Hay decisiones que cambian una carrera para siempre. Sebastián Mendoza tomó varias. Dejó el secundario cuando entendió que la música ya no era un hobby, pasó de ser fan de Malagata a convertirse en su cantante casi de un día para el otro y cuando Ráfaga lo quiso incorporar a una de las bandas más exitosas del país, eligió decir que no para seguir apostando por el proyecto que había construido junto a su familia y sus amigos.
Nacido el 20 de enero de 1984 en Lanús y criado en el sur del conurbano bonaerense, Mendoza encontró en la cumbia norteña el lugar donde desarrolló una carrera que ya supera las dos décadas.
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Su salto llegó con Malagata, donde debutó frente a miles de personas y vivió por primera vez el impacto de la popularidad. Más tarde inició su carrera solista, con la que editó una decena de discos, obtuvo el Premio Carlos Gardel al Mejor Artista Masculino Tropical en 2013 y llevó sus canciones a escenarios como el Luna Park, el Gran Rex y el Teatro Ópera.
Pero detrás de los éxitos también hubo giras interminables, noches de hasta catorce shows, pérdidas personales y momentos en los que pensó en abandonar todo. Padre de Liam y Noah, hoy asegura que la familia fue la que le enseñó a bajar el ritmo y disfrutar de una vida que durante muchos años vivió corriendo detrás de la música.
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Acá, los momentos más destacados de la charla:
—Bienvenidos a Nunca me faltes. Hoy con Seba Mendoza, un lujazo. ¿En qué te encontramos?
—A full con el laburo; desde que arranqué ya hace casi veinticinco años, no paré ni un fin de semana.
—Bueno, no sé si se puede contar, pero creo que tenés un fechón por delante.
—Sí, el sábado 14 de noviembre hacemos el micro estadio cerrado Malvinas Argentinas.
—Cuando viajás veinticinco años para atrás y ves que hoy llenás estadios, ¿lo imaginabas en algún momento?
—Sinceramente, no. Por ahí lo podía concebir en algún sueño, pero lo mío fue un remarla desde la hora cero. Lo tomé profesionalmente una vez que entré al legendario grupo Malagata, que me dio la posibilidad de “jugar en primera”. Había ido a grabar a los estudios de ellos y me invitaron a una convocatoria de artistas.
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—¿Tenías dieciséis años?
—Sí. Estuve poco tiempo, pero aprendí mucho y fue una buena experiencia. Aparte, siempre fui admirador de Malagata, de Sombras, los grupos de cumbia norteña. Yo iba a verlos como fan y de repente me encontré cantando con ellos. Fui a probarme un día, ponele que era un lunes, y el sábado ya estaba cubriendo al cantante que no iba más... así de golpe. Para mí, fue revelador. Sentí que estaba conquistando algo. Imaginate que llegamos a estar hasta en VideoMatch con Tinelli.
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—Estuviste poco tiempo en Malagata, ¿por qué?
—Porque hubo problemas con la compañía en ese momento, unas internas que escapaban a mis opiniones y medio que la banda se disolvió.
—Te escuché contar que metías catorce shows en una noche.
—En una época era posible, hoy ya no, no hay la cantidad de lugares que había antes y tampoco el tiempo. Pero sí, antes, en los carnavales, arrancábamos temprano: metías cuatro o cinco corsos y ya a la una de la mañana arrancaban con los bailes hasta las ocho y media, nueve de la mañana. Llegamos a meter un récord de catorce shows en un solo día, una sola noche.
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—¿Cómo se hace eso?
—Y... ¡éramos jóvenes! Tampoco teníamos muy en cuenta los riesgos que corríamos. Andábamos con la camioneta a full. A veces yo salía a tocar y no sabía dónde íbamos. Era salir a buscar el mango.
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—¿La paternidad también te cambió la mirada?
—Sí, cuando fui papá por primera vez decidí parar un poco con toda esa locura, ¿viste? Venía de pasar por un momento muy difícil. Se murió mi mejor amigo, que laburaba conmigo y me encontré en un un pozo del que no podía salir. Era una tristeza enorme y estaba un poco enojado con la vida misma, pero por suerte vino mi hijo...
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—Liam, ¿no?
—Liam es como que tiró una mano ahí y dijo: “Hay un propósito, hay por qué seguir”. Y al tiempito vino mi segundo hijo, Noah.
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—¿Cómo fue ese cambio de vida?

—Yo tenía ganas de ser papá y eso te hace parar la pelota bajo la suela y decir: bueno, ahora ya no es todo por mí. Te sacás el ego de encima, te despojás de tus tus miedos para volcar todo eso en una personita. Los chicos después crecen y toman sus propias decisiones, pero antes tenés que cuidarlos, como escuché decir al Indio (Solari): “La vida no es para estar entre algodones, es para aventurarse”. Yo me aventuré durante mucho tiempo y eso fue como parar y decir: bueno, laburemos de otra manera, no estemos a las corridas, empecé a disfrutar la vida y las cosas simples.
—También a veces hay un un prejuicio y en parte una realidad vinculada a la noche, a la cumbia, de excesos, de descontrol...
—Mirá, yo siempre fui un tipo muy sano, porque siempre quise lo que quise para mí y para mi salud. Obviamente que la noche te invita a un montón de cosas, pero el día también. Digamos que las malas decisiones las podés tomar en el ámbito que estés. Pero yo siempre me cuidé y siempre tuve una contención. Tengo una familia hermosa, que desde que arranqué con la música siempre me cuidaron, me aconsejaron. Dentro de todo siempre fui bastante maduro para saber que no tengo que hacerme mierda el cuerpo, ¿no? Y mucho menos el cerebro.
—Hace mucho que estás con tu mujer, ¿no?
—Sí, desde el 2007, y acá estamos. Desde el minuto cero me acompañó en todas. Me vio en mis peores momentos como en los momentos de felicidad. Compartimos la vida hace veinte años, para cualquiera debe ser un montón pero sinceramente yo siento que volvimos a empezar un montón de veces y es una contención muy importante, sobre todo cuando uno viene con los los oídos y el cerebro requemado, alguien que te ponga una mano en la espalda, te baje un poco y te acobije, eso es muy importante.
— ¿Es cierto que en algún momento te llamaron para entrar en Ráfaga?
—Sí, me llamaron para Ráfaga en el break que hubo entre Malagata y mi banda. Creo que se estaba por ir Ariel Puchetta y me citaron para ofrecerme formar parte de Ráfaga. Pero yo ya estaba ensayando con los chicos mis canciones. No teníamos ni instrumentos pero había buena vibra entre nootros.
—¿La propuesta era piola? ¿Era buena guita?
—Era buena guita y era pertenecer a un grupo ya recontra pegado. Fuimos con mi viejo a tomar un café con ellos, rogando que lo pagaran porque nosotros ni un mango. Llegaron en un re auto... Me quedé pensando esa noche y al otro día le comento a mi papá: “Che, viejo, no voy a aceptar”. “¿Te parece, Sebita? Mirá que está bueno”, me decía él. Y me acuerdo que le respondí: “No, yo siento que con los pibes por ahí en unos años podemos lograr cosas piolas, las cosas que por ahí Ráfaga logró, las podemos lograr nosotros también”.
—¿Y en algún momento te arrepentiste?
—No, nunca sentí eso.
—Hay algo de lealtad con tu gente.
—Sí, sí, pasamos un montón de cosas. Momentos superfelices como momentos no tan felices, pero siempre confiamos los unos en los otros, nos cuidamos y todos los objetivos pequeños y grandes los vivimos juntos.
—¿Cuál fue el momento que dijiste: “Llegamos, lo logramos”?
—Siempre pongo como punto de partida un show en Diversión, un baile de Quilmes, cuando sacamos el segundo disco. Yo le decía a mi representante: “Algún día quiero tocar acá”. Y un viernes nos dieron la posibilidad, tipo una prueba, nos garpaban los gastos, ellos ya tenían un piso de mil y pico de personas y con que les metamos doscientas, trescientas, ya estaba. Resulta que fuimos ese viernes y quedó gente afuera: había cinco mil personas adentro y como tres mil que no pudieron entrar porque reventó.
—Y en cuanto a la lealtad también, ¿vos seguís viviendo en el barrio de toda la vida?
—Toda la vida en Barrio Lindo, sí; por ahí me moví pero siempre en la zona. Ahí soy uno más, un tipo que canta nomás. De ahí, también salían mis fans, ahí ensayábamos, ahí grabamos la sesión de Sin miedo. Y también ahí todos los 20 de enero, que es mi cumpleaños, metemos unas cinco mil personas en la calle y hacemos una movida solidaria. En un momento nos dimos cuenta que ya era mucha gente y empezamos a tocar en la esquina y juntar alimentos. La consigna es que todo el que venga al show gratis traiga algo, lo que se pueda. Después mi familia se queda dos o tres días seleccionando los alimentos, que es una banda, armando las bolsitas o bolsones. La gente viene a buscar y mandamos a los comedores y las iglesias.

—Seba, decías al principio veinticinco años de carrera. ¿Pensás a futuro otros veinticinco años?
—¡Veinticinco más es una banda, me parece! (risas). Pero bueno, tenemos ejemplos de que la música te mantiene vivo. Además nuestro público es superfiel. Yo les digo “los extraños conocidos”. Siempre están ahí y cada cosita que logramos la sienten como propia, ¿viste?
—Gracias, papá. Fue muy lindo escucharte.
—Gracias, Manu.
Disfrutá la entrevista completa en el video.
Fotos: Maximiliano Luna
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