
Etiopía es un país con características muy particulares. Por un lado, a diferencia de muchas otras naciones del continente africano que están dominadas por el islamismo, así como en otras rigen parámetros religiosos tribales, en su territorio hay mayoría de cristianos. De hecho, los etíopes se jactan de ser el primer país en convertirse a dicha creencia.
Por otra parte, también a diferencia de muchísimos sitios en África, los etíopes se enorgullecen de no haber sido nunca colonia de un país extranjero -salvo en el breve periodo en que el país fue ocupado por la Italia fascista de Benito Mussolini, entre 1936 y 1941-, y eso se nota al andar por las calles de cualquiera de sus ciudades. El hecho de tener rasgos occidentales, no acarrea ninguna cuenta pendiente ni miradas de resentimiento.
El pico de Etiopía
Partimos temprano a la mañana desde Gondar, una de las principales ciudades etíopes, en una camioneta junto con un chofer y nuestro guía. Avanzamos por una ruta bien asfaltada sin mucho tránsito y un par de horas después de circular por la región de Amhara, llegamos a una zona elevada, en la cual se destaca un sitio protegido. Estamos en el Parque Nacional de Simien, en las montañas del mismo nombre. No muy lejos de acá, está el Ras Dashen, el punto más alto de Etiopia con 4553 metros.

Tras pasar por una población pequeña, entramos al Parque. Primero nos dirigimos al alojamiento en el que vamos a dormir, un sitio diferente. Es el lodge situado a mayor altura en todo el continente. Y los dormitorios son una especie de bungalows de piedra con techo de paja, abastecidos con electricidad por una serie de termotanques solares que están a un lado de las construcciones.
Ya instalados salimos a buscar a la principal atracción del Parque. Si bien hay otros especímenes destacados dentro de la fauna como el lobo etíope o la cabra de Abisinia, ambos endémicos del lugar, el que sobresale es el gelada, también endémico, un primate que puede pesar hasta 20 kilos. Los geladas se mueven en grupos de hasta trescientos individuos, por lo que no tardamos en encontrar a la primera banda.
Vivir con los primates
Dejamos nuestro vehículo a un lado y nos acercamos a ellos con movimientos pausados, con la sensación de estar dentro de una película. Instantes después, estamos rodeados de cientos de ejemplares. Está permitido caminar entre ellos, con la condición de cumplir dos premisas primordiales: moverse con lentitud, como para no asustarlos, y no mirarlos directamente a los ojos, para que no se sientan intimidados. Observo a mi alrededor y me siento uno más de ellos. Se mueven de un lado a otro, muchos de ellos alimentándose de hierbas, en un movimiento en el que escarban con las dos manos. Otros reposan, muchas crías juegan y corren sin esfuerzo.

Hay varios que se están acicalando, es decir uno limpia o acomoda el pelaje de otro. Enfoco mi cámara hacia un ejemplar adulto y lo miro con detenimiento: la cara es oscura, algo alargada y resalta por una especie de cabellera rubia que la envuelve por ambos lados y marca un contraste. El color claro del pelaje se prolonga hacia el resto del cuerpo. Me llama la atención una especie de mancha rojiza que tienen en el pecho, parece como un sello que los diferencia a cada uno de ellos. Nos dijeron que son tranquilos, pero un par de colmillos afilados nos imponen respeto. Apago la cámara y giro la mirada hacia todo lo que me rodea. Me conecto sin intermediarios con la naturaleza.
El despertar de los geladas
Temprano, a la mañana siguiente, volvemos a localizarnos para descubrir un segundo hecho que diferencia a los gelada. Para protegerse de leopardos y hienas, sus depredadores, durante la noche bajan por acantilados casi verticales, acantilados de cientos de metros, y duermen en pequeños huecos o salientes, sitios a los que por supuesto les es imposible llegar a los otros animales.

Nos apostamos enfrente del acantilado y apenas amanece, y el sol empieza a pegar sobre la pendiente empinada, vemos como los geladas empiezan a subir y trepar, como si una alarma les indicara que es momento de comenzar las actividades del día. Grandes, chicos, machos, hembras, adultos, crías, cada uno traza su propio camino hacia lo alto hasta llegar al terreno horizontal en la parte superior.
Nos movilizamos hasta unos miradores buscando despedirnos del lugar. Una increíble vista panorámica se abre ante nuestros ojos, con valles teñidos de verde interrumpidos por interminables cadenas de montañas que parecen dibujadas con un pulso errático.
Estamos en las Simien Mountains. Etiopía nos muestra una de sus joyas ocultas.
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