
Un periodista definió a Jorge Newbery como alguien que hacía doler las retinas con las sorpresas de sus hazañas en el aire y en la práctica de cualquier deporte. Porque hacía de todo: boxeo, esgrima, remo, rugby, fútbol, automovilismo, atletismo, pero, por sobre todo, lo había encandilado algo más peligroso: volar.
Nació el 29 de mayo de 1875 en la Ciudad de Buenos Aires, y cuando terminó sus estudios secundarios en la escuela escocesa San Andrés de Olivos, estudió ingeniería en la Universidad de Cornell, especializándose en ingeniería eléctrica en el Drexel Institute de Filadelfia, donde fue discípulo de Thomas Alva Edison.
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Su papá Ralph, un dentista neoyorquino que se había establecido en la Argentina en 1872, tenía consultorio sobre la calle Florida, y moriría de pulmonía en Tierra del Fuego, en 1906.

A Jorge lo nombraron a cargo de la “Compañía Luz y Tracción del Río de la Plata” y en 1897 ingresó en la Armada Argentina como ingeniero electricista y profesor de natación en la Escuela Naval. Allí tomó conciencia de que muchos marineros no sabían nadar.
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En 1900 renunció a la Armada, con el grado de capitán de fragata, para asumir como director general de Instalaciones Eléctricas, Mecánicas y Alumbrado de la Municipalidad de Buenos Aires, cargo que mantendría hasta su muerte. Además, fue profesor en la escuela técnica que más tarde llevaría el nombre de Otto Krause.
Gracias a su amigo el brasileño Alberto Santos Dumont, que fue quien le transmitió la pasión por el vuelo, empezó a hacerlo en globos, la sensación de esos primeros años del siglo veinte. Y ese hombre de sonrisa amplia y franca, que sería bautizado con el apodo de “señor coraje”, protagonizaría momentos realmente memorables.
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En la mañana de ese miércoles 25 de diciembre de 1907 todo era expectativa y entusiasmo en el campo de la Sociedad Sportiva Argentina, actualmente Campo Argentino de Polo. La gran atracción era un globo de 1200 metros cúbicos, hecho de algodón, que el millonario Aarón Félix Martín de Anchorena Castellanos, de 30 años, había comprado en Francia. Se proponía la locura de cruzar el Río de la Plata.
Su papá Nicolás Hugo Anchorena Arana había fallecido en 1884 y la fortuna familiar era inteligentemente administrada por su madre María Mercedes Castellanos de la Iglesia, quien se oponía a que su hijo volase. Le dijo que si dejaba de lado ese loco berretín, le regalaría una estancia.
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Él, que ya había volado en Francia, donde había sido funcionario diplomático en la representación argentina, le tomó la palabra. Ese sería su último viaje. El francés que lo acompañaría le explicaba con papel y lápiz que el gas con que se estaba inflando el globo, el usado para el alumbrado público, no servía y que en esas condiciones, no se subiría.

Aarón preguntó, a viva voz, si alguien deseaba acompañarlo en el globo “Pampero”. Alguien aceptó: Jorge Newbery, entonces de 32 años.
Eran las 12:45 cuando los dos hombres, ubicados en la canasta del globo, dieron la orden de soltar las sogas. El globo comenzó a elevarse y gracias al viento que soplaba a veinte kilómetros del sudoeste encaró hacia Uruguay. Por precaución, una lancha seguía el trayecto.
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El globo llegó a los tres mil metros. Aún estaban en el medio del río cuando se percataron que perdían altura. Comenzaron tirando las bolsas de lastre y los efectos personales. Como no alcanzó se arrojaron las anclas, las sogas y hasta el instrumental. Pero no hubo caso. Les quedaba un último recurso: se desprendieron de la canasta donde viajaban y se colgaron de la red del globo. Estaban casi al ras del río.

Así llegaron a tierra uruguaya, en un campo de la estancia Bell, cercano a Conchillas, al oeste del departamento de Colonia. Tamaña sorpresa se llevaron los pobladores que vieron que de un globo que perdía altura, colgaban dos hombres que movían frenéticamente sus piernas para amortiguar el aterrizaje.
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Para Aarón de Anchorena, fiel a la promesa que le había hecho a su madre, fue el final de su carrera en el aire, a pesar de que sería uno de los fundadores del Aero Club, conformado entonces por 41 socios. A esa entidad cedió el “Pampero”. En cambio, para Newbery fue el inicio de años de conquistar los cielos. A esa altura era un verdadero ídolo popular. En 1909 batió el récord sudamericano de distancia y suspensión a bordo del globo Huracán, partiendo del barrio Belgrano de Buenos Aires hasta la ciudad brasileña de Bagé y el 5 de noviembre de 1912 llegó a los 5.100 metros a bordo del globo Buenos Aires. También tenía el récord de haber volado 550 kilómetros en 13 horas.
Como con el “Huracán” recorría los cielos del país, en julio de 1910, un club de fútbol había decidido usar una camiseta blanca con el distintivo del globo en cuestión. Antes le pidieron permiso a Newbery, quien aceptó gustoso y fue nombrado miembro honorario del Club Atlético Huracán.
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El globo “Pampero”, con el que había cruzado el Río de la Plata, tuvo un triste y misterioso final. Eduardo, el hermano de Jorge Newbery, se propuso unir Buenos Aires y Mendoza. Este odontólogo de 30 años estaba casado con Ana Cristina Maranesi, y tenían dos hijos. Como su hermano, era un fanático de los deportes y fue uno de los fundadores del Club Náutico Belgrano.

Eduardo Newbery iría acompañado por su amigo Thomas Walter Owen, el primer traductor al inglés del Martín Fierro, y con la intención de dejar una marca en los arriesgados vuelos en globo, hacerlo de noche. Sería el décimo viaje del “Pampero”.
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Como Owen no llegó, quiso ir solo. Hasta el sargento Eduardo Romero, que había llevado la canasta con palomas mensajeras, se ofreció. Cerca de las 18 horas del sábado 17 de octubre de 1908 partieron de la quinta Villa Ombúes, en el barrio de Belgrano, una espléndida quinta del empresario Ernesto Tornquist, (en las calles Luis María Campos y Olleros), de donde salieron otros vuelos, aprovechando la cercanía de la usina de gas, imprescindible para elevar el globo. El palacio que dominaba la zona fue demolido en la década de 1970 y actualmente el predio está ocupado por la embajada de Alemania.
Romero revistaba en la Estación Central de Palomas -que se encontraba sobre Cabildo donde tiempo después funcionó la Escuela Superior Técnica del Ejército- y era habitual que esta dependencia proveyera de estos animales en los vuelos organizados por el Aero Club, así los tripulantes no perdían la comunicación con tierra.
Se congregó mucha gente en el predio y su hermano Jorge lo fue a despedir, vestido de frac y galera porque esa noche sus amigos le habían preparado una despedida de soltero en el Jockey Club. Se casaría con Sara Escalante, de 19 años, el 23 de noviembre.
A las 17:30 el globo, de 1200 metros cúbicos de capacidad, soltó amarras. Se había planeado un descenso en la pampa central.
Lo último que les quedó grabado a los que presenciaron el ascenso fue el sonido de la corneta con pera de goma que Eduardo acostumbraba a hacer sonar.
Una hora después, lo vieron por Villa Devoto. A partir de ahí, las opiniones se dividen. Unos aseguraron que el globo tomó rumbo noroeste hacia la provincia de Córdoba y otros que se dirigió hacia el sudeste, con dirección a la bahía de Samborombón, que se los vio cerca de las nueve de la noche por Bahía Blanca y que continuaron rumbo sur siguiendo la costa.
Fue una noche sin luna y por datos del servicio meteorológico, después de las 22 horas arreciaron vientos huracanados desde el noroeste. Newbery y algunos socios del Aero Club, luego de hacer algunos cálculos, temieron lo peor: que los vientos hayan llevado al globo mar adentro.
Solo regresó a Río Santiago una paloma mensajera, y se encontraron restos de un salvavidas en Flores.
Ese fue el inicio del misterio y los familiares, desesperados por la falta de noticias, comenzaron a recibir las más disímiles versiones. Que indígenas que tenían sus tolderías en los alrededores de Toay, en La Pampa, lo habían visto precipitarse a tierra; que en Montevideo aparecieron vestigios o que pasaron por Sierra de la Ventana.
Jorge Newbery lamentó mucho la pérdida de su hermano, a quien admiraba, y ambos tenían el mismo espíritu de competencia y de alcanzar récords. En su memoria, construyó un globo gigantesco, de 2200 metros cúbicos, al que bautizó “Eduardo Newbery”.
En tres años había hecho 40 ascensiones y a todos los que pretendían pilotear aviones, les recomendaba que primero lo hicieran en globo. Luego de su trágica muerte en Los Tamarindos el 1 de marzo de 1914 a los 38 años, este globo fue usado el 24 de junio de 1916 por Ángel María Zuloaga y Eduardo Bradley para cruzar la cordillera desde Chile a Argentina, otra hazaña en los comienzos de la aeronáutica nacional, donde la aventura de volar ofrecía un desafío distinto cada día.
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