Pierpaolo Barbieri nació en Caballito en una familia de clase media como muchas otras de ese barrio porteño. Vivió con sus padres y su abuela. “Mi papá vino en los años 60 de Italia. Mi mamá es hija de italianos pero nació acá. Fui a un muy buen colegio. Pero obviamente, como a todas las familias, a nosotros nos pegó mucho el 2001. Creo que fue una crisis fundacional, no solo para mi generación, con el default y la crisis financiera que siguió”, explica en diálogo con la sección La Escalada de Infobae. En el momento de ir a la Universidad, el joven se ganó una beca para estudiar en Harvard. “No la había podido pagar”, asegura.
La crisis del 2001 fue el origen del desconcierto. La bisagra que marcaría su destino. Porque por ese colapso, probablemente no hubiera estudiado Historia y Economía en Harvard. Tampoco se habría convertido, años más tarde, en el fundador de Ualá, una de las fintech más influyentes de la región.
Pero para llegar a eso, primero hubo que salir de Caballito.
—Yo quería estudiar cine —admite—. Hasta que llegué a Harvard y todo cambió.
El 2001 como quiebre
El cambio no fue casual. Fue personal. Como si lo que pasó con el país, con su familia, con su generación, exigiera una respuesta. Estudiar Historia no era una elección excéntrica. Era una necesidad. “Realmente quería entender por qué nos pasó lo que nos pasó.”

Y en esa búsqueda se cruzaron disciplinas. Economía, Gobierno, política internacional. Y también el debate. Esa competencia que muchos no conocen, pero que para él fue una escuela de fuego.
—Representé a Argentina en tres mundiales de debate —cuenta—. En Perú, Alemania y Canadá.
En Canadá brilló. Tanto que empezaron a llegar los correos que uno sólo ve en películas: universidades estadounidenses que lo querían, que lo reclutaban como si fuera un Messi académico. Porque allá, el talento se busca, se encuentra y se financia.
—Me dieron una beca. Porque, sin eso, Harvard era impagable —dice, sin rodeos—. No es una universidad accesible para una familia de clase media, ni en el mejor de los casos.
Su paso por Harvard
Harvard fue un pasaje de ida a una mentalidad global. Un idioma distinto. Un entorno donde se hablaba de finanzas, historia económica y desigualdad como si fueran problemas a resolver, no a padecer.

Barbieri no se quedó ahí. Escribió un libro de historia. Trabajó una década en Wall Street, en áreas que analizan países como quien analiza cuerpos: signos vitales, circulación de capitales, posibles infartos macroeconómicos.
—Mi mentor empezaba la clase con un chiste: ‘Hay cuatro tipos de países: los desarrollados, los en vías de desarrollo, Japón, que sin tener nada tiene todo y Argentina, que teniendo todo, no tiene nada.’
Ese sarcasmo le dolía. Le picaba. Lo quemaba por dentro. Porque era verdad.
Y porque él quería volver. “Ualá fue mi ticket de regreso. Porque yo quería volver a mi país. Yo veía una necesidad.” La necesidad era clara: la mitad de los argentinos estaban fuera del sistema financiero. No podían ahorrar, ni acceder a crédito, ni defenderse de la inflación.
—Y si no hay crédito, no hay movilidad social. Los ricos siguen siendo ricos, y los pobres siguen siendo pobres.

El origen de Ualá
Inclusión financiera. Esa era la palabra clave. La causa. La idea que empezó a tomar forma entre 2014 y 2015. En ese momento, Barbieri se dio cuenta de que había tecnología, había talento, pero no había acceso. Y entonces nació Ualá, con una idea simple: que cualquier argentino pudiera tener una tarjeta, una app, una cuenta, sin tener que pisar un banco.
—Cuando lanzamos Ualá, ni siquiera se podía pedir una tarjeta por internet —recuerda—. Era todo presencial. Todo viejo. Todo inaccesible.
Las críticas llegaron rápido. Filosas. Crueles.
—Me decían que era imposible. Que llegábamos tarde. Que no éramos como Mercado Libre. Que no éramos como Nubank —cuenta, con una sonrisa—. A mí esas cosas me dan más ganas.
Nadie lo esperaba. Ni siquiera él.
El emprendedor menos pensado
—Si le preguntabas a mis compañeros de universidad quién iba a emprender, te juro que me votaban último.
Pero emprendió. Y consiguió inversores internacionales, porque nadie en Argentina quería apostar por algo así. Muchos le decían que la idea era buena… pero para Brasil, para México, para otro lugar.

—Y yo decía: ‘Justamente por eso lo hago en Argentina. Porque es acá donde más se necesita.’
Lejos de quedarse en el confort de la crítica, Barbieri construyó. Atrajo talento. Formó equipos. Rompió con la lógica de que todo lo disruptivo tiene que nacer afuera. Pero no fue fácil. Ni glamoroso.
—Un emprendedor de Estados Unidos dijo algo que me marcó: ‘Tenés que amar la idea tanto que puedas bancarte nueve días chotos por cada uno bueno.’
Y eso, dice, es el mantra que lo sostiene hasta hoy. Porque incluso ahora, al volver de la oficina, hay 37 cosas que salieron mal. Pero una idea lo empuja. Y la cree tanto, la ama tanto, que puede con todo eso.
—Estamos recién empezando. Todavía es el primer día. Lo mejor está por venir.
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