
Cuando tenía 7 años nos dio sarampión. Nos dio, digo, porque somos seis hermanas y al tener una, tuvimos las seis juntas. Mi mamá era directora de una escuela en Punta Alta, en el pueblo en el que vivíamos, y le pidió a mi papá que fuera a la única librería que iba a traer libros para que pudiéramos pasar la cuarentena. Papá trajo todo lo que había disponible en ese momento.
Y así tuve, a los 7 años, la primera versión de Don Quijote, La Divina Comedia, el Martín Fierro. Jugábamos con mis hermanas a aprender partes de memoria, nos las recitábamos entre nosotras para pasar el calor y la picazón de aquel verano.
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Así se fueron armando mis bibliotecas y las de mi familia, acumulando libros, haciendo listas, organizándolos por orden alfabético. Un estante, dos, tres, repisas. Empecé a acumular libros desde que empecé a poder comprarlos o me empezaron a regalar. Cuando pude mudarme a mi primer departamento me llevé una biblioteca de mi madre, de esas de puertas con vidrio y cortinita. Al poco tiempo ya tenía una biblioteca que ocupaba ya toda una pared. Y me fui a vivir a Londres y volví con libros en inglés, y pasé por París y volví con libros en francés.
Mi biblioteca ocupa buena parte de mi casa. Hay libros en el living, hay libros en el sótano, hay libros en el desván. Pilas al lado de la cama, y los de trabajo en el escritorio. Doné, regalé, presté. Dividí bibliotecas cada vez que me divorcié. Mis hijos me piden recomendaciones y se van con pilitas cada vez que me visitan. Cuando llega una amiga con bebé abro los armarios donde están todavía los libros infantiles. Los libros circulan, van y vienen, y sin embargo se acumulan, se siguen acumulando.
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Porque forman parte de lo que para nuestra generación fue la manera de tener capital simbólico real. Tener libros y leer esos libros, tener libros leídos y tener libros para leer —por las dudas— forma parte de lo que nos da seguridad, de lo que nos da fortaleza.
Y ahí empieza entonces la pregunta que tiene que ver con la gran transferencia de la que hablábamos en la columna del domingo pasado. ¿Qué vamos a hacer con todos estos libros? ¿A dónde van a ir a parar todos estos libros? Porque la gran transferencia no se refiere solamente a una transferencia de dinero, que también es una transferencia de dinero, sino que tanto los boomers como la generación X acumularon objetos, acumularon libros, discos, ropa.
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Porque tener, acumular, poseer, siendo hijos de aquellos que habían dejado todo y se habían lanzado en un barco a cruzar el mar y venir a la Argentina o a otros lugares del mundo buscando una tierra sin nada. Mis padre vino con sus hermanos como polizones en un barco, como muchos otros que dejaron todo porque huyeron de Europa y vinieron con lo puesto. Los libros fueron centrales para nuestra generación: se prohibieron, se quemaron, se escondieron, se recuperaron.
La idea de tener cosas que se pudieran tocar, que se pudieran palpar, que se pudieran guardar, era parte de lo que construía seguridad y construía ascenso social.
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Entonces la gran pregunta en el mundo es: ¿dónde van a ir a parar todos esos libros? Ahora que, por otra parte, todo indica que la era que se inició con la aparición de la imprenta está terminando. Porque la era de la lectoescritura, que con la aparición de la imprenta nos marcó como humanidad hasta ahora, va a pasar a ser otra cosa cuando ser alfabeto no implique ya solamente leer y escribir, sino programar o poder ser un alfabeto digital.
Esa pregunta —¿dónde van a ir a parar?— ya no es íntima. Es social. Y empieza a aparecer en cada mudanza, en cada casa que se vacía, en cada herencia que no entra en los metros cuadrados disponibles.
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La gran transferencia generacional no es solo una transferencia de dinero. Es una transferencia de volumen. De casas llenas a departamentos más chicos. De décadas de acumulación a generaciones que heredan no solo bienes, sino la tarea —física y emocional— de decidir qué hacer con ellos.
Por eso, en muchos países, surgió una nueva industria alrededor de lo que antes era una escena privada: empresas que organizan herencias, que vacían casas, que clasifican objetos, que montan ventas de todo lo acumulado en una vida. La herencia dejó de ser solo un gesto simbólico y se volvió también un problema de gestión. Alguien tiene que ordenar, vender, donar, descartar. Y hacerlo, muchas veces, en medio del duelo.
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Entre todos esos objetos, los libros ocupan un lugar especial. No son muebles ni ropa. Tampoco son simples cosas. Pero a diferencia de otros bienes, tienen un valor afectivo altísimo y, salvo excepciones, un valor de mercado bajo. Eso los vuelve difíciles de soltar y difíciles de ubicar.
Muchos hijos y nietos no quieren bibliotecas enteras. Otros no tienen dónde ponerlas. No porque no valoren la lectura, sino porque viven en casas más chicas y porque su vínculo con el texto es otro. Se lee en pantallas, se escucha en audio, se subraya digitalmente. El contenido circula, pero el objeto queda.
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La paradoja es evidente: nunca se accedió a tantos textos como ahora y, sin embargo, nunca fue tan problemático heredar libros. La biblioteca, que durante décadas fue herramienta y promesa, empieza a convertirse en pregunta.
Al mismo tiempo, ocurre algo curioso. Mientras miles de bibliotecas heredadas buscan destino, reaparece la biblioteca como objeto estético. Estanterías chicas, pocos libros visibles, libros elegidos por color o tamaño. Bibliotecas que no están hechas para crecer, sino para mostrar. El capital simbólico ya no se vive: se escenifica.
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Durante siglos, la alfabetización estuvo asociada a leer y escribir en papel. La imprenta organizó no solo la cultura, sino también las casas: escritorios, bibliotecas, estantes. Hoy, cuando ser alfabeto implica también manejar códigos digitales, plataformas y pantallas, esa organización empieza a desarmarse. Las casas nuevas lo muestran: menos bibliotecas, más dispositivos.
La gran transferencia que viene no es solo económica. Es cultural. Y nos obliga a decidir qué hacemos con los objetos que nos dieron identidad durante décadas.
Hay una escena que marcó la historia de la humanidad. Una monja subió a la torre del convento a buscar a San Agustín para la cena, y lo encontró frente a un enorme libro pasando los ojos de izquierda a derecha. Fue el primer registro de un hombre leyendo en voz baja. La aparición de la imprenta dio origen a una era en la que leer y escribir dejó de ser el privilegio de unos pocos y se convirtió en una de las características centrales de la humanidad. A las puertas de una nueva era, la última generación marcada enteramente por la lecto escritura en soporte papel se prepara para transferir sus memorias como cimiento de la nueva época.
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