
Como todos los días, a media mañana llegó el chofer Eudosio Giffi a Brasil 1039, en el barrio de Constitución, a una modesta casa de altos que Hipólito Yrigoyen alquilaba desde antes de que fuera presidente por primera vez en 1916. Allí vivía con su inseparable hija Elena.
Tal como ocurría todas las mañanas, salía alrededor de las once, se sentaba atrás y enfilaba hacia la Casa Rosada.
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No la tenía sencilla el anciano presidente. En las elecciones del 1° de abril de 1928 se había impuesto en el colegio electoral con 245 votos contra 74 de la oposición. El resultado le aseguró la mayoría en la cámara de diputados pero en el senado la situación era la opuesta, donde solo contaba con ocho radicales contra 19 de la oposición.

Para fines de 1929, la economía sufría los coletazos de la gran depresión, la cámara alta no había aprobado el presupuesto para el año 1930, la oposición estaba más virulenta que nunca e insistía en el juicio político y hasta los universitarios se hicieron notar con tomas de facultades.
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En sus dos períodos presidenciales, fue un piloto de tormentas. En el primero debió lidiar con el cierre de los mercados internacionales producto de la Primera Guerra Mundial y en el segundo, con el crack económico de 1929.
Era blanco de una campaña de sus detractores que machacaban que ya era demasiado anciano para gobernar, que estaba senil, que divagaba y que la corte de obsecuentes que lo rodeaban no le dejaban ver la realidad.
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Todos los días Yrigoyen, de entonces 78 años, respetaba la rutina y siempre el frente de su casa ofrecía el mismo panorama: mucha gente esperando que saliera para pedirle trabajo, la agilización de un trámite, una ayuda o simplemente verlo. La custodia policial se dedicaba a hacerle un pasillo hasta el vehículo.
Un agente de policía montado en una motocicleta le avisaba a su compañero, a una cuadra de distancia, que el presidente estaba por partir, y ese compañero hacía lo propio con otro y así, mediante una cadena humana, en gobierno sabía que Yrigoyen iba en camino.
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Ese martes 24 de diciembre de 1929 lo acompañaban el médico Osvaldo Meabe y el comisario Piccia Bonelli, en calidad de custodia, quien se ubicó en el asiento delantero. Un policía cortó el tránsito de autos y tranvías para el automóvil pudiera partir sin problemas.
Seguido por otro de custodia donde iban tres policías, el vehículo -que por precaución no lleva identificación oficial- enfiló para el lado de San Telmo, cruzó Bernardo de Irigoyen y enseguida distinguieron a Carlos María Sicilia, policía de investigaciones de la capital federal, que permanecía en la esquina.
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Justo en el número 924 de la calle Brasil, donde estaba el Hotel Tigre, salió un individuo, sin sombrero y con el pelo revuelto. Sacó de sus ropas un revólver Iver Johnson calibre 32 corto y efectuó dos disparos al auto. El chofer, rápido de reflejos, atinó a hacer un par de zigzag hasta que Yrigoyen le ordenó frenar. El presidente preguntó qué eran esos ruidos. “Son tiros, señor presidente”, contestó Meabe.
El atacante se acercó y disparó tres veces más; un proyectil perforó la ventanilla y dos dieron en la puerta.
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Piccia Bonelli fue herido de un disparo en el abdomen y el agente Sicilia, que se acercó corriendo, recibió un tiro en un pie.
El agresor fue perseguido por la custodia que iba en el otro auto, y lo terminaron abatiendo de cinco tiros en la misma cuadra, frente al 912 de Brasil. Enseguida llegó Pedro Bruno, subcomisario de la 16ª, donde fue llevado el cuerpo.
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Hasta allí se acercó Yrigoyen, quien se quedó un rato junto al cuerpo de quien había querido matarlo, sin entender las motivaciones que lo habían llevado a proceder de esa manera. Luego volvió a su casa a tranquilizar a su familia porque la noticia había corrido como reguero de pólvora, y después del mediodía se dirigió a gobierno. Antes pasó por el hospital para visitar a sus custodios heridos.
El agresor se llamaba Gualterio Marinelli, de 44 años, un italiano llegado al país por 1905, que trabajaba en un taller dental en Brasil 811. La policía averiguó que tenía un pasado anarquista, pero que ya no frecuentaba esos círculos.
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El haberlo acribillado y no apresarlo con vida, impidió conocer sus motivaciones. Incluso la oposición conjeturó que el verdadero agresor había escapado y que la policía se había confundido de hombre, que Marinelli había amagado a acercarse al auto con el propósito de acercarle una carta firmada por el personal de un hospital donde había estado internado y donde un médico había sido despedido sin causa. Esa carta nunca se encontró.
Dos días después, a pedido del juez, el presidente presentó un escrito con el relato de los hechos.
Antes que Yrigoyen, habían sido blanco de atentados los presidentes Sarmiento, Roca, Quintana, Figueroa Alcorta y De la Plaza. El único que había resultado herido había sido Roca, de un piedrazo en la frente. Hay un cuadro exhibido en el Salón de los Pasos Perdidos que lo muestra con una venda sobre su cabeza, ya que cuando ocurrió el hecho se dirigía a pie al Congreso a leer el mensaje ante la asamblea legislativa.
Cuando la policía allanó el taller del fallecido, comprobaron que lo había vendido y hallaron un testamento donde le dejaba todo a su compañera. El magistrado interviniente dictaminó que Marinelli había actuado solo, que días antes había adquirido el arma, con la que había practicado, y que por días se lo había visto rondar el domicilio presidencial. Fue enterrado en la Chacarita.
Cuando el presidente llegó a gobierno, la gente que se enteró de lo que había ocurrido, fue a Plaza de Mayo y cantó el himno. Salió a saludar, acompañado de su ministro de relaciones exteriores, Horacio Oyhanarte.

Quienes estuvieron con él, lo vieron triste y apesadumbrado, y así al anochecer partió a su domicilio a recibir, casi en soledad, la Navidad. La última como presidente.
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