
(Enviada especial a San Cristóbal) Mateo nunca antes había tocado la madera lustrada y definitiva de un ataúd. Ni siquiera había visto alguna vez uno. Nunca hasta este martes en el que, subido a una escalera en uno de los pabellones de nichos del Cementerio Municipal de San Cristóbal, acarició y apretó el de Ian, su amigo. Le habló bajito, lloró con la cara hundida en los brazos con los que intentaba agarrar algo de Ian por última vez, y bajó la escalera sin cruzar miradas con ninguna de las cientas de personas que colmaban ese pasillo doloroso y atávico.
¿Habrá habido, alguna vez, tantos chicos y adolescentes en este cementerio al mismo tiempo? Esa imagen, la de cientos de chicos acongojados y descubriendo la liturgia de la muerte, es una postal cruda de la tragedia que empezó a ocurrir en este pueblo santafesino este lunes a primera hora, cuando un estudiante de 15 años abrió fuego en el baño de la Escuela “Mariano Moreno” y asesinó a escopetazos a Ian Cabrera, de 13 años, e hirió a otros dos chicos que están fuera de peligro.
Este martes, antes de que el sol inaguantable del mediodía volviera a sumir al pueblo en el silencio, un cortejo fúnebre acompañó a la familia de Ian a ese pasillo lleno de fotos de muertos que se murieron cuando eran viejos. Ese pasillo en el que rebotaban el llanto desbordado e interminable de las tías y los amigos de Ian y del que su abuelo materno entraba y salía. Entraba cuando no aguantaba estar lejos de su nieto, salía cuando no aguantaba tanta muerte.

El cortejo empezó a la hora anunciada, las 10.30 de la mañana, en la Asociación Mutual de Socorros Funerarios. La cuadra de Sarmiento al 1000, donde desde este lunes a la noche se llevaba a cabo el velatorio de Ian, cambió el silencio de ultratumba por el sonido de los motores de los autos y las motos que se pusieron en marcha para acompañar a los Cabrera a despedir a su hijo.
Fue como si el pueblo entero, este pueblo que es la casa de 15.000 habitantes, se pusiera en pausa. Los comerciantes salieron a la vereda y los que estaban en sus casas, también. En silencio, con el gesto angustiado y cargado de respeto. Los que iban y venían en sus motos, por fuera del cortejo, frenaron y se bajaron al ver pasar la la larga despedida. Y hasta apagaron los motores para no hacer ruido, como ofrendando silencio.
Un centro de jubilados reunió a sus socios para asomarse a despedir a Ian y los dos colegios que estaban en el camino del cortejo decidieron que alumnos y docentes salieran a la vereda como muestra de respeto. Las maestras, todas, lloraban. Muchos de los chicos, también. Las maestras los abrazaban y lloraban más fuerte, y cuando los chicos volvieron a las aulas, las más conmovidas se tomaron unos minutos para llorar del todo.
Uno de los dos sacerdotes de la Parroquia San Cristóbal, frente a la Plaza Rivadavia de esta localidad, hizo sonar las campanas. Fue un llamado para que, quienes quisieran participar de la breve ceremonia religiosa de despedida, entraran a la iglesia. Se llenó de grandes y de chicos, que escucharon a Daniel, uno de los curas del pueblo, decir: “Nunca antes en San Cristóbal nos había pasado algo así. Le vamos a pedir al Señor que nunca más vuelva a pasar esto, que nos podamos reconciliar, que encontremos la paz. Que nuestra comunidad pueda reconciliarse”.
Dijo también: “Quizás como un consuelo para la familia, pueden pensar y sentir que ahora tienen un santo en la familia”. Tres adolescentes negaron con la cabeza: nada de lo que pasa por estas horas en San Cristóbal se parece a tener consuelo.

Hugo, el papá de Ian, escuchó a los sacerdotes en primera fila: rezó, se arrodillo, lloró, se secó como pudo las lágrimas. Y estuvo atento a una tarea atroz: ser el primero, cada vez que hizo falta, en agarrar el ataúd de su hijo y llevarlo a donde hiciera falta, hasta ese nicho final. Mirian, la mamá, hizo lo que hacen las mamás: acarició el ataúd, lo miró con cara de que mirarlo era insoportable pero imperioso, lo cargó, lo volvió a acariciar.
A la parada en la iglesia le siguió la última posta, en el Club Atlético Independiente. Un aplauso que empezó tímido y se alargó por varias cuadras recibió al coche fúnebre de Ian y cortó el silencio que se había impuesto en este pueblo apenas después de que pasaran los alaridos de terror, este lunes pasadas las siete de la mañana.
Vestidos con la camiseta roja del club local en el que Ian acababa de pasar de divisiones infantiles a inferiores, ondeando algunas banderas, los chicos, los adolescentes y los entrenadores del club rodearon la fila de autos y caminaron hacia el cementerio. Muchas mamás, también con la camiseta puesta, acompañaban a sus hijos.
“Yo no sabía qué hacer y ni siquiera estoy segura de que le va a hacer bien venir, pero él me pidió despedir a su compañero de club y yo lo traje”, le dijo María a Infobae. Su hijo tiene 11 años y quiso participar del homenaje. “Es insoportable esto. Es un chico matando a otro chico, y de la edad de nuestros hijos. No se entiende. No sé cómo van a hacer los chicos para volver a la escuela en la que pasó todo, y no sé cómo van a hacer nuestros hijos para empezar a entender esto qué pasó. No sé cómo contenerlo porque esto no tiene explicación”, sumó.

Andrés Giménez, el presidente de Independiente, sí sabe cómo van a intentar acompañar a los chicos de 13 años: “Mañana antes que cualquier entrenamiento, que cualquier otra cosa, vamos a tener a una psicóloga que nos ayude a abordar esto que pasó con los chicos, porque necesitamos contenerlos”, contó. Y eligió una imagen para describir a los Cabrera: “¿Sabés cuántos papás o mamás se quedan a ver el entrenamiento entero de un pibe de 13 años? Ninguno. Salvo los papás de Ian, que se quedaban siempre”. Ian era el único hijo de Mirian y Hugo.
Era también el compañero de tantas tardes de fútbol de los chicos que este martes se sacaron una foto tan parecida y tan distinta a la de los partidos de los sábados. Desplegaron una bandera con el escudo del club, algunos agachados, como si apenas les faltara una pelota para posar, otros sosteniendo la bandera con fuerza desde arriba. Pero no sonrieron: no tenían arcos ni pelotas alrededor. Los rodeaban los pabellones del Cementerio Municipal.
Algunos quisieron acercarse al nicho. Otros empezaron a caminar hacia allí pero los frenó un grito atroz que rebotó contra todos los mármoles del lugar: “¡Chau, papi! ¡Chau, papito! ¿Por qué vos? ¿Por qué vos?”. Era una de las tías de Ian, subida a la misma escalera a la que se había subido Mateo.
“Es muy triste, amigo, no quiero entrar”, le dijo un adolescente a otro y se alejó del pabellón. Buscó sombra y esperó a los chicos con los que había caminado. Lloró solo, hizo todo lo que pudo para que nadie lo viera. Había pasado casi una hora y media desde que los motores del cortejo fúnebre se habían encendido.
Antes de irse del todo del cementerio, con las mismas manos con las que había descubierto la textura y la tragedia de los ataúdes, Mateo acarició un pedacito de ventanilla del coche fúnebre que guió el pulso de este martes en San Cristóbal. Ya no quedaban flores detrás del vidrio, pero sí una placa con el nombre que desde este lunes repite toda la Argentina: Ian Cabrera.
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