
—Me fui antes de que ella me dejara —me dijo mi amigo. Y se quedó callado, con un nudo en la garganta como si acabara de confesarse.
—¿Cómo que la dejaste? ¿Si semanas atrás me contaste que creías que por fin ella era lo que esperaste tanto tiempo? ¿Qué pasó?
—No pasó nada. Solo sentí que me estaba enamorando tanto que no hubiera soportado el dolor de verla irse. Ya lo viví, así que preferí ser yo el de la iniciativa. Al menos así, el dolor lo manejo yo.
Escuchar eso, así de crudo, así de contradictorio me llevó a preguntarme: ¿Cuántos hacemos lo mismo, sin admitirlo? ¿Cuántos nos vamos “preventivamente” antes de que nos dejen? ¿Cuántos provocamos un final por miedo a ser actores pasivos, o a confirmar nuestro sentimiento de que somos poco valiosos y que por eso nos dejan?
Nos pasamos la vida evitando el dolor. Lo esquivamos como si fuera una enfermedad contagiosa. Nos anticipamos a los posibles rechazos, a los abandonos, a los quiebres y preferimos el vacío autoinducido antes que el sufrimiento inesperado. Como si doliera menos si lo decidimos nosotros.
Pero, ¿duele menos? ¿O simplemente duele distinto? ¿De verdad es más llevadero renunciar a algo hermoso por miedo a perderlo? ¿O es, en el fondo, otra manifestación de nuestro terror a equivocarnos, o también a sentirnos poco valiosos? Y qué es lo que más nos duele: ¿el abandono real o la posibilidad de no haberlo podido evitar?
En la historia de mi amigo —una historia que podría ser la de muchos—, no hubo crisis, ni traición, ni desencanto. Solo la sospecha, el terror a que un día ella se “diera cuenta”, se hartara, se cansara, eligiera a otro. Y entonces él eligió lo único que podía controlar: irse antes.
¿Es esa huida una forma de orgullo o una forma de miedo? ¿Y cuánto estamos perdiendo por mantenernos siempre un paso antes del dolor?
Vivimos muchas veces desde el pasado, sin saberlo. Creemos que estamos eligiendo, cuando en realidad estamos repitiendo. Como escribió Jung: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida, y tú lo llamarás destino”. Mi amigo se fue porque, en algún momento de su historia, alguien lo dejó. Y el miedo de volver a vivirlo fue más fuerte que el deseo de quedarse.
En lugar de mirar a su pareja, vio a su fantasma. Y eso nos pasa más de lo que reconocemos: vemos en los ojos del otro el reflejo de heridas antiguas. Nos relacionamos no desde el presente, sino desde el trauma. Y ahí es donde el amor tropieza, no por falta de sentimiento, sino por exceso de defensa.
¿Tiene sentido vivir así, con la guardia siempre alta? ¿Evitar el amor para no revivir el abandono? ¿Blindarnos al punto de que nada nos atraviese, ni siquiera lo bueno?
Porque no es solo lo que evitamos: es lo que perdemos por evitar: la posibilidad de construir algo nuevo, algo que no repita lo anterior. Perdemos la experiencia de entregarnos con conciencia. Perdemos lo único que hace que valga la pena exponerse: la profundidad del vínculo.
Y al final, quien más sufre no es el que se queda, sino el que se va por miedo. Quien se queda, al menos estaba dispuesto a amar sin garantías, pero si huimos, quedamos atrapados en la cárcel más dura: la que nosotros mismos construimos con los escombros del pasado.
Y encima, tendremos que vivir con la duda: ¿y si era ella?, ¿y si esta vez sí? Protegernos es una cosa, y no querer exponernos al dolor es algo que termina produciendo más dolor que el que pretende evitar.
Tal vez deberíamos empezar a preguntarnos es de qué nos escapamos. A qué dolor le tenemos tanto miedo. Tomar consciencia de que quizás el verdadero coraje no sea irnos, sino quedarnos.
No podemos vivir escapándonos del sufrimiento potencial, sin provocar más dolor que el que queremos evitar. Después de todo, amar es un acto de fe, porque vivir es un acto de fe.
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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