
Se negaba a usar bastón blanco, como si negar su ceguera le permitiera ver algo. Tardó doce años en aceptar algo tan contundente como el hecho de haberse quedado ciego. Doce años.
Le dicen Kaki, pero su nombre es Roberto, y lleva más de un cuarto de siglo viviendo en la oscuridad. Se autodefine como ciego, loco, feliz. Dice que aprendió a ver de otra manera.
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Antes su vida era pura velocidad. Fue campeón de nacional de automovilismo, un sueño que tenía desde la infancia y pudo cumplir a fuerza de riesgo, adrenalina y amor por los motores. El automovilismo era su vida hasta que en un instante todo cambió. Un tiroteo callejero, quince perdigones en los ojos, quince esquirlas alojadas en la cabeza, y la ceguera, esa compañera inesperada.
En los primeros días, aún con parches en los ojos, no imaginaba la magnitud del golpe, si hasta pretendía correr la última carrera del año. Soñaba con un regreso triunfal. Recorrió médicos y tratamientos buscando una esperanza, pero la realidad se fue imponiendo en forma brutal.
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Durante doce años evitó el bastón porque no se sentía un ciego. Estaba convencido de que recuperaría la vista. Doce años en los que dependía de los demás para hacer cualquier cosa, por más pequeña que fuera. Hasta que un día algo hizo clic adentro suyo. Pensó: “No quiero depender más de nadie, quiero poder ser yo mismo, aceptarme tal cual soy”.
Esa misma noche empezó a salir a caminar solo, para que nadie lo viera. Se golpeaba contra árboles, aires acondicionados bajos, carteles. Se tropezaba con veredas rotas, bolsas de basura. Volvía a casa llorando, frustrado, convencido de que no podría. Pero algo adentro suyo, también empezaba a fortalecerse. “Saliste campeón del automovilismo —se repetía—. Ahora te toca ser campeón de la vida”.
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Y así fue. Aprendió a vivir solo, a cocinar, a lavar su ropa, a tomar un ómnibus. Se tiró en paracaídas, volvió a subirse a un auto de carrera, fue padre. Aunque no pudo ver la carita de su hija al nacer, aprendió a conocerla a través del tacto, la voz, la presencia. Cuando ella cumplió cuatro años, lo guiaba por las calles con naturalidad y ternura. Sus ojos se convirtieron en su nuevo horizonte.
Hoy Roberto dice estar enamorado de todo lo que logró siendo ciego. Se emociona con la amabilidad de los desconocidos, descubre la belleza en la esencia de las personas, valora la vida en su forma más simple. La ceguera, paradójicamente, le permitió una nueva forma de ver.
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Antes —confiesa—, lo preocupaban estupideces. La imagen, la estética, las apariencias. Hoy, en cambio, percibe lo que los ojos muchas veces no alcanzan a ver: la bondad, la intención, la nobleza.
El día que aceptó el bastón no fue el día en que se rindió: fue el día en que empezó a caminar de nuevo, esta vez hacia sí mismo.
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Su historia no es la de alguien que perdió la vista, sino la de alguien que eligió no perderse a sí mismo. Porque un día, después de años de negación, finalmente decidió abrazar lo que era, con todo el dolor y toda la dignidad que eso implicaba.
Con frecuencia, lo que más tememos enfrentar es justamente lo que nos libera.
¿Y vos? ¿Cuáles son esas cosas que negás y que te tienen paralizado, impidiendo tu libertad y tu transformación?
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. Podés ver la entrevista en: https://youtu.be/yiPM5PWXLJg?si=br-GJ4IuoUbVtYHJ
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