
En la fachada de una casa de la ciudad alemana de Hamelín, en la Baja Sajonia, todavía hay una inscripción tallada en piedra que dice que el 26 de junio de 1284 un flautista atrajo a los niños y adolescentes del lugar y los llevó al Calvario, un monte en la zona más elevada del la localidad. Allí, 130 chicos desaparecieron para siempre sin dejar ningún rastro.
La casa se construyó en 1602, más de tres siglos después de los hechos. Pero la inscripción no es una leyenda ni un adorno turístico: es un memorial. Y no es el único registro que quedó de ese día fatídico que empezó a construir la historia por la que Hamelín es conocida aún en la actualidad.
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En los libros municipales de esa ciudad cercana a Hannover hay una entrada fechada en 1384 —cien años después de las desapariciones— que dice, con el tono de quien anota algo que todavía duele: “Han pasado 100 años desde que se fueron nuestros hijos”.
Un manuscrito del siglo XV describe el episodio de las desapariciones de 1284 con fecha y número exactos. Un vitral de la iglesia de San Nicolás, destruido en el siglo XVII pero documentado en crónicas anteriores, mostraba al flautista guiando a niños vestidos de blanco.
Un libro de la misma época incluía una estrofa escrita, según constaba, por alguien que supuestamente había visto al flautista guiando a los niños y adolescentes. Los rastros del misterio y del dolor aparecían por todos lados en la ciudad alemana.
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El resultado de ese misterioso 26 de junio de 1284 estaba claro: ciento treinta chicos desaparecidos. Varios documentos independientes coincidieron en señalar la fecha y el saldo doloroso para toda la comunidad de Hamelín. Pero ninguno lograba explicar qué había pasado.
Los hermanos Grimm cambiaron la historia del flautista
Cuando los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm incluyeron la historia en su recopilación de leyendas alemanas en 1816, le sumaron los ingredientes que hoy todo el mundo conoce. Una plaga de ratas, el acuerdo de las cien monedas de oro a cambio de que el flautista alejara a los roedores haciéndoles escuchar su música, la traición de los ciudadanos que se negaron a pagar, la venganza del músico que volvió a tocar su flauta pero esta vez para llevarse lo más valioso del pueblo: sus chicos.
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Los hermanos Grimm también popularizaron los tres sobrevivientes que, supuestamente, no pudieron seguir al grupo guiado por el flautista: un nene rengo, uno sordo y otro ciego. Según la historia que se conoció en el siglo XIX, ellos tres habrían sido los únicos en condiciones de contarles a los padres de los desaparecidos qué había pasado realmente.
Pero casi nada de lo que contaron los Grimm constaba en los registros originales. La historia de las ratas no aparece en ningún documento del siglo XIII. Los historiadores son categóricos al respecto: en la Europa de 1284, las ratas todavía no estaban asociadas a la peste negra y a su capacidad de exterminio, que llegaría décadas después.
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El relato del fumigador estafado y vengativo fue construido a fines del siglo XVI y consolidado por los Grimm doscientos años más tarde. Lo que sí consta en los archivos medievales es más concreto y más oscuro: un hombre tocó una flauta y 130 chicos lo siguieron. Nadie los volvió a ver.
Varias teorías, ninguna respuesta
La historiografía lleva siglos intentando explicar qué pasó realmente en Hamelín ese 26 de junio. Ninguna teoría es definitiva. Todas tienen algo que las sostiene y algo que las deja incompletas.

La más aceptada hoy mira hacia el este. En el siglo XIII, los señores feudales de Europa central necesitaban poblar territorios en lo que hoy son el noreste de Alemania, Polonia y Transilvania. Para eso contrataban reclutadores —llamados “localizadores”— que recorrían ciudades y ofrecían tierras y nuevas vidas a jóvenes sin perspectivas. Hamelín atravesaba una recesión.
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El lingüista Jürgen Udolph encontró apellidos típicos de la ciudad con una frecuencia inusualmente alta en zonas cercanas a Berlín. La hipótesis dice que los niños y jóvenes emigraron hacia el este siguiendo a un reclutador. Que el flautista no era un mago sino un empleador.
Hay otras teorías. Una de ellas conecta la desaparición de esos 130 chicos con la llamada Cruzada de los Niños de 1212. Ese año, miles de chicos marcharon hacia Tierra Santa bajo el mando de líderes adolescentes y terminaron muertos o esclavizados. Otra hipótesis propone un accidente masivo: un ahogamiento en el río Weser o un deslizamiento de tierra en las colinas de Koppen.
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Una más —documentada en otras ciudades medievales— habla de la “danza de San Vito”, una forma de histeria colectiva en la que grupos de personas bailaban compulsivamente hasta morir de agotamiento, y sugiere que algo así pudo haber ocurrido aquella tarde de junio.
La última teoría en ser planteada por los historiadores, tal vez la más cruda, plantea que el flautista era un chamán pagano que llevaba a los jóvenes a celebrar el solsticio de verano y que el grupo fue masacrado por una facción cristiana local.

La investigación lleva siete siglos y el misterio aún no pudo ser resuelto. La historiografía da por probada la existencia de ese hombre que llamó la atención de los llamados “hijos de la ciudad” de Hamelín; algunos eran niños, otros eran adolescentes. También da por probada la desaparición de 130 personas de la ciudad que fueron detrás de ese hombre.
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Lo que todavía investigan los historiadores y sobre lo que no puede emitir un pronunciamiento certero es qué pasó exactamente ese 26 de junio de 1284. La “deformación” de los hechos que plantea el relato popularizado por los hermanos Grimm hizo que las investigaciones a partir del siglo XIX se centraran en algunos de los detalles que ellos narraron sin atenerse a los hechos reales, especialmente la presencia de ratas.
El misterio persiste porque, aunque hay pruebas documentales que confirman la desaparición masiva de chicos, no hay suficiente información que pueda permitir inclinarse por una teoría o por otra. Es que, incluso en ese momento, los pobladores de Hamelín no pudieron entender qué había pasado: el testimonio que dejaron es el de la tristeza y el de la incertidumbre.
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Una calle obligatoriamente silenciosa
Hamelín hoy es una ciudad de unos cincuenta mil habitantes con una industria turística construida alrededor de su leyenda. Hay guías que desde hace décadas se visten como el flautista y recorren con los visitantes las calles de arquitectura renacentista. Los restaurantes sirven “colas de rata”, que en realidad son carne de cerdo. Las vidrieras venden panes con forma de roedor.
Pero hay una calle que no forma parte del espectáculo. Se llama Bungelosenstrasse, que en alemán significa “calle sin tambores”. Es el lugar donde, según la tradición, fue visto por última vez el grupo de chicos y jóvenes que siguieron al flautista. Y en ella está prohibido por ley tocar música, cantar o bailar. Las procesiones de casamientos tienen que guardar silencio al atravesarla. Las bandas de música apagan sus instrumentos antes de entrar y los vuelven a encender recién al salir.
Es un luto que lleva más de siete siglos sin interrumpirse. En esa calle no hay inscripción ni placa ni monumento. Solo el silencio de una ciudad que todavía no sabe qué decir sobre lo que pasó ahí aquel 26 de junio de 1284, cuando 130 niños y jóvenes siguieron a un hombre con una flauta y no volvieron nunca.
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