
En el corazón del Valle de Traslasierra, en Córdoba, donde el monte respira lento y el horizonte parece no terminar nunca, Jésica Belletti construyó algo más que una casa. Levantó, con sus propias manos, una forma de vida. Una que desafía lo establecido, que se apoya en la tierra y que se alimenta del coraje y una búsqueda profunda: la de volver a lo esencial.
Jésica tiene 42 años y nació en Berazategui, en el conurbano bonaerense. Durante casi tres décadas vivió allí, inmersa en una rutina que, como la de tantos, parecía trazada de antemano. Era docente, tenía un trabajo estable, un ingreso asegurado y una vida que, en términos sociales, funcionaba. Pero algo no cerraba. Había una incomodidad difícil con su profesión que aún hoy le cuesta explicar.
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“Trabajaba en escuelas ubicadas en zonas vulnerables, donde la violencia y las carencias eran parte del día a día. Había situaciones con los chicos que emocionalmente no podía sostener”, admitió en diálogo con Infobae. Ese desgaste fue el que la llevó a un replanteo profundo que coincidió con una licencia médica porque se había quebrado un dedo.

“El cuerpo empezó a hablar y decidí escucharlo”, contó sobre cómo fue esa necesidad de frenar la vorágine cotidiana y a preguntarse qué quería para su futuro.
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Sin embargo, ese cambio no fue inmediato. Volvió a su rutina, a las escuelas, a lo conocido. Hasta que una situación concreta terminó de empujarla: el alquiler donde vivía, cerca del Parque Pereyra Iraola, se terminó y no pudo renovarlo.
Fue ahí cuando tomó la decisión. Tenía 29 años y más de una década ejerciendo la docencia. Junto a su pareja de aquel entonces dejaron atrás sus trabajos en Berazategui y la vida urbana para iniciar un camino completamente distinto. Compraron una casa rodante y emprendieron un viaje que iría desde Ushuaia hasta La Quiaca. Querían conectarse con la naturaleza, construir su propio hogar y redefinir su forma de vivir. “No solo queríamos tener nuestro hogar sino también darle un sentido a nuestras vidas”, admitió Jésica.
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Y el lugar, mágicamente apareció. Traslasierra no fue una elección racional, sino una sensación. “Elegimos instalarnos en Los Honillos porque nos llamó poderosamente la atención. La conexión fue inmediata. Yo quería conectar más con la naturaleza, con la tierra, con sembrar, con lograr otro ritmo de vida y este pueblo me permitió hacer todo eso”, explicó, al recordar qué la impulsó a dejar la ciudad.
Otro factor clave fue el descubrimiento de la bioconstrucción, algo que encontró justamente en esa región a partir de un video que le enseñaron de Carlos Belanko, un constructor dedicado a la divulgación, investigación y docencia sobre la construcción con materiales naturales, con más de 40 años de experiencia.
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“Ese aprendizaje fue determinante, porque me permitió visualizar una forma concreta de construir mi propia casa y sostener una vida de manera más autónoma”, explicó. “Aprendí sobre técnicas, materiales y la filosofía detrás de este tipo de viviendas”, agregó.

Para Jésica, ese contenido fue revelador. “Dije: ‘claro, esa es la forma que estoy buscando y que no sabía cuál era en realidad’”, contó acerca de esa posibilidad de construir una casa sin la necesidad de grandes recursos ni conocimientos previos.
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“Lo vi factible. No sólo desde lo económico, sino también desde lo humano: involucrarme directamente en el proceso, aprender haciendo y habitar un espacio creado por mí misma”, resumió.
A partir de ese descubrimiento, comenzó una etapa de aprendizaje autodidacta. Visitó casas, habló con constructores, participó en obras y fue incorporando distintas técnicas, como el adobe y la quincha. Ese video, en definitiva, no solo le enseñó a construir: le abrió la puerta a una nueva forma de vivir.
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Además, el contexto del valle facilitó el acceso a una red de personas con intereses similares. “Empecé a relacionarme con gente que ya construía en barro y así fue como conocí al padre de mi hijo, que ya tiene dos años y medio”, contó sobre el rol de la comunidad en su proceso de adaptación.
Hoy, a cinco años de su llegada a Traslasierra, se siente orgullosa de todo lo que logró. “La casita es de cinco por seis metros y tiene forma de hexágono”, detalló. En total, son unos 30 metros cuadrados que integran en un solo espacio el área de descanso, la cocina y el estar, además de un baño independiente. No hay divisiones tradicionales: todo está pensado para aprovechar al máximo el lugar y mantener una dinámica simple.
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Uno de los rasgos más distintivos es su techo vivo. “Tiene como un degradé de piedras… y en el centro tierra con plantas”, explicó. Allí crecen especies que se adaptan naturalmente al clima del valle, como la verdolaga y algunas suculentas que ella misma plantó. Este tipo de techo no solo aporta aislamiento térmico, sino que también integra la vivienda al paisaje.

La construcción está hecha principalmente con barro, paja y madera, utilizando la técnica de quincha. Solo los cimientos tienen cemento. El resto es completamente artesanal. “La cerré con quincha, la revoqué por dentro y me metí a vivir”, contó sobre el proceso de construcción, que comenzó en el verano de 2022.
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“Fue un trabajo artesanal y mucha dedicación”, enfatizó Jésica, quien durante meses vivió sin servicios básicos. “Nos iluminábamos con un farol solar, buscábamos agua en un arroyo cercano y cargábamos el celular en la casas de unos vecinos” admitió.
Sin embargo, con el tiempo fueron incorporando mejoras. Hoy cuenta con paneles solares que le permiten tener electricidad, una heladera eficiente y un pequeño lavarropas. “El agua llega a través de un sistema conectado a la vertiente de un arroyo cercano”, explicó.

En medio de ese proceso de adaptación hacia la autosuficiencia, llegó otro gran cambio en su vida: la maternidad. “Mi hijo, Kunturi, nació en diciembre de 2023 y fue una experiencia muy poderosa. El parto fue en mi casa, acompañado por parteras”, recordó.
“Yo venía estudiando, había empezado una formación de partería, de guardianas de la vida, y en medio del curso me entero que estaba embarazada”, explicó sobre “esa señal” que tuvo para poner en práctica todos esos conocimientos que había adquirido.
Actualmente, Jésica vive sola con su hijo en la casa que construyó y sus ingresos provienen justamente de lo que aprendió: la bioconstrucción. Junto a un equipo, se dedica a levantar viviendas con técnicas naturales, acompañando a otras personas en el proceso de construir sus propios hogares. “El trabajo es físico, colectivo y, en muchos casos, participativo: quienes encargan las casas suelen involucrarse activamente”, enfatizó.

A pesar de que se separó hace seis meses, con su pareja tiene una muy buena relación y siguen trabajando juntos. “Somos compañeros de vida”, describió. “Además, me está ayudando a terminar de ampliar la casa, que actualmente tiene solo un ambiente”, agregó Jésica, que compartió su Instagram @turuhuasi para quienes quieran colaborar a cumplir su sueño.
Lejos del ruido urbano y de la rutina que dejó atrás, su vida hoy transcurre entre el monte, el trabajo manual y la crianza. No idealiza el cambio: reconoce que implica esfuerzo, adaptación y renuncias. Pero tampoco duda. “Era la vida que estaba buscando”, concluyó.
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