
“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno”, dijo el 17 de enero de 1920, el senador republicano Andrew Volstead. Así inauguraba Ley Seca.
La que aparentaba ser una simple enmienda constitucional alentada por los sectores más conservadores y religiosos de los Estados Unidos, logró que se prohibiera el consumo de alcohol en todo el país y se convirtió en un experimento social que generó un caos sin precedentes. Fue la Gran Depresión de 1929 la que marcó el inicio del fin de la Ley Seca: con la nación sumida en una crisis económica sin precedentes, la prohibición de tomar esos brebajes significó un obstáculo para la recuperación necesaria.
La industria de las bebidas alcohólicas representaba una fuente potencial de empleos y de ingresos fiscales a través de los impuestos. El 5 de diciembre de 1933, la prohibición llegó oficialmente a su fin, marcando el fin de una era.

El experimento social
Conocida como la Prohibición, la Ley Seca se extendió entre 1920 y 1933. Buscó erradicar por completo el consumo de alcohol para mejorar la moral y la salud pública. Sin embargo, sus consecuencias fueron mucho más complejas de lo imaginado.
¿Cuál fue el contexto histórico? Durante el siglo XIX, Estados Unidos vivió un crecimiento industrial acelerado, aumentó su número de inmigrantes y tuvo una urbanización masiva. En esas circunstancias, las bebidas alcohólicas se convirtieron en las enemigas impensadas para algunos sectores de la sociedad. Su consumo excesivo era moneda corriente, sobre todo entre los hombres y eso generaba grandes problemas puertas adentro como violencia doméstica, pero también ausentismo laboral y pobreza, según aseguraban quienes ya señalaban al enemigo.
Esos “quienes” fueron las organizaciones religiosas y movimientos sociales puritanos que comenzaron a reclamar una reforma constitucional para terminar con el culpable de los males sociales, el alcohol. En ese contexto, las que se destacaron fueron las integrantes de grupos de mujeres como la Women’s Christian Temperance Union (WCTU) y la Anti-Saloon League, que pregonaban a las bebidas alcohólicas como la raíz de todos esos males sociales.

Estas organizaciones argumentaban que la violencia familiar y la prostitución tenía su origen en el alcohol. Además de proclamar que se moderase el consumo, impulsaron la proclama para prohibir de manera definitiva la producción, venta y distribución de bebidas alcohólicas en todo el país.
Esas ideas del grupos de las Templanzas y de los pastores religiosos lograron el apoyo de algunos intelectuales progresistas y líderes anarquistas, quienes consideraron que beber alcohol en exceso generaba el atraso y la pobreza de los obreros, ya que conspiraba contra la posibilidad de que se organizaran para luchar contra la explotación laboral que padecían.
La prensa de principios del siglo 20, se hizo eco de los casos de violencia doméstica provocados por trabajadores ebrios. La Primera Guerra Mundial fue motivo para que los activistas anti-alcohol organizaran campañas contra las fábricas alemanas de cervezas, afirmando que reducir el consumo de esa bebida era una acto patriótico. En 1917, el Congreso aprobó una resolución que buscaba introducir una enmienda en la Constitución de los Estados Unidos para prohibir toda actividad ligada al alcohol. En enero de 1919, esa enmienda fue ratificada por 36 estados y quedó en condiciones de ser aplicada a nivel nacional. En octubre de ese año se aprobó la ley que implementó la prohibición dictaminada por la Enmienda XVIII.

La Enmienda XVIII
El 17 de enero de 1920, con la aprobación de la Enmienda Constitucional XVIII, el alcohol quedó prohibido en los Estados Unidos. Llegar a eso implicó un recorrido que tomó forma en 1919 y luego de varias décadas en las que los movimientos prohibicionistas buscan esa meta.
Esa Enmienda XVIII de la Constitución de los Estados Unidos prohibía la fabricación, transporte y venta de bebidas alcohólicas, y entró en vigor acompañada por la Ley Volstead, que detallaba cómo debía implementarse esa prohibición.
¿Cuál era la finalidad de esa ley? Creían que reduciendo el consumo de alcohol mejoraría la salud pública y que además mermaría la tasa de criminal y la pobreza en todo el país. Pero, nada salió como lo esperaron y como consecuencias hubo sólo contradicciones: se inició la era de la clandestinidad y esas tasas que buscaban bajar se multiplicaron.

Lejos de erradicar el alcohol, la prohibición lo llevó a la clandestinidad. Los ciudadanos comenzaron a fabricar sus propias bebidas de manera casera. Fueron conocidas como “moonshine”. También comenzaron a consumir alcohol importado de contrabando; surgieron los famosos “speakeasies” o bares ilegales que se reprodujeron en casi todas las ciudades y que, irónicamente, hicieron del consumo de alcohol algo tan arriesgado como atractivo.
El vacío dejado por las industrias legales fue ocupado por el crimen organizado, que controló la producción y distribución de alcohol ilegal. Figuras como Al Capone se convirtieron en emblemas de esta época, amasando fortunas y sembrando violencia en las calles. En lugar de reducir el crimen, la Ley Seca lo intensificó, dando lugar a guerras de pandillas, sobornos a policías y políticos, y un sistema de corrupción generalizado.
Mientras tanto, el gobierno enfrentaba grandes desafíos para hacer cumplir la prohibición. La falta de recursos y personal limitaba la capacidad de las autoridades para controlar el contrabando y cerrar los establecimientos clandestinos. A esto se sumaba una creciente oposición popular, ya que muchas personas consideraban la Ley Seca una intrusión injustificada en sus libertades individuales.

La abolición o Enmienda XXI
El año 1929 fue marcado por la gran crisis financiera mundial que se prolongó durante la década de 1930, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Fue la depresión más larga en el tiempo, de mayor profundidad y que afectó a un mayor número de países durante el siglo XX.
En ese contexto, la sociedad de Estados Unidos estaba sumida por esa crisis económica sin precedentes y la prohibición del alcohol que seguía vigente se tradujo en un escollo para quienes buscaban la manera de recuperarse. Con esa industria frenada, también se frenaban las posibles fuentes de trabajo.
En medio de ese descontento social, en 1932 asoma el candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, Franklin D. Roosevelt, que no dudó en prometer en su campaña que acabaría con la Ley Seca. Claramente, en medio de tanto descontento, esto le aseguró el apoyo de millones de votantes. Luego de ganar las elecciones, el sábado 4 de marzo de 1933, el proceso de abolición de la Enmienda XVIII avanzó rápidamente.
Ese mismo año, el Congreso aprobó la Enmienda XXI, que derogaba la Enmienda XVIII y le regresaba a cada uno de los estados la potestad de regular el consumo de alcohol. El 5 de diciembre de ese año, la prohibición fue oficialmente levantada, marcando el fin de una era.

Lo que dejó la Ley Seca
Esa norma afectó a los Estados Unidos y al mundo. Y dejó algunas “lecciones” que valen la pena revisar: por un lado, demostró que el intento de imponer un cambio de comportamiento a través de la prohibición puede generar efectos totalmente contrarios a los esperados: esa ley no sólo no eliminó el consumo de alcohol sino que generó un contexto del que surgieron las mafias asociadas al contrabando y al crimen organizado.
Entre las figuras de la prohibición, Al Capone (que inspiró un sinfín de películas) y otros gánsteres estadounidenses encabezaron las mafias que ganaron millones de dólares por medio del tráfico y comercialización clandestina de bebidas alcohólicas, llevando sus actividades a casi todo el país. Además, se involucraron en numerosos casos de corrupción, asociados a funcionarios y policías que debían hacer cumplir con la ley seca.
También se incrementó la cantidad de reclusos en las prisiones federales a causa del incremento de delitos y actos de violencia: de 4 mil detenidos subió a 27 mil. Y la fabricación casera de bebidas alcohólicas provocó en algunos casos intoxicaciones y envenenamientos.
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