
Tan impresionado había quedado ese niño de 12 años cuando frente a sus ojos asesinaron a su padre, una víctima más de las luchas entre unitarios y federales, que en algún momento pensó seriamente en seguir la carrera religiosa y alejarse del mundo que lo rodeaba.
Ese salteño nacido el 14 de septiembre de 1850 en San Pedro Nolasco de los Molinos, en los valles Calchaquíes, un poblado fundado en el siglo XVII se llamaba Indalecio Gómez.
Hizo sus primeros estudios en la Escuela de la Patria, de Mariano Cabezón. Fue uno de los que defendió la ciudad cuando las montoneras de Felipe Varela amenazaban arrasar todo y luego viajó a Bolivia donde entró al seminario de Sucre. Pero allí, donde tuvo como maestro a Mamerto Esquiú, comprendió que los hábitos no eran lo suyo y se recibió de abogado. Aún así viajó a Buenos Aires donde también se graduó en jurisprudencia en 1876 y, como la ciudad no lo atrajo, volvió a su Salta natal donde comenzó a ejercer, dio clases en el colegio nacional y se metió en política, y así accedió a una banca de legislador.

Con un futuro económico incierto, apostó a integrar una sociedad dedicada al comercio de mulas y de carne con Perú, donde los animales y las mercaderías debían cruzar el Altiplano y por el camino de la costa llegaba a Lima, para abastecer a aquel país durante la guerra del Pacífico.
En esa ciudad se casó con la jujeña Carmen Rosa de Tezanos Pinto, cuya familia estaba exiliada. Después fue nombrado cónsul argentino en Iquique y los chilenos estuvieron a punto de fusilarlo cuando lo confundieron con un espía, al estallar la guerra del Pacífico. En ese conflicto conocería a un argentino que se había anotado como voluntario en el ejército peruano, el joven Roque Sáenz Peña. Entonces ninguno de los dos imaginó que harían grandes cosas juntos.
De nuevo en su provincia, se dedicó a la política local. Pero sus amigos insistieron que por su inteligencia y formación podría hacer grandes cosas en Buenos Aires. Era un ferviente católico que fue diputado nacional y estuvo relacionado en la organización de la Facultad de Filosofía y Letras y del Museo Etnográfico. Juan Ambrosetti, su primer director, haría los primeros estudios arqueológicos en el campo que Gómez tenía en Salta.
Fue uno de los más entusiastas defensores de la Encíclica Rerum Novarum, que apuntaba a la situación de la clase trabajadora, y fundó la Unión Católica, relacionándose con personalidades de la talla de José Manuel Estrada, Pedro Goyena y Emilio Lamarca.

Estuvo en boca de todos cuando en 1902 desde el escenario del Teatro Victoria, con fundamento y erudición denunció los pactos internacionales que nuestro país había firmado con Chile, remarcando que la Argentina había cedido mucho más que nuestros vecinos. Carlos Pellegrini, que estaba en la audiencia, refutó sus argumentos en la prensa, generándose un interesante contrapunto.
Don Indalecio ganó fama y respeto y enseguida su trayectoria y proceder causó recelos en Julio A. Roca, quien seguía moviendo los hilos de la política. Decidió sacarlo del medio de la forma más sutil posible: lo hizo nombrar ministro plenipotenciario en Alemania, Austria-Hungría y Rusia. Fue a vivir a Berlín donde sintió que ese era su lugar en el mundo, sintiéndose a gusto con la cultura germánica, su sentido de orden y contracción al trabajo. Con el káiser Guillermo II terminaron siendo grandes amigos.

Estando en Europa recibió un telegrama de su viejo amigo Roque Sáenz Peña, que cumplía un destino diplomático en Italia y Suiza. Le decía que había sido electo presidente y que le ofrecía el ministerio del interior. Cuando le preguntaron por qué lo había elegido, expresó: “Nunca lo quiso a Roca”, el que desde 1880 hacía y deshacía en la política local.
No lo dudó, hizo las valijas y regresó a Buenos Aires.
Fue descripto como “el último hidalgo de provincia”, último representante de un grupo de ciudadanos dignos, austeros, republicanos y eficientes.
La ley del voto universal, secreto y obligatorio, el caballito de batalla de Sáenz Peña necesitaba de una mente esclarecida y sólida quien defendiese el proyecto en el Congreso. Para él era “la revolución por los comicios”.
Entraba al recinto, tanto al de diputados como al de senadores, vistiendo levita y corbata ancha de seda, y siempre seguía este ritual: saludaba al presidente del cuerpo con una leve inclinación de cabeza, gesto que luego repetía a cada uno de los lados, donde estaban los legisladores. Luego tomaba asiento y escuchaba, con los ojos cerrados, las críticas de la oposición y orientaba su oreja hacia quien estaba hablando. Solo abría los ojos para responder, para luego volver a cerrarlos. Cierta vez un diputado le marcó que cerraba los ojos y no veía las razones que estaba dando. “Cierro los ojos para verlas mejor”, respondió.
Era imperturbable y decían que antes de ir al recinto, escuchaba misa, para fortalecer su fe en sus argumentos.
Ramón Columba lo describe así: “Es delgado, de cráneo despoblado y pequeños ojos claros y hundidos, que apenas miran desde la profundidad orbitaria, de pómulos hinchados, barba y bigotes cuidados a lo Felipe II, cuya almidonada golilla ha sido reemplazada por un alto cuello palomita que deja avanzar entre sus alas, la proa de una nuez aguda. Su indumento es de elegante dignidad: levita o chaqué oscuros siempre”. Tal vez montado en un caballo y con armadura medieval, a algunos lo relacionaban a Don Quijote, la creación de Miguel de Cervantes Saavedra.
“Sé que estoy en lucha con la rutina y con los intereses que se defienden”, fue lo primero que expresó mirando a la oposición.

Cuando le tocaba exponer, se paraba, inclinaba levemente el cuerpo hacia adelante y hablaba en voz baja, nunca la levantaba, y a veces era dificultoso escuchar a ese brillante orador que esgrimía sólidos argumentos. “El espíritu cívico está muerto, nuestra democracia es nula; el pueblo no vota” y remarcó el descreimiento de la gente porque sabe que sus representantes no fueron elegidos en comicios sanos, “sino por un sistema corrupto y desfigurado”. Sostuvo que tres grandes males padecían el país: “la abstención, el fraude y la venalidad”. Denunció que el pueblo no elegía sino que lo hacía una “máquina” electoral y que el mal que aquejaba al país era la abstención.
En el mismo orden dijo que no se habían formado partidos populares porque no había libertad en los comicios. La batalla que dio en ambas cámaras rindió sus frutos y el 13 de febrero de 1912 fue promulgada la Ley 8.871.
En 1914 fue uno de los que propició la creación de la Liga del Sur, origen del Partido Demócrata Progresista. Su formación y prestigio lo habían colocado en el sitial de candidato a presidente. Pero las críticas a las que quedó expuesto, que se sumó a la muerte de su amigo Roque Sáenz Peña, lo llevaron a dar un paso al costado.
Vivió en Salta y también en Buenos Aires, de donde cuestionó al gobierno de Hipólito Yrigoyen por su ineficiencia administrativa. Murió el 17 de agosto de 1920, antes de cumplir los 70 años.
En la actualidad, su casa natal, muy cerca de la iglesia del pueblo, es un centro de interpretación y un museo que conserva la memoria de aquel último hidalgo sereno e incorruptible que, para exponer sus ideas, no necesitó elevar la voz.
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