
Mañana es 12 de octubre y me gustaría que hiciéramos una tarea: adelantémonos un día y al mismo tiempo retrocedamos 533 años. Son las primeras horas del 12 de octubre pero de 1492, una fecha que resuena como un trueno en la historia humana pero que, en su momento, pasó casi desapercibida entre los vientos del Atlántico y las campanas de las catedrales europeas. Cristóbal Colón, el navegante genovés de ojos soñadores y convicciones férreas, pisa por primera vez tierra firme en lo que él cree que son las Indias Orientales, pero que la posteridad bautizará como América por quien se dio cuenta de que no eran las Indias sino otro lugar en el mundo: Américo Vespucio. “¡Tierra!”, gritan los marineros de la Santa María, la Pinta y la Niña después de 70 días de travesía marcada por motines, dudas y un cielo estrellado que guiaba como un presagio divino.
Ese grito no solo inaugura una era de conquistas y mestizajes, sino que se entreteje con los hilos de un tapiz histórico mucho más vasto: la culminación de la reconquista en España, la expulsión de los judíos que deja un vacío económico y espiritual en la península ibérica, la muerte de Lorenzo el Magnífico en Florencia que marca el ocaso de un Renacimiento radiante y, en Roma, la transición papal de Inocencio VIII a Alejandro VI, un Borgia que encarna las sombras y ambiciones del poder eclesiástico. Los hombres, exhaustos, murmuran plegarias a la Virgen y a los santos patronos.
Colón, financiado por los Reyes Católicos —Isabel de Castilla y Fernando de Aragón— y también por muchos judíos de Sefarad (España), acababa de recibir el visto bueno en Santa Fe, ante las murallas de Granada, recién conquistada el 2 de enero. “Por las presentes os hacemos mercedes y mandamos que vos llaméis y nombréis don Cristóbal Colón, almirante del mar Océano”, rezan las Capitulaciones de Santa Fe firmadas en abril. Pero el viaje no fue solo un cálculo geográfico —Colón erraba en sus mapas, subestimando la circunferencia terrestre— (sí, nadie creía que la tierra era plana, eso lo creen algunos habitantes del siglo XXI; todos sabían que era redonda desde Eratóstenes en el siglo III antes de Cristo). Él mismo escribía en su diario: “Fui el más desechado de cuantos había en la corte”. Sin embargo, la reina Isabel, movida por un “impulso divino”, apostó por él.
Y así, a las 2 de la madrugada del 12, Rodrigo de Triana, vigía de la Pinta, avista una luz. Al amanecer, la Santa María encalla en una isla bahameña que Colón nombra San Salvador. Los taínos, desnudos y pacíficos, los reciben con asombro. Colón, arrodillado, planta la cruz y lee el Requerimiento, reclamando las tierras para la Corona y la Iglesia. Ese gesto, inocente en apariencia, desata siglos de evangelización, oro y sangre.

Mientras Colón plantaba su estandarte en Guanahani, España bullía en transformaciones radicales. Apenas seis meses antes, el 31 de marzo de 1492, en el Alhambra de Granada, Isabel y Fernando firmaban el Edicto de Expulsión de los judíos. “Por cuanto Nosotros hemos tenido por bien que los judíos salgan y no vuelvan más ni sean en nuestros reinos…“, proclamaba el decreto, motivado por el afán de uniformidad religiosa tras la Reconquista. Los judíos sefardíes, pilar de la economía medieval —banqueros, médicos, astrónomos—, tenían hasta el 31 de julio para partir o convertirse.
Cientos de miles eligieron el exilio: a Portugal, Italia, el Imperio Otomano, incluso a las nuevas tierras americanas siglos después. Familias enteras, como la de los Abravanel, cargaban pergaminos y riquezas ocultas en barcos atestados. El impacto fue devastador: la Inquisición, bajo Tomás de Torquemada, fraile de la orden de los padres predicadores, más conocidos como Dominicos; quien había inventado los famosos “autos de fe”, y ahora el éxodo aceleraba la crisis financiera. Ironía del destino: el dinero de los conversos y los prestamistas judíos había financiado, en parte, la expedición de Colón. “Los judíos fueron los que pusieron las bases para el viaje”, escribe el historiador Yitzhak Baer en sus crónicas.
En Sevilla, sinagogas se convertían en iglesias; en Toledo, el rabino Isaac Abravanel suplicaba clemencia al rey Fernando, en vano. Ese vacío no solo era económico —España perdió sabios como Maimónides, precursor de la Ilustración—, sino espiritual: la península, cuna de tres religiones, se volvía monolítica, preparando el terreno para la España imperial, pero también para sus sombras inquisitoriales.

Lejos de la península, en la Toscana, 1492 era año de luto. Lorenzo de Médici, el Magnífico, el mecenas que había convertido la ciudad capital de Florencia en el epicentro del Renacimiento, exhalaba su último aliento el 8 de abril en su villa de Careggi. A los 43 años, consumido por la gota y las intrigas políticas, Lorenzo dejaba un legado de oro y humanismo. “El Estado soy yo”, no decía él —eso era Luis XIV— pero gobernaba Florencia como un príncipe ilustrado, sin corona formal, aunque Florencia era considerada una “república”. Bajo su mecenazgo, Miguel Ángel esculpía el David a los 17 años; Botticelli pintaba El nacimiento de Venus; Pico della Mirandola defendía la cábala en la corte. Florencia era un hervidero de ideas: platonismo, neoplatonismo, humanismo que cuestionaba el teocentrismo medieval.
Lorenzo, poeta él mismo, fue autor del famoso poema: “Il Trionfo di Bacco e Arianna”, que lo había escrito para el carnaval de 1490, en el cual ya se podría entrever la nostalgia de una partida del mundo en los primeros e inmortales versos: “Quant’è bella giovinezza, / che si fugge tuttavia! / Chi vuol esser lieto sia: / di doman non c’è certezza” (“¡Qué bella es la juventud, / que sin embargo huye! / Quien quiera ser feliz, que lo sea: / del mañana no hay certeza”). Y organizaba torneos y simposios donde sabios judíos, cristianos y paganos debatían. Pero su muerte marca el fin de la Edad de Oro. Su hijo Piero “el Infeliz” heredaría un banco en quiebra y una república inestable. Poco después, el fraile Girolamo Savonarola, con sus hogueras de vanidades, purgaría la ciudad de lujos renacentistas. “Lorenzo el Magnífico fue el sol que iluminó Italia; su ocaso trajo nubes”, evocaba Maquiavelo en sus memorias.
En ese 1492, mientras Colón navegaba, Florencia lloraba a su padre espiritual, y el Renacimiento, aún vigoroso, sentía el primer escalofrío de la Reforma. Y Roma, la ciudad eterna, veía transiciones papales que olían a azufre. Inocencio VIII, el papa cínico que había autorizado la Inquisición española y bendecido la esclavitud de infieles en la bula Romanus Pontifex de 1455, agonizaba el 25 de julio. Su pontificado, de 1484 a 1492, fue un compendio de nepotismo: once hijos ilegítimos, alianzas con los Médici y una corte decadente. “El papa que vendió indulgencias como pan caliente”, ironizaban cronistas. Su muerte abrió la puerta a un cónclave caótico.
El 11 de agosto, Rodrigo Borgia, cardenal valenciano de 61 años, compraba votos con oro y promesas. Elegido como Alejandro VI, inauguraba la era de los Borgia: ambición desmedida, envenenamientos, incesto familiar. Cesare y Lucrecia, sus hijos, serían protagonistas de dramas shakesperianos. Alejandro VI, en su primera bula, legitimaba los hijos bastardos y preparaba el “Inter caetera” de 1493, dividiendo el Nuevo Mundo entre España y Portugal, la cual respondía a las disputas territoriales tras el viaje de Colón. Otorgaba a los Reyes Católicos de España el dominio sobre las tierras descubiertas y por descubrir al oeste de una línea imaginaria trazada a 100 leguas al oeste de las islas Azores y Cabo Verde, desde el Polo Norte al Sur. Portugal recibía derechos sobre las tierras al este de esa meridiana.
El objetivo era promover la evangelización católica, evitar conflictos entre potencias ibéricas y legitimar la expansión colonial. Esta división papal influyó en el Tratado de Tordesillas (1494), que ajustó la línea a 370 leguas, concediendo a Portugal parte de Brasil. La bula simbolizaba el intervencionismo papal en asuntos seculares, fusionando fe y geopolítica en la era de los descubrimientos. Este papa será llamado: “El diablo en tiara”, por el reformador Savonarola, quien será quemado en 1498. Pero en octubre de 1492, mientras Colón regresaba triunfante, Alejandro consolidaba su poder, ignorando que su papado —hasta 1503— sembraría las semillas de la corrupción que Lutero explotaría en 1517. Pero en esos años Martín Lutero tenía 9 y Erasmo, 25.

En este mosaico de eventos, el 12 de octubre adquiere una dimensión mística que trasciende lo profano. La fiesta de la Virgen del Pilar, arraigada en la leyenda apostólica, recuerda la aparición de María a Santiago el Mayor en Zaragoza. El apóstol, desanimado por la tibieza de su predicación en Hispania, recibe el consuelo de la Madre de Dios sobre un pilar —símbolo de la Iglesia inquebrantable—. La tradición data del siglo XII y hoy, la basílica del Pilar es faro de la hispanidad: patrona de Aragón y de todos los hispanoamericanos (no es la patrona del reino de España, como erróneamente se cree, la patrona de España es la Inmaculada Concepción). Colón, devoto mariano, invocó a la Virgen en su travesía; al regresar, donó joyas taínas a la Virgen de Guadalupe en Extremadura. Así, el “descubrimiento” se tiñe de providencia. Teólogos como Bartolomé de las Casas lo defenderían; otros, como los indígenas oprimidos, lo verían como invasión. Pero la fe pilarina une: en 2025, muchos peregrinarán a Zaragoza rezando por la unidad en un mundo fragmentado.
Pero este 12 de octubre de 2025 encuentra a los fieles católicos con dos novedades: es un año jubilar ordinario y será la primera celebración universal de San Carlo Acutis, el “santo influencer” canonizado el 7 de septiembre por el papa León XVI, en la cual fue su primera canonización. Fijada su memoria litúrgica en esta fecha, Acutis —muerto a los 15 años en 2006 por leucemia— une el Renacimiento de Colón con la era digital.
Niño nacido en Londres, creó sitios web en internet para evangelizar. En un mundo de redes y algoritmos, Acutis navega como Colón: explorando horizontes invisibles, llevando la fe a lo desconocido. Y, como el Pilar, su intercesión protege a los vulnerables —jóvenes ante la pantalla, como indígenas ante el invasor.
Este tríptico, descubrimiento, Virgen y santo millenial, nos invita a reflexionar: la fe no es estática. De 1492 al 2025, octubre 12 es un llamado a la misión. Colón abrió rutas; el Pilar sostuvo apóstoles; Acutis hackea el ciberespacio para los creyentes. En Zaragoza, misas del Pilar resonarán con oraciones a Carlo; en América, procesiones honrarán el mestizaje espiritual. Que este día nos impulse a descubrir, proteger y conectar, tejiendo un mundo donde la fe una, no divida; donde no se tenga miedo al otro ni se denoste al que piensa o se ve de manera distinta a la nuestra sino, por el contrario, donde las diferencias se vean como una oportunidad de crecimiento mutuo.
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