
El apellido Chikoff se asoció durante décadas en la Argentina con la enseñanza de los buenos modales, pero también con una vida atravesada por una aristocracia en ruinas y una fuerte impronta de humor. Eugenia de Chikoff, celebrada en los medios por su singular manera de abordar el protocolo, legó mucho más que un manual de etiqueta: transformó la transmisión social de las costumbres en un espectáculo cercano para el público, aun en circunstancias personales siempre marcadas por su refinada herencia familiar y una historia repleta de decisiones complejas.
La muerte de Eugenia, ocurrida el 5 de enero de 2014 y confirmada por pericias oficiales, zanjó definitivamente el misterio en torno a su edad: había nacido en 1919 y tenía 94 años en el momento de su fallecimiento. Tenía más de ochenta años cuando fue protagonista de un episodio violento, que demostró sus agallas. Descendía del colectivo 106 cargada con la recaudación mensual de su academia de buenos modales, cuando fue asaltada en la esquina de su casa. Sin dudarlo, aplicó —según relataba— “una patada en las gónadas” del ladrón, gracias a sus conocimientos de karate. El golpe la salvó, pero le costó una luxación de cadera que se negó a operar y que la obligó a depender de un bastón hasta el final de su vida.
La vida de Eugenia de Chikoff estuvo marcada por una infancia itinerante. Nació en Argentina, pero a los tres años se mudó a Europa junto a su familia. Fue educada en Alsacia, región en la que, según solía bromear, el idioma y el bando cambiaban según el rumbo de la guerra. Aquella etapa selló su inconfundible acento alemán, del que jamás lograría desprenderse, por más que dominara varios idiomas y festejara a quienes pudieran identificar la procedencia de su manera de hablar.
En el corazón de esta historia está la saga de los Chikoff. El padre, Juan Eugenio de Chikoff, era un aristócrata ruso cuya vida cambió tras la Revolución de Octubre. Recaló en París por azares históricos, lo que según Eugenia les salvó la vida, aunque los condenó al exilio. En la Argentina, la sociedad lo reconoció —y él mismo se presentaba— como conde, sin que jamás se confirmara oficialmente el título nobiliario, aunque su porte y educación eran indiscutibles.
Eugenia, que nunca aceptó el título de condesa, aclaraba con precisión: “La condesa es la esposa del conde; yo solo soy la hija”. La educación que recibió de su madre fue rígida y exigente, aunque la armonía familiar era más aparente que real. El matrimonio entre sus padres permaneció unido de cara a la sociedad, compartiendo celebraciones y eventos, mientras que la versión oficial justificaba la ausencia permanente del padre en Europa por cuestiones laborales en Buenos Aires.
A los 21 años, Eugenia conoció la verdad: sus padres estaban separados. Eligió vivir con su padre, pese a la advertencia materna, de que se exponía a una vida llena de riesgos. A cambio, debió comprometerse a cumplir una promesa a su madre aun enamorada: si el padre deseaba formalizar el divorcio para casarse de nuevo, Eugenia debía recordar la amenaza de volver a Francia con ella.

Décadas más tarde, Eugenia cumplió esa promesa y el compromiso de su padre con una viuda quedó en la nada.
La relación con su padre fue intensa y excluyente. En sus propias palabras, se definía como una hija con “Complejo de Electra” y “soltera eterna”. Ambos, padre e hija, boicoteaban mutuamente las posibilidades románticas del otro.
El Conde jugó un papel central en la selección de pretendientes para Eugenia, ejerciendo una influencia sutil pero efectiva. Un ejemplo fue el comentario sobre lo poco elegantes que le parecían las manos de uno de los novios de su hija, detalle que Eugenia no pudo olvidar y que precipitó el final de la relación.
La trayectoria de Eugenia de Chikoff abarcó intereses poco convencionales para una mujer de su época. De joven, viajó a China para estudiar el idioma, las artes marciales y absorber la cultura oriental que la fascinaba. Tiempo después, fundó una academia de karate en la Recoleta, sostenida durante más de veinticinco años, por la que pasaron miles de alumnos atraídos por la práctica de artes marciales.
La vida en Buenos Aires junto a su padre estuvo marcada por privaciones disimuladas detrás de una presentación siempre impecable. El conde, sin empleo fijo y aficionado al juego, frecuentaba el Banco Municipal para empeñar joyas y obras de arte que rescataba cuando la suerte lo acompañaba.
Su modo de resolver la vida combinaba la dignidad innata con cierta precariedad. Aun así, nunca permitieron que la estrechez económica se notara en el vestir o en las formas cotidianas. El Conde transformó su legado de la nobleza en un oficio. Dictaba clases de protocolo, historia militar, idiomas —dominaba nueve lenguas—, esgrima y hasta tango. Eugenia explicaba con claridad el destino de aquellos aristócratas venidos a menos: “Los aristócratas secos, venidos a menos, se dedican al protocolo. Es lo que traen desde la cuna; como ya no pueden ejercerlo más cotidianamente, lo enseñan”.

En 1928, el presidente Marcelo T. de Alvear convocó al Conde, quien participó en la redacción de las normas de protocolo para el gobierno nacional y la cancillería. Además, el Conde fue profesor en el Colegio Militar cuando Juan Domingo Perón era estudiante. Con el paso de los años, ya siendo Perón presidente de la Nación, ambos retomaron el vínculo. La razón fue concreta: Perón quería que el Conde instruyera a Eva Duarte en cuestiones protocolares para un viaje a Europa. La principal dificultad residía en corregir detalles como la costumbre de hacer ruido al tomar la sopa y el uso cotidiano de malas palabras, según recordaba el propio Conde, quien se admiró de la inteligencia y rapidez de aprendizaje de Eva. Las clases duraron poco tiempo y el Conde se negó a cualquier remuneración por el servicio.
La irrupción de la televisión le otorgó al Conde un nuevo escenario, con Eugenia como asistente. El formato buscaba mostrar la diferencia entre la educación formal y las costumbres populares. Aunque en principio debía ser una joven del pueblo quien aprendiera frente a las cámaras, el Conde eligió a su hija para el papel, exigiéndole que representara actitudes incorrectas en la mesa, cosa que le resultó difícil desaprender por completo. Un episodio en el que Eugenia comió discretamente frente a las cámaras mientras su padre hablaba de otro tema expuso la impostura y provocó que el Conde sincerara ante el público que su asistente era, en realidad, su hija, adecuada y formada desde la infancia.
Continuaron su participación en la televisión bajo diferentes formatos a lo largo de seis décadas. En paralelo a su exposición mediática, Eugenia fue responsable del Instituto de Cultura Social, Buenos Modales y Cortesía, fundado por su padre en la esquina de Santa Fe y Suipacha. El paso de los años y el deterioro del Conde dejaron a Eugenia a cargo de la institución.
Los últimos días del Conde estuvieron marcados por un accidente doméstico: luego de desvanecerse y lesionarse, los médicos le pronosticaron apenas horas de vida. Eugenia, fiel a su intuición, insistió en que su padre sobreviviría un tiempo más y así fue. Al cabo de tres meses, el Conde falleció a los 92 años en brazos de su hija, quien había regresado a casa guiada por la preocupación.

Tras la muerte de su padre, Eugenia de Chikoff continuó su labor en los medios y en la educación social, a la que agregó una impronta personal: el humor, que matizaba el rigor del protocolo. Durante dos décadas, fue protagonista de los grandes programas de televisión: participó con Susana Giménez, Mirtha Legrand, Moria Casán, Julián Weich y Antonio Gasalla, entre otros.
Su presencia era habitual en transmisiones sobre bodas reales, debates de la nobleza europea y sketches televisivos.
En una memorable aparición publicitaria, protagonizó un comercial en el que trataba de enseñar buenas maneras a un grupo de niños salvajes. Eugenia de Chikoff forjó a lo largo de su vida una figura única: experta en ceremonial y etiqueta, pionera en llevar el protocolo a la cultura de masas y mujer de convicciones indómitas, fiel a sus raíces y a su modo inconfundible de enfrentar cada escenario.
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