
Fernando Triay tiene 28 años y nació en la ciudad patagónica de Puerto Deseado, Santa Cruz, donde los inviernos son crudos y el viento golpea como un látigo que proviene del Atlántico Sur. En este rincón de Santa Cruz, nadie crece ajeno al mar. Y él, que lo sabía muy bien, a los 24 años cambió los apuntes de Educación Física por el control de calidad de langostinos y calamares.
El trabajo consistía en revisar la mercadería, anotar los defectos, sacar fotos, enviar informes a los jefes. En las plantas pesqueras y en los barcos, entre toneladas de mariscos, aprendió a distinguir el buen producto del malo, a notar el color exacto que debía tener un calamar fresco, a encontrar esas fallas invisibles a ojos inexpertos.
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En Puerto Deseado, la pesca no es un oficio, sino una forma de vida. Su padre, embarcado de toda la vida, pasaba semanas en alta mar. Él, en cambio, trabajaba en tierra, en la empresa pesquera. Dos empleos diferentes dentro del mismo mundo.
Cuando ya había acumulado tres años de experiencia en el sector pesquero conoció a un empresario japonés. Un hombre serio, técnico, meticuloso. Viajaba por Argentina inspeccionando productos para compradores extranjeros. Revisaba el pescado con un rigor quirúrgico. No era uno más. Él decidía qué marisco cruzaría el mundo y cuál no valía la pena.
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“Nosotros lo ayudábamos en los controles. Le mostrábamos la mercadería. La relación era estrictamente laboral. Hasta que un día, el japonés hizo una pregunta insólita. ‘¿Conocés a alguien joven que quiera trabajar afuera?’. Y la pregunta quedó flotando en el aire”, recordó Facundo a Infobae, quien explicó que era un propuesta concreta con muchas ventajas y una sola contra: el destino quedaba a 12.500 kilómetros de Puerto Deseado.
La pesquera que buscaba reclutar jóvenes de todo el mundo quedaba en Groenlandia, la isla más grande, fría y deshabitada del mundo, donde solo viven 56.000 personas y su superficie está cubierta por hielo en un 80%. Allí, las temperaturas en invierno pueden descender hasta los -50°C, mientras que en verano rondan los 10°C en las zonas costeras. El día y la noche no siguen un ritmo convencional: en verano, el sol no se pone durante meses en el norte, y en invierno, la oscuridad domina gran parte del día.
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Un compañero suyo fue el primero en morder el anzuelo. Cuando renunció a la empresa en la que trabajaba, el chico viajó a Buenos Aires. Allí volvió a encontrarse con el japonés, quien le recordó la charla. “Le dijo que necesitaba tres jóvenes con experiencia en pesca con ganas de mudarse a Nuuk, su capital”, contó Facundo. La empresa se hacía cargo de todo: pasajes, estadía, comida y traslados.

Así fue como en enero del año pasado Facundo, junto a sus dos amigos, los hermanos Juan Francisco y Juan Diego Saborido, emigraron de la Patagonia seducidos por un salario que era seis veces mayor. “Nos descuentan muy poco por la casa y la comida. Casi todo lo que ganamos lo ahorramos”, afirmó.
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El salario promedio para un trabajador de su categoría es de tres mil dólares netos al mes, luego de los descuentos. “Nos sacan un 42% de impuestos, pero con eso se financia la salud y la educación gratuita. Aun así, nos queda un muy buen ingreso y nos permite tener un estilo de vida que en Puerto Deseado sería imposible”, explicó. “En menos de una semana de trabajo me pude comprar una PlayStation 5“, ejemplificó.
El cambio climático y cultural fue significativo. “Llegamos el 18 de enero del año pasado, justo en pleno invierno. Al bajar del avión lo primero que vimos fue todo blanco, parecía hielo, pero en realidad era nieve”, recordó. Desde entonces, su vida cambió radicalmente, tanto en el trabajo como en su adaptación al extremo clima ártico. “En invierno tenemos apenas dos horas de luz, mientras que en verano hay hasta 22 horas de día. Ahora estamos en transición”, explicó.
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Sobre la vida laboral en Groenlandia, Facundo comentó que en las pesqueras “buscan extranjeros porque son más constantes y comprometidos con el trabajo”, ya que los locales “trabajan solo cuando necesitan dinero y dejan de ir sin previo aviso”.
Si bien Facundo empezó trabajando nueve horas por día, actualmente hace doce horas y en horario nocturnos, donde los salarios son un 25% más altos. Además, en ese turno, están buscando supervisores y está muy entusiasmado con un futuro ascenso.
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A diferencia de lo que ocurría en las pesqueras de su ciudad natal, en Nuuk la industria cuenta con procesos mucho más automatizados. “Recibimos langostinos congelados, los dejamos en agua durante 16 horas, luego se cocinan y se clasifican con máquinas. Casi todo es automatizado”, explicó.
Anteriormente, también trabajó con cangrejos gigantes y caviar, pero actualmente está enfocado exclusivamente en langostinos. “El año pasado matamos cangrejos de hasta 50 centímetros. Se procesaban de manera más artesanal que el langostino”, comentó.
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La adaptación cultural también representó un reto. “Al principio, la barrera del idioma fue difícil. Yo no hablaba inglés, pero mis amigos sí, así que me apoyé en ellos. Después empecé a estudiar”, contó. En la isla, el groenlandés es el idioma oficial, aunque la mayoría de los habitantes también habla danés e inglés.
Respecto a la alimentación, señaló que los groenlandeses consumen otro tipo de carne; no la vacuna. “Cambié el asado por la carne de foca y ballena. La ballena, por ejemplo, no tiene mucho sabor. Le agregan otros ingredientes para darle gusto y se sirve fileteada”, especificó.
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En ese país, la foca es un ingrediente principal del suaasat, su plato nacional, cuya carne se puede preparar cruda, aderezada con aceite de oliva, soja y sal. Con la carne de ballena, en cambio, se elabora el muktuk; un plato tradicional que se sirve con la piel y la grasa de estos animales.

En los supermercados, los productos importados, como la yerba mate, el dulce de leche y los alfajores son difíciles de conseguir y se venden en pequeñas cantidades como artículos exóticos. “Nosotros compramos la yerba en la farmacia, en paquetes de 75 gramos, como si fuera té medicinal”, relató.
En su tiempo libre, Facundo pudo conocer a personas de distintas partes del mundo. “Acá hay daneses, marroquíes, nepalíes, de todo. Es interesante compartir experiencias con gente tan diversa”, dijo sobre la incesante cantidad de extranjeros que día a día llegan para trabajar en la isla. De hecho, en los últimos meses llegaron seis argentinos más oriundos de Mar del Plata, con los que hasta pudieron armar un equipo para jugar al fútbol.
Una de las particularidades de Groenlandia que más le llamó la atención es que es un país sin rutas entre ciudades: “Si querés moverte, necesitás barco o avión”. El principal motivo por el cual Groenlandia no tiene carreteras interurbanas es su geografía extrema. “La mayoría de los asentamientos groenlandeses están ubicados en fiordos y costas rocosas, separados por montañas y glaciares. Estas zonas dificultan la construcción de infraestructuras viales, ya que requerirían un mantenimiento constante debido a la erosión, las nevadas y el derretimiento del hielo en verano”, detalló.

La vegetación también le resultó extraña: “No hay árboles. Solo nieve, mar, fiordos y auroras boreales”. Esto se debe a que Groenlandia es una de las regiones más frías y extremas del planeta, y su paisaje está dominado por hielo, nieve, montañas y tundra, lo que hace imposible el crecimiento de grandes bosques.
Tras un año viviendo y trabajando en Groenlandia, el joven argentino ya tiene una proyección clara sobre su futuro en la isla. Su plan es permanecer en el país entre cinco y diez años, con el objetivo principal de ahorrar dinero para regresar a Argentina con estabilidad económica.
“Acá podés ahorrar muchísimo, cosa que nunca me había pasado antes”, afirmó. Su meta es reunir lo suficiente para comprar una casa y un auto en Puerto Deseado, algo que acá consideraba inalcanzable debido a la situación económica.

Además, Facundo está gestionando la posibilidad de que su madre y su novio se trasladen a Groenlandia para trabajar en la misma industria pesquera. “Están muy entusiasmados y estamos cómo hacer para que pueda venir”, explicó.
Con estabilidad financiera y la posibilidad de progresar dentro de la empresa, el joven considera que Groenlandia es una oportunidad única. “Es un lugar hermoso, con paz y seguridad económica. Si puedo traer a toda mi familia, sería un golazo”, concluyó.
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