
A principios de marzo de 1976, el peronismo atravesaba una crisis interna con divisiones profundas de dominio público. El partido justicialista era dirigido por José Genaro Báez, del sindicato de seguros, que había llegado a ese lugar tan importante de la mano del líder de las 62 organizaciones peronistas, conducidas por el metalúrgico Lorenzo Miguel. Pero, sorpresivamente, Báez se empezó a alejar de la conducción política de Isabel Perón y, a nivel gremial, también se distanció del líder de la Unión Obrera Metalúrgica. Con la amenaza castrense latente, Isabel y Lorenzo Miguel decidieron correr a Genaro Báez de la conducción partidaria y tener un PJ 100% alineado a la mujer de Perón. Tanto la presidenta como el líder de la UOM creían que el justicialismo tenía que ser un nido de contención popular ante la amenaza de los militares golpistas.
El partido contaba con tres facciones muy marcadas. Por un lado, estaban los ultraverticalistas, que veían a Isabel Perón como líder indiscutible del movimiento. Tal era el caso del alcalde porteño general Embrioni o el gobernador riojano Carlos Menem. Por el otro, se encontraban los verticalistas, que también respondían a la entonces Presidenta de la Nación y tenía a figuras como los sindicalistas Rogelio Papagño, Lesio Romero, Amadeo Genta y Horacio Alonso, e intendentes de la provincia de Buenos Aires como José Rivela, de Quilmes, y Manolo Quindimil, de Lanús. Por último, existía un grupo integrado por cuarenta diputados nacionales, dirigidos por Luis Rubeo, Julio Bárbaro, Nilda Garré, Ricardo de Luca y Carlos Auyero, que era la opción anti verticalista que reclamaba la renuncia de Isabel a la presidencia y la asunción como presidente del titular del Senado, Ítalo Argentino Luder.
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El futuro dictador Jorge Rafael Videla había exigido, en diciembre de 1975, que el gobierno resolviera en 90 días lo que entendía como una crisis política, económica y cultural que sufría el país. Por esos días, Genaro Báez conducía el peronismo y, aunque las elecciones presidenciales se habían fijado para octubre de 1976, también quería la renuncia de la Presidenta. En esta grave situación, con un inminente golpe de Estado, el sector verticalista que respondía a la señora de Perón organizó el Congreso Nacional Justicialista para rearmar el partido. Hace 50 años, este grupo procuró que Báez deje su lugar en el partido del gobierno constitucional para que Isabel se convirtiera en la primera mujer en ocupar la presidencia del justicialismo.

Hace medio siglo atrás, en el Teatro Nacional Cervantes, el Congreso Justicialista eligió a los nuevos integrantes del Consejo Nacional Partidario. Los verticalistas se impusieron con 175 votos, mientras que los anti verticalistas obtuvieron solo ocho. Isabel alcanzó la presidencia partidaria y se convirtió en la primera mujer en conseguir ese cargo. El gobernador de Chaco, Deolindo Bittel, fue elegido como vicepresidente 1º, el gremialista Néstor Carrasco como vicepresidente 2º, el diputado bonaerense Lázaro Rocca como secretario general y Herminio Iglesias como secretario de Interior.
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El discurso de la Presidenta
En una jornada marcada por las fracturas, Isabel se dirigió a sus militantes con firmeza y autocrítica. “Dicen que hay que ‘peronizar’ al gobierno. Y yo les digo que algunos que no son peronistas merecerían serlo por lo bien que trabajan, mientras que otros que se titulan peronistas no tienen de peronistas más que la camiseta”, afirmó. En ese momento, un militante gritó: “¡A la horca!”. Isabel respondió de inmediato: “Yo no mando a nadie a la horca. Se ahorcan solos”.
Más adelante, agregó: “Se creen que no sé nada de lo que pasa en la calle y de los pillos que existen. Pero a ellos también les vamos a dar con un hacha”. Y concluyó: “Si es necesario, me tendré que convertir en ‘la mujer del látigo’ para defender los intereses de la patria”.
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Como nueva presidenta del partido justicialista, Isabel ofreció su primer discurso pidiendo por la unidad del país en medio del contexto golpista. “Los días comunes han quedado atrás y los que nos aguardan contienen, a manera de semilla, los frutos de nuestra grandeza o el secreto de nuestra decadencia. No hay ya tiempo para malgastar y queda muy poco para no quedar al margen de una historia que, por nuestro pasado y nuestras inmensas posibilidades, debe registrarnos como protagonistas”.
“(...) no vivimos tiempos comunes. Estamos en la vía de opciones sin retorno. Por ello proclamó a este Congreso y al país, que nada hay más importante que la unidad nacional; que la palabra clave de esta hora es ‘compatriotas’ y que, como lo dijera el general Perón, para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, continuó.
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“Yo seré la primera a quien le cortaran la cabeza. Pero después le cortaron la cabeza a los otros. Así que aquí nos tenemos que jugar todos. (...) ¿Desean que me marche? Yo no estoy atada al sillón. Lo importante es que el que venga después de mí, aunque se equivoque, que lo haga con buenas intenciones”, manifestó Isabel hacia el final.
Esa misma noche, el consejo realizó la primera reunión, abierta por Eloy Camus, gobernador de San Juan y presidente de la mesa directiva del Congreso. “Estoy seguro de que este congreso no tendrá desviaciones que perturben a nuestro movimiento”, dijo mientras la prensa y los militantes peronistas escuchaban sus palabras desde la calle. El 1 vicepresidente, Bittel, aseguró que habían llegado para “levantar las banderas de Perón”, mientras que Carrasco manifestó que Isabel había dado soluciones a la clase trabajadora y que ellos debían “apoyar a la gran patriada de terminar con la especulación y la antipatria”. El último en hablar fue Lázaro Roca, secretario general, quien dijo que iban a “entregar todo por Isabel y el movimiento, inclusive nuestras vidas”.
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Las advertencias de Isabel que nadie escuchó
Esa jornada, la flamante líder justicialista citó la estrofa del Martín Fierro: “Si entre hermanos se pelean, los devoran los de afuera”. Muchos peronistas recordarían esa frase días después, cuando la dictadura militar demostró que no distinguía entre ortodoxos, heterodoxos, combativos o contemplativos, tal como lo había presagiado la Presidenta.
Aquel 6 de marzo de 1976 también afirmó que no iban por ella, “sino por las chimeneas de las fábricas que Perón impulsó”. No se equivocaba: el modelo económico del gobierno militar provocó un verdadero desmantelamiento industrial, con el cierre de miles de empresas.
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Al finalizar, Isabel declaró: “Yo seré la primera a la que le cortarán la cabeza, pero después se la cortarán a todos”. Tampoco en eso erró. Tras el 24 de marzo fue detenida por los militares golpistas y permaneció cinco años en prisión, durante los cuales sufrió vejámenes físicos y psicológicos. El resto de la cúpula peronista también padeció la cárcel, la tortura, la desaparición y el exilio.
Con el paso del tiempo, esa dirigencia partidaria quedaría inscripta en la historia cuando, en 1979, el vicepresidente del Partido Justicialista y exgobernador chaqueño, Deolindo Bittel, junto a Herminio Iglesias, firmaron un contundente documento ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, denunciando las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en la Argentina.
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