María Elena Walsh: un homenaje a la artista inabarcable que sigue haciendo grandes las infancias y devolviendo infancia a los grandes

El 10 de enero de 2011, hace 15 años, moría la poetisa, novelista, dramaturga, autora y cantante que marcó a tantas generaciones, y lo sigue haciendo. La que hizo frente a la censura, luchó por los derechos de las mujeres, encarnó versos con ternura y con bravura, plantó cara a los militares, se fue, regresó y siempre siguió así, resucitando

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La poetisa, novelista, escritora, dramaturga,
La poetisa, novelista, escritora, dramaturga, cantautora y compositora argentina murió el 10 de enero de 2011

Cuando murió, hace ya quince años, parte de nuestra infancia se fue con ella. María Elena Walsh cantaba para los chicos mientras les hablaba a los grandes con una receta infalible, difícil y ardua, pero segura: palabras sencillas, claras, entrañables. Nos enseñó aquello de “Tantas veces me mataron / tantas veces me morí / sin embargo estoy aquí / resucitando / Gracias doy a la desgracia / y a la mano con puñal / porque me mató tan mal / y seguí cantando”.

Como la cigarra, María Elena y quienes entonces eran sus infantes, también eran sobrevivientes que volvían de una guerra en un país que no daba libertad, ni progreso, ni calor de hogar; habían crecido entre golpe militar y golpe militar, en un ambiente mohoso y turbio que daban los entorchados, los alamares, el incienso y las sombras, y que se prolongó por más de medio siglo, lo suficiente para mutilar sueños, ideas y esperanzas de más de una generación. Sin embargo, seguían cantando.

Para aquellos chicos, también para los de hoy, y para aquellos adultos, y para los de hoy, cantó María Elena con la receta de Tolstoi: pintar tu aldea para pintar el mundo. Lo hizo con un pincel, un trazo y una hondura que no tienen reposición. Cantó con picardía, con elegancia, con ironía, con una irrefrenable melancolía y con un humor imbatible, a prueba de espadas y de balas, las desventuras de una sociedad a la que iba a retratar como una víctima de la censura en agosto de 1979, cuando publicó en el suplemento cultural de Clarín su inolvidable “Desventuras en el País Jardín de Infantes” con el que le plantó cara a la dictadura militar que estaba entonces en pleno apogeo. Era, además, una mujer valiente que no perdió nunca la ternura, ni para decir las cosas más duras.

Estas líneas pretenden recordarla. Además de trazar un perfil de su vida casi inabarcable, hay que evocar —son tantos— algunos de sus poemas. María Elena fue poetisa, novelista, dramaturga, autora y cantante, escribió más de cincuenta libros, grabó más de veinte discos, sus versos fueron cantados, entre tantos otros, por Mercedes Sosa, Jairo, Víctor Manuel, Rosa León, Joan Manuel Serrat y el también inolvidable Cuarteto Zupay que hizo una creación de la canción que María Elena dedicó a Bach: “Era gordito y con peluca / indispensable como el pan / y cascarrabias a menudo / el señor Juan Sebastián (…) Está contándonos un cuento / que no terminará jamás / Dios le dictaba el argumento / al señor Juan Sebastián”.

¿Ven? Esto pasa. Cada vez que se cuenta un tramo de la vida de María Elena, aparece siempre una de sus canciones, de sus poemas, de sus reflexiones, que mueven los cimientos de cualquier plan de escritura. Sus palabras, las que elegía para cantar a los chicos y hablar a los grandes, estaban cargadas de música, de ritmo; jugaban con los sentidos de quien las escuchaba y, de paso, dejaba una receta no escrita para el buen entendedor: según combines esas palabras musicales podés jugar a ser Mozart, o a ser el señor Juan Sebastián.

Como la cigarra, de María Elena Walsh

María Elena Walsh nació el 10 de febrero de 1930, siete meses antes del primer golpe militar en la Argentina, en Villa Sarmiento, en el partido de Morón. Aprendió a leer a los cuatro años —eso le cambia la vida a cualquiera—, cursó la primaria en la escuela número 21 General Manuel Belgrano a la que se incorporó a los siete años y en tercer grado porque sabía leer y escribir muy bien. Alguna vez se retrató como una chica “bastante difícil, díscola, muy solitaria, muy melancólica, y de pronto abrupta, huraña”. Sus biógrafos aseguran que cierto autoritarismo del padre hacia su madre signó parte de esa infancia algo dolida, y despertó el pensamiento de María Elena en defensa de la mujer.

A los doce años, y por propia decisión para perfeccionar sus dotes en la pintura y el dibujo, ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, a la que apuntó de lleno el golpe militar de 1943, que, en plena Segunda Guerra Mundial, terminó con las simpatías del gobierno anterior hacia los Estados Unidos para apostar por el nazismo. María Elena enfrentó a la censura y a la sinrazón desde muy chica: sabía de qué hablaba en 1979 cuando escribió sus desventuras en el país jardín de infantes: “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir (…) Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas”.

Publicó sus primeros poemas a los quince años en la revista El Hogar y en el diario La Nación que, en 1947, dieron vida a su primer libro, Otoño imperdonable, que fue un gran éxito. En los años 50, de regreso de un viaje de cinco meses a Estados Unidos en los que vivió una frustrante experiencia literaria y humana con el poeta español Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo, María Elena siguió con su actividad literaria mientras impartía clases de inglés en el Colegio Ward, de Ramos Mejía. De allí la expulsaron por negarse a usar el luto, obligatorio, por la muerte de Eva Perón.

Junto a la escritora tucumana Leda Valladares, con quien compartía entre otras cosas el rechazo al peronismo, formaron un dúo que recopiló el folklore tradicional argentino; se radicaron en París donde grabaron sus primeros discos y actuaron en restaurantes y cabarets como el Crazy Horse o La Guitarre donde presentaron un espectáculo que recopilaba canciones propias y de autores contemporáneos, todas con aires del viejo romancero español: lo llamaron “Canciones del tiempo de Maricastaña”. En París grabaron “Cantos de Argentina”, en 1954 y, al año siguiente, “Bajo los cielos de Argentina”, con temas tradicionales y obras de Atahualpa Yupanqui, también radicado en París. Regresaron al país en 1956, tras la caída de Perón, grabaron dos discos con canciones folclóricas tradicionales y actuaron en Canal 7 llevadas por la directora María Herminia Avellaneda.

Cuando pelear por los derechos de la mujer no era redituable, no daba prestigio, no obedecía a consignas políticas y no servía para disimular bajo las alfombras, como en algunos casos, mediocridades excelsas; cuando defender los derechos de la mujer era por el contrario mal visto, repulsivo o sospechado de, María Elena encaró una lucha inclaudicable por los derechos de la mujer. Les habló, a corazón abierto, con un sustantivo adjetivado por la emoción: hermanas, les dijo. “¿Te acordás hermana / qué tiempos aquellos / cuando “el que te dije” / salía al balcón”. El que te dije era Perón. La Revolución Libertadora que lo había derrocado, había prohibido también nombrarlo, lo mismo que al Partido Peronista, a Eva Perón y a los símbolos y canciones partidarias.

Sin ser peronista, sino casi todo lo contrario, María Elena escribió un himno dedicado a Eva Perón. Son palabras de impresionante bravura que no significaron un renunciar a sus ideas, sino que mostraba el retrato despiadado de una personalidad única y de la época feroz que siguió a su muerte en 1952: “No sé quién fuiste, pero te jugaste. / Torciste el Riachuelo a Plaza Mayo, / metiste a las mujeres en la historia /de prepo, arrebatando los micrófonos, / repartiendo venganzas y limosnas. / Bruta como un diamante en un chiquero / ¿quién va a tirarte la última piedra? / Quizás un día nos juntemos / para invocar tu insólito coraje. / Todas, las contreras, las idólatras, / las madres incesantes, las rameras, / las que te amaron, las que te maldijeron (…) No descanses en paz, alza los brazos / no para el día del renunciamiento / sino para juntarte a las mujeres / con tu bandera redentora / lavada en pólvora, resucitando.(…) Tener agallas, como vos tuviste, / fanática, leal, desenfrenada (…) Agallas para hacer de nuevo el mundo. / Tener agallas para gritar basta / aunque nos amordacen con cañones”.

Esa era, también, María Elena, la que cantaba a los chicos y hablaba con los grandes.

Leda Valladares y María Elena
Leda Valladares y María Elena Walsh

Menguada en parte la actuación en dúo con Valladares, seguirían rumbos diferentes en 1963, María Elena se lanzó de lleno a escribir canciones infantiles. De nuevo fue María Herminia Avellaneda quien le propuso hacer en televisión un espectáculo que Walsh hacía en teatro: Tutú Marambá, que terminó en Doña Disparate y Bambuco. Surgieron personajes entrañables como el Mono Liso y, en especial, la tortuga Manuelita. A propósito de Manuelita, pobre, que fue a hacerse un lifting a París con la idea de conquistar, o sorprender, o seducir a su tortugo que la esperaba en Pehuajó, y tardó tanto en regresar que lo hizo “vieja como se marchó”, el poema, además de ensalzar la inutilidad de intentar detener el tiempo a través del bisturí, incluye un par de estrofas que por lo general no se cantan. Una de ellas, tal vez, porque un costado anacrónico la saca de época; pero se trata de cuatro líneas que rezuman libertad: María Elena no se las iba a perder. Dicen esos versos: “Manuelita por fin llegó a París / en los tiempos del Rey Luis. / Se escondió bajo un colchón / cuando la Revolución, / y al oír la Marsellesa / se asomó con precaución”.

En los años 60, María Elena presentó “Canciones para mirar”, un espectáculo con el que buscaba un género parecido a “un cabaret para chicos”, así lo definió, que sacudiera el mundo del espectáculo infantil y del folklore. Tuvo un éxito tremendo. En un país donde no existían demasiados antecedentes de literatura y canciones infantiles, los discos y los espectáculos de Walsh llegaron a miles de hogares. Luego llegaron los libros: El reino del revés, Zoo loco, Dailan Kifki, Cuentopos de Gulubú, Aire libre y El país del no me acuerdo, entre 1964 y 1967. A propósito de El país del no me acuerdo, que rescató la película de Luis Puenzo La historia Oficial, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera en 1986, la letra de la canción decía, y dice aún: “En el país de no me acuerdo / Doy tres pasitos y me pierdo / Un pasito para allí, no recuerdo si lo di / Un pasito para allá, ay, qué miedo que me da”.

Y con respecto al reino del revés, una típica canción infantil donde los osos caben en las nueces, y vive “un perro pequinés / que se cae para arriba y una vez / no pudo bajar después”, sus versos no desdeñan una mirada adulta hacia aquella realidad de hace sesenta años, ni siquiera alejada de la de hoy: “Me dijeron que en el Reino del Revés / nadie baila con los pies, / que un ladrón es vigilante y otro es juez, / y que dos y dos son tres”. Eso, dos y dos son tres.

María Elena Walsh cantaba para
María Elena Walsh cantaba para los chicos mientras les hablaba a los grandes. Escribió más de cincuenta libros, grabó más de veinte discos y sus versos fueron interpretados por Mercedes Sosa, Jairo, Víctor Manuel, Rosa León, Joan Manuel Serrat y el Cuarteto Zupay, entre muchos otros artistas

Entre 1968 y 1975 María Elena Walsh se dedicó a escribir para adultos. También para los que conservaban el alma de un chico, que los hay; son raros, pero los hay. Escribió entonces algunas obras memorables, quizás olvidadas hoy, a la espera del rescate. “Serenata para la tierra de uno”, por ejemplo “Porque me duele si me quedo / Pero me muero si me voy / Por todo y a pesar de todo, mi amor / Yo quiero vivir en vos. / Porque el idioma de infancia / Es un secreto entre los dos / Porque le diste reparo / Al desarraigo de mi corazón / Por tus antiguas rebeldías / Y por la edad de tu dolor / Por tu esperanza interminable, mi amor / Yo quiero vivir en vos”. O “Barco quieto”, por ejemplo, que incluye el ruego más desesperado y despojado que alguien pueda hacer: “No te vayas, / quédate / Que ya estamos de vuelta de todo / Y esta casa es nuestro modo / de ser”. O la profunda “Zamba para Pepe”: “Cuando un amigo se va, nadie nos devolverá / todo el corazón que le prestamos, tanta compartida soledad / Un amigo nuevo no es lo mismo, Pepe / nos quiere por la mitad”.

¡Cuánto escribió María Elena Walsh! Y qué bien recibida fue entonces su poesía y sus canciones en los tiempos en los que nadie pensaba en el olvido, antes de que llegaran los relojes. En 1968, un recital suyo en el Teatro Regina, conocido por sus títulos, “Juguemos en el mundo” o “Show para los ejecutivos”, que había sido programado para una semana, duró un año entero con entradas agotadas.

La diva de aquel espectáculo era una canción de María Elena, “Los Ejecutivos”, que pintaba un retrato descarnado del hombre de negocios (y de otras profesiones también) que había apoyado en junio de 1966 el golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía que iba a inaugurar siete años de dictadura militar. El hombre de negocios veía florecer los suyos, mientras ponía un ojo en la Bolsa y el otro en la cotización del dólar: “El mundo siempre fue de los que están arriba / pero hoy es de un señor en ascensor / a quien podemos ver en las revistas / cortando el bacalao con aire triunfador. (…) Ay, qué vivos / son los ejecutivos, / qué vivos que son. / Del sillón al avión, / del avión al salón, / del harén al edén / siempre tienen razón; / y además tienen la sartén, / la sartén por el mango / y el mango también”.

En 1969 estrenó canciones —esta es una evocación arbitraria, parcial y hasta acaso equivocada— que oscilaron entre la nostalgia por el ayer, como “Fideo Fino”, hasta la furiosa y arrebatada “Canción de cuna para un gobernante”: “Hombres, niños, mujeres, es decir, nadie / parece que no quieren que tú descanses. / Rozan con penas chicas tu sueño grande, / cuando no piden casas, pretenden panes. / Gritan junto a tu cuna: “¡no te levantes!”, / aunque su grito diga: “oíd, mortales. / Duérmete oficialmente, sin preocuparte / Que sólo algunas piedras son responsables / Que los lirios del campo no tienen hambre / Que ya te están velando los estudiantes / Y el lucero trabaja para la cárcel”. Junto con esa poesía vehemente y descarnada, también deslizó una obra maestra del sarcasmo, “Sapo Fierro”: “Yo nací en una laguna / y mi cuna fue de lodo, / cosa que de ningún modo / me puede desmerecer: / que a la hora de nacer / renacuajos somos todos / A este fondo no rodé, / me mudé con gran trabajo. / Yo no soy un estropajo, / ni por desidia me hundo: / no es lo mismo ser profundo / que haberse venido abajo”.

Los tormentosos años 70 vieron nacer el documento audiovisual Juguemos en el mundo, de María Herminia Avellaneda y sus álbumes El sol no tiene bolsillos, Como la cigarra, El buen modo y De puño y letra. En 1972 viajó a Estados Unidos, Costa Rica y México y presentó luego sus espectáculos en el Teatro Regina y en el Municipal General San Martín. En julio de 1978 anunció que dejaría de componer y de cantar. Dijo que no tenía más ganas y que le parecía indecente hacer algo sin ganas. Su pareja de entonces y de casi toda su vida, la fantástica fotógrafa Sara Facio, lo lamentó como todos sus seguidores; Facio reveló que María Elena “nunca saca suficiente rédito del éxito”. Toda una definición.

Serenata para la tierra de uno, de María Elena Walsh

Volvía a cercarla la censura después del golpe militar de 1976: ya no podría cantar casi ninguna de sus canciones: el Comfer (Comité Federal de Radiodifusión) que lucía con orgullo las “listas negras” de las canciones, los autores, y cantantes prohibidos —muchos de ellos habían partido al exilio— prohibió también la difusión de “Gilito del Barrio Norte”: “Gilito de Barrio Norte, / Que la vas de guerrillero, / y andas todo empapelando con el Che, / anunciándole a Magoya / que salió la nueva ley. / Hablas mucho del obrero, / pero el único que viste / es un peón de una cuadrilla en la calle Santa Fe. / Vos la única guerrilla / que peleás de coronel es la que te dan las minas / en las whiskerías finas / donde sentaste cuartel”, un texto duro y disgustado que contrastaba con una rumbita fresca y movediza, “Sábana y mantel”; “(…) Uno manchado de vino / que señal de gozo es / Y la otra humedecida / con rocío de querer / Que no le falten a nadie / En este mundo tan cruel”.

Tres años después del golpe militar, Walsh publicó su fantástico artículo “Desventuras en el país jardín de infantes”: la dictadura prohibió entonces difundir sus textos, canciones y libros. María Elena volvió a poner distancia de la Argentina y viajó al exterior entre aquel peligroso 1979 y 1980, en especial a los países nórdicos. En 1981 le diagnosticaron cáncer óseo al que Walsh, incansable en su prédica, bautizó como “mi propio Proceso de Reorganización Nacional”. Los médicos sugirieron amputarle una pierna, pero Walsh se negó. Recibió rayos y quimioterapia y dijo seguir en la pelea porque tenía cincuenta y un años y amaba la vida”.

La democracia recuperada en 1983 le abrió un espacio en la televisión junto a Susana Rinaldi y a su vieja amiga María Herminia Avellaneda: La cigarra, donde, además de divertirse como locas, lanzar dardos afilados hacia los nostálgicos de la pasada dictadura, las tres encarnaron uno de los primeros ciclos televisivos enfocados hacia el feminismo. “Como la cigarra”, cobró entonces enorme fuerza, casi como un himno, simbólica por aquello de tantas veces me mataron, tantas veces me morí… y seguí cantando.

Walsh sintió cierta inclinación hacia el Gobierno de Raúl Alfonsín al inicio de su mandato, por su política sobre los derechos humanos. En marzo de 1984 aceptó integrar, ad honorem y como asesora, la Secretaría de Desarrollo humano y Familia. Salió escaldada de esa experiencia política, renunció el 26 de marzo de 1986, con una carta al presidente que destilaba una ironía velada y retrataba su amargo paso por la función pública: “Ya que en los dos años jamás fui convocada para opinar sobre estos asuntos, mi renuncia parece obvia, pero es mi deber elevársela, señor presidente, junto con mi gratitud por la confianza que usted me dispensara”.

En los últimos años recibió los honores, no todos, que merecía su vida rica e inagotable, su dedicación a la cultura, a las letras, a la música, a la infancia, a su país de jardín de infantes. En 2005, se le diagnosticó una grave osteoporosis que le provocaba fracturas espontáneas de huesos delgados y la sometía a intensos dolores: debió usar una silla de ruedas en la que trataba de permanecer casi inmóvil y sedada con fuertes calmantes. En 2008, sin perder el humor dijo: “No quiero salir del país, ni de la ciudad, ni de mi casa, ni de mi cama”. Lo hizo para ser recibida en Casa de Gobierno por Cristina Fernández de Kirchner.

María Elena Walsh y Raúl
María Elena Walsh y Raúl Alfonsín

Aquellos rasgos de infancia que describió con precisión, “una chica bastante difícil, díscola, muy solitaria, muy melancólica, y de pronto abrupta, huraña”, la acompañaron toda su vida; fuera de su círculo íntimo, era una mujer de carácter un poco áspero, arisco, algo retobado: una capa que ocultaba el gran rompecabezas de ternura que deshilaban sus poemas y sus canciones.

María Elena Walsh murió el 10 de enero de 2011 en el Sanatorio de la Trinidad. La velaron en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC) y descansa en el panteón de la Sociedad en el cementerio de Chacarita. Así, como el cementerio, había imaginado Walsh el café donde, adolescente, había visto actuar a una orquesta de señoritas: “Con sus mármoles y sus flores / parecía la Chacarita / aquel viejo café del Once / con orquesta de señoritas (…) Una noche se hicieron humo / de su palco descolorido /y tomaron, violín en bolsa, / un tranvía para el olvido”.

Cuando murió, hace quince años, acaso también María Elena haya tomado un tranvía para el olvido. No sería justo, pero quién sabe si hoy, en tiempos de celulares y de Tik Tok, los chicos se aventuran a saber quién fue esa enorme montaña gris llamada Dailan Kifki, o cómo fue que plancharon en francés a la tortuga Manuelita.

Al final, estas líneas que intentaban trazar la semblanza de María Elena Walsh, han bocetado a trazo grueso y con las letras de sus canciones, nuestras propias desventuras. De alguna forma huérfanos, boquiabiertos, ni siquiera podemos hacerle saber a la gran María Elena que la extrañamos, que no la olvidamos.

Y que todavía estamos aquí, resucitando.