
Demasiado joven, demasiado rápido, demasiado vivo, murió Diego Rojas, periodista, investigador, animador cultural, tuitero de pluma aguda –su última intervención, ya desde el hospital, fue el 10 de mayo- y militante de Política Obrera. Tenía 47 años.
Hacía meses que venía sufriendo complicaciones fruto de un trasplante de hígado realizado durante la pandemia.
En 2010, tras el asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra, Diego Rojas fue a ver al gremialista José Pedraza y logró una entrevista que, años más tarde, un tribunal usaría para condenarlo como partícipe necesario de ese crimen. Había que tener coraje para hacer y publicar esa conversación, que fue parte de uno de los libros de Rojas, titulado justamente ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, que se publicó en 2011 y sobre el cual también hubo una película que protagonizó Martín Caparrós.
Esa es, quizás, una muestra de coraje y rigor periodístico en un hombre que gustaba de autoparodiarse y que así se definía en Twitter: “Periodista, porque peor es trabajar. Ateísta y trotskista posrevolucionario. Dice no a la cerveza y a los progres. Cree que un Negroni no se le niega a nadie”.
La familia cuenta que desde muy chico, a poco de aprender solo a leer, se llevaba a los rincones el libro de Educación Cívica de la hermana y además leía sobre historia en secreto. Últimamente, ya internado, quiso leer las actas judiciales del caso por el asesinato de León Trotsky, en México. Un grupo de amigos se abocaron a la tarea y ese material está en este momento en viaje hacia la Argentina.
Diego Rojas nació en Buenos Aires en 1977. Hijo de una familia proveniente de Bolivia, vivió en ese país por algunos periodos. Egresado del Colegio Lasalle, estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires pero dejó la carrera para meterse de lleno en su pasión, el periodismo. Con todo, ese paso –y una extensa cultura letrada- había dejado huella y Rojas fue, también, un destacado periodista cultural.

Durante los últimos años escribió regularmente en Infobae. Antes, fue redactor en jefe de la revista Veintitrés y editor de la revista Contraeditorial. Condujo el podcast cultural de Fundación Proa. Escribió en Clarín y en el suplemento cultural ADN de La Nación.
Además de ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, publicó los libros Argentuits, El kirchnerismo feudal y La izquierda, donde a través de diversos episodios históricos, como la llegada del enviado de Karl Marx a la Argentina reflexiona sobre los esfuerzos para construir una era nueva en el país. También, en coautoría, Pasen música. El caso Santiago Maldonado en la era de la posverdad. En este último, se analizan los medios de comunicación, discursos oficiales y las redes sociales para reconstruir el tratamiento informativo del caso.
En 2021, en una larga nota en Infobae, contó de su enfermedad y de su trasplante. “Recuerdo que tenía nueve años y el pediatra determinó: ‘Diego, tenés hepatitis C’, lo mismo les dijo a mis padres”, escribió allí.
Después, la vida: “En mi adolescencia gran parte de mi educación sentimental e intelectual se forjó en bares: barsuchos de parroquianos noche tras noche y fidelidad al mozo de décadas y a la narración de la anécdota de la cotidianidad barrial junto a la ginebra o el vino tinto, con soda a veces”.

Pero la enfermedad, lo había contado él, venía de antes y en 2020 su hígado lo llevó a estar dos meses en coma. Salió. Apareció un donante. Se salvó: “Llevo en mi cuerpo parte del cuerpo de una mujer. Por un desliz pude leer la información sobre la donante del hígado que se está fundiendo ahora mismo con mi organismo. Se trata de una mujer de 48 años, de 1,67 metros de estatura, cuyo peso era de 69 kilos”.
En ese artículo, Diego llamaba a donar órganos. “Llevo en mi cuerpo parte del cuerpo de una mujer. Vamos a engendrar cosas buenas”, decía en esa nota. Pero a fines de 2023 el órgano trasplantado empezó a dar complicaciones.
Amante del cine, sus amigos lo llamábamos para que nos recomendara qué ver y siempre conocía aquel film del que nunca habíamos oído hablar y que a veces sólo era apetecible para su gusto exquisito.
Gourmet, cocinero, siempre dispuesto a conversar sin fin y a ponerle el cuerpo a las causas justas incluso cuando eso pudiera traerle perjuicios.
Quienes lo seguían en las redes conocían también su vínculo con su perra Leni, una salchicha que él convirtió en un personaje, a quien mimó y que lo acompañaba en sus lecturas por los cafés.
Cuando los médicos le ofrecieron cuidados paliativos, él pidió una chance más y se dispuso al coma como quien se prepara para una larga siesta. Tuvo fuerzas para sonreírle a la familia. Una amiga lo despidió con el puño en alto mientras lo llevaban a terapia intensiva. Nunca me clavaste una cita, le dijo, y te voy a estar esperando. No pudo ser.
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