
“Despedite de ese Emiliano porque no vuelve más”, le dijo la neuróloga. Él se quedó mudo y sintió que el piso se le abría bajo sus pies. El diagnóstico no estaba ni en sus peores pesadillas.
Venía notando algunas cosas raras. La mano a veces no respondía como antes. Al pegarle a la pelota de fútbol se le iba para cualquier lado. De vez en cuando se trababa al caminar o podía tener un temblor sutil al que no le daba mayor atención. Pero en su cabeza todo tenía una explicación lógica: el estrés, el ritmo de vida, los problemas cotidianos.
¿Cómo iba a sospechar algo más? “Pensé que era cansancio -me cuenta-, o una contractura. Ni se me cruzaba por la cabeza una enfermedad neurológica”. Hasta que llegó esa frase, esa certeza brutal. “Ese Emiliano no vuelve más”. Y con ella, la dolorosa convicción de una despedida no hecha. Y que ni siquiera tenía ganas de hacer.
“Quise contradecir a esa médica bestial, porque ese Emiliano que no volvería más a mí me gustaba. Me gustaba la vida que tenía hasta ese diagnóstico. ¿Y esta mujer me decía sin filtro que me despidiera de mi vida previa porque no existía más? Fue como un velorio a cajón cerrado”.
Por un tiempo, cargó con ese dolor. El de la pérdida de una versión de sí mismo que no alcanzó a abrazar, a disfrutar lo suficiente mientras la tenía. Pero con los meses y con los días difíciles, con el cuerpo que ya no respondía igual, con la mirada de otros que empezaba a cambiar, fue apareciendo otra cosa: una nueva forma de estar en el mundo.

Dice que aquel Emiliano, el de antes, también era poco serio, poco confiable. Era más político, más pendiente de quedar bien, de mantener contactos “por si acaso”. Que se hacía preocupaba por todo. Que opinaba, juzgaba, sacaba conclusiones apresuradas. Y que no siempre se ponía en el lugar del otro.
“Hoy me importa menos la mirada de los otros. Me volví más sincero conmigo mismo, más transparente, y en algún sentido, más ligero de equipaje. Antes tenía pánico a la muerte. Hoy no, porque entendí que se vive mejor cuando uno se rinde un poco, cuando suelta, cuando deja de pelear con la realidad".
Entendió que ese miedo anticipado a lo que quizás nunca pasa es una trampa. “Antes me mortificaba por cosas que no ocurrían. Hoy, cada vez menos”.
Después del diagnóstico hizo algo inesperado: reunió a sus amigos y les pidió que organizaran un asado. En medio de la comida, tiró la bomba. “Tengo Parkinson” y se fue. “A la noche me escribieron: ‘desgraciado, ¿qué hacemos con esto?’ Y me dijeron: ‘Vamos a estar’. Y estuvieron". Pese a sus miedos, cuando lo contó en el trabajo no lo echaron. Al revés, lo ayudaron y le ofrecieron más cosas que le interesaran.
“Me animé a contarlo, a decirlo como era. Y encontré del otro lado algo que no esperaba: respeto, apoyo. Me sentí acompañado”.
Dice que hoy no es el mismo, pero que está mejor. Que internamente está más en paz. Que se enoja menos. Que pudo, incluso, reconciliarse con su historia. Que aquel Emiliano, el de antes, el que se fue para no volver, quizá no hubiera reconocido el valor de su exesposa, de su familia, de los vínculos.
“Hoy puedo agradecer. Enaltecer. Reconocer. Mis hijos son sanos, y eso me llena de orgullo. No estoy enamorado, pero la quiero. Y sé que seguimos siendo familia”. “No elegí tener Parkinson. Pero sí elijo cómo vivir con él”, me cuenta.
“No me pregunté ‘¿por qué a mí?’ Me pregunté: ¿Qué hago con esto que me tocó? Yo decidí enfrentarlo, contarlo, vivirlo con dignidad. Porque esta es mi vida. Y la quiero vivir lo más plenamente posible". Y entonces, una pregunta queda flotando. ¿Con qué actitud enfrentamos los problemas de nuestra vida que no tienen solución?
El artículo está basado en la entrevista a Emiliano Pinzón, que se puede ver: www.youtube.com/juantonelli
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