el infierno. Bastante me habían torturado los curas de mi colegio con esas ideas. Pero mientras lo miraba empecé a preguntarme si no existía, después de todo, alguna forma de pacto. No con un ser sobrenatural, sino con nosotros mismos.
PUBLICIDAD
Había algo que me desconcertaba todavía más: ese hombre había sido seminarista. Al terminar la escuela secundaria había decidido consagrar su vida a Dios. Pasó años preparándose para ser sacerdote y abandonó el seminario cuando se enamoró de la mujer que sería la primera de varias esposas. No cambió su vocación porque abandonó sus principios, simplemente, había elegido otra vida.
¿Qué había pasado, entonces, entre aquel joven que quería ser sacerdote para servir a los demás, y el hombre que tenía ahora delante? Me animé a preguntárselo.
Me miró durante unos segundos, como si buscara la respuesta en algún lugar al que hacía mucho tiempo no entraba.
—Dicen que el camino al infierno es una autopista bien asfaltada.
Y entonces empezó a hablar.
—Al menos en mi caso, no existió tal cosa como un pacto con el diablo. Solo fueron mil decisiones, inicialmente pequeñas y ambiguas, a las que fui cediendo casi sin darme cuenta.
PUBLICIDAD
Hizo una pausa.
—Pensar que cuando dejé el seminario, a los 24 años, creía que serle infiel a mi novia sería imposible porque después no iba a ser capaz de mirarla a los ojos. Es increíble la capacidad de mentir que uno va desarrollando con los años. A los cuarenta, ya todos somos especialistas.
Me sorprendió escucharlo hablar así de sí mismo. Pero todavía me sorprendió más lo que vino después.
—Ni te cuento con el dinero. Yo, que en el colegio no podía robarme ni un caramelo, de repente me encontré manejando enormes cantidades de plata. Al principio había que separar algo para hacer política, para bancar a gente que lo necesitaba. Uno que quería ser Robin Hood termina jodiendo a los pobres para ayudar a los más ricos. En la confusión y la pelea por el dinero negro, vas perdiendo el norte y no tenés ninguna brújula.
PUBLICIDAD
Yo seguía escuchándolo.
—La realidad, llena de contradicciones, te va mareando y llega un punto en el que perdés completamente la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Los hechos te imponen cruzar la línea y uno acepta hacer una única incursión en el campo enemigo porque cree que el fin justifica los medios. Después cruzás otra vez. Y otra. Lo que antes te producía taquicardia se transforma en un juego de niños. Después de cruzarla tantas veces la raya se va borroneando hasta volverse invisible.
Él no hablaba solamente de corrupción. Se refería a esa ductilidad que tenemos para acostumbrarnos a aquello que alguna vez nos parecía inadmisible.
—¿Vos pensás que en algún momento uno tiene una gran encrucijada entre el bien y el mal? Eso es lo excepcional. Por lo general, las cosas ocurren de otra manera. Es una seducción en la que te vas deslizando casi imperceptiblemente. Al principio son pequeños dilemas que uno minimiza y justifica. Después eso crece y la capacidad de justificar y negar crece a la par. La trampa es creer que uno va a dominar al mal. Al principio te deja ganar, y mucho. Y cuando estás bien adentro, ya no tenés fuerzas para volver. Es como el casino: la entrada es gratis y la primera pérdida siempre es la menor. Pero uno se queda e insiste.
PUBLICIDAD
De alguna manera, su confesión me interpelaba: ¿y si yo también pudiera perderme?
Mi primera respuesta fue inmediata y tranquilizadora: no. Yo era una buena persona. Pero, ¿cómo podía estar tan seguro?
Recordé una frase de un psicoanalista que había leído alguna vez: no existe convento que no tenga un cuarto perverso. La imagen me quedó dando vueltas. Si todos tenemos una habitación que preferimos mantener cerrada, ¿qué había en la mía? También recordé algo que había leído en una entrevista a Zygmunt Bauman. Él había sido víctima del nazismo y, sin embargo, decía que lo verdaderamente aterrador no era pensar que un horror semejante pudiera repetirse, sino comprender que nosotros mismos podríamos llegar a ser instrumentos de una atrocidad así.
PUBLICIDAD
Aquella idea siempre me había helado la sangre. Después de escuchar al ministro adquirió otro significado. El mal no siempre llega con una apariencia que nos permita reconocerlo. Puede aparecer disfrazado de necesidad, de urgencia, de una buena intención, de una excepción, de una oportunidad que no podemos dejar pasar. Una mentira que “no hace daño”. Un favor que “todos hacen”. Una pequeña trampa que “esta vez está justificada”. Una decisión que tomamos porque “no queda otra”.
Y después vuelve a ocurrir. La siguiente vez resulta un poco más fácil. Hasta que aquello que alguna vez nos hubiera quitado el sueño empieza a parecernos normal. No sé cuál habría sido mi cuarto perverso. Tampoco sé si existe una manera de garantizar que nunca vamos a cruzar determinadas líneas. Con los años entendí que quizá ahí haya algo importante: no sentirme a salvo. No pensar que soy bueno y que esa condición me protege contra el mal. Desconfiar un poco de mis propias justificaciones. Prestar atención a esas pequeñas decisiones que parecen insignificantes cuando las tomo y que, sin embargo, podrían estar llevándome hacia un lugar del que después resulte difícil regresar.
PUBLICIDAD
Aquella conversación con el ministro no me dio una fórmula para mantenerme del lado correcto. Me dejó algo mucho menos tranquilizador: la conciencia de que siempre estoy caminando por una cornisa, por más bueno que me crea. Como escribió Griselda Gambaro: “Siempre estoy a punto de perderme”.
Quizás el verdadero peligro no esté en encontrarnos, alguna vez, frente a una gran elección entre el bien y el mal. Tal vez sea algo mucho más pequeño y cotidiano: una decisión que parece no importar, después otra, y otra, hasta que un día levantamos la mirada y descubrimos que la línea que alguna vez separaba lo que éramos de aquello que jamás hubiéramos querido ser ya casi no se ve.
PUBLICIDAD
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Aves de paso: la larga travesía de los 150 mil trabajadores golondrina que recorren el país detrás de cada cosecha
En los tiempos que corren, ya en la era de los algoritmos y de notorios avances tecnológicos en la agricultura, cada año miles de trabajadores rurales abandonan sus hogares para levantar las cosechas del país. Un circuito secular sustentado en la necesidad económica, la precariedad laboral, el desarraigo y una herencia cultural inquebrantable

Un grito desesperado de ayuda que nadie escuchó: el crimen que obsesionó a Mariana Enriquez y ahora se ve en “Mis muertos tristes”
Hace exactamente 16 años, una banda criminal secuestró a Matías Berardi en Ingeniero Maschwitz. Logró escaparse y pedir auxilio, pero nadie le abrió la puerta. Lo asesinaron por la espalda dos días después de tomarlo como rehén

Reportaron un incendio en el Club Naútico de Olivos: los bomberos trabajan para sofocar el foco de gran intensidad
El foco se habría originado en la zona de quinchos y provocó una columna de humo visible desde varios puntos de la localidad

Encontraron una camioneta dentro de un arroyo en Ringuelet: investigan si había sido robada horas antes en La Plata
El dueño del vehículo denunció que dos jóvenes lo intimidaron durante la madrugada y le arrebataron el vehículo frente a un cajero automático en calle 7 entre 32 y 33

Condenaron a 10 años de prisión a una mujer por prostituir a su hija menor de edad a cambio de dinero y drogas
El caso ocurrió en San Juan. La víctima tenía entre 7 y 13 años cuando su madre facilitó encuentros sexuales con depredadores. La condenada también la golpeaba




