
Cincuenta años atrás y diez días antes de que lo asesinaran a balazos a la salida de la iglesia donde había dado misa, el padre Carlos Mugica marchó a la Plaza de Mayo con otros curas villeros, a la cabeza de una nutrida columna del flamante Movimiento Villero Peronista Leales a Perón.
¿Quiénes eran? Los habitantes de barrios populares que se habían ido de Montoneros, descontentos por la disputa que este grupo guerrillero mantenía con el presidente Juan Domingo Perón por la conducción del peronismo, el gobierno y la Argentina.
Era el 1° de mayo de 1974 y Perón quería reunir a sus partidarios en la histórica plaza para hacer un balance en su primer Día del Trabajador —fiesta cumbre del calendario peronista— de regreso al país luego de un largo exilio.
Pero el peronismo estaba muy dividido. Los montoneros y sus numerosas agrupaciones satélites no estaban dispuestos a abandonar las armas como pretendía Perón porque pensaban que la revolución socialista estaba a la vuelta de la esquina.
Mugica, en cambio, defendía los reclamos de Perón para pacificar el país y había sido uno de los impulsores de la división de Montoneros a través del surgimiento de agrupaciones leales al Presidente que reclutaron a entre el 30 y el 40 por ciento de la militancia montonera.

En el caso del Movimiento Villero Peronista, la división fue mucho mayor: se calcula que el 90 por ciento de sus militantes se fue de Montoneros debido a la prédica vigorosa del padre Mugica, que era uno de los personajes más populares del país, gracias a la televisión.
En realidad, la pelea entre Mugica y Mario Firmenich, el jefe de Montoneros y su ex discípulo en la Acción Católica, comenzó luego del asesinato del líder sindical José Ignacio Rucci, de quién el cura era muy amigo, lo mismo que de otro metalúrgico, Lorenzo Miguel.
La consigna oficial del acto en Plaza de Mayo era laudatoria y marcial: “¡Estamos conformes, mi General!”. Los montoneros no lo estaban, ciertamente, y lo hicieron saber de entrada: “¡Conformes, conformes; conformes, General; conformes los gorilas; el pueblo va a luchar!”.
La fiesta se convirtió en drama.
Montoneros ocupó entre un tercio y la mitad de la Plaza de Mayo, con carteles propios que desafiaron la orden de los organizadores de llevar solamente banderas argentinas y cánticos que rechazaban el tramo inicial del acto: un festival artístico dirigido por el periodista y locutor Antonio Carrizo. “¡No queremos carnaval, asamblea popular!,” cuestionaban.
Como sucedía en los festejos del primer y segundo peronismo, entre 1946 y 1955, se consagró a la Reina del Trabajo, que fue coronada por la vicepresidenta Isabel Perón. “¡No rompan más las bolas, Evita hay una sola!”, fue la consigna que le dedicaron a la tercera esposa del presidente.
Mugica estaba, sí, muy conforme con el gobierno.

Lo había señalado en un comunicado del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de la Capital Federal, el lunes 29 de abril, que criticó los “modelos ideológicos elitistas para juzgar la presente coyuntura”, y lo reiteró de manera personal, con todas las letras, el martes 30 de abril, en la revista Las Bases, “el órgano oficial del Movimiento Nacional Justicialista”, que era dirigida formalmente por Norma López Rega de Lastiri, hija del ministro y secretario privado presidencial, y esposa del diputado y ex presidente interino Raúl Lastiri.
Los tres “colaboradores especiales” de Las Bases eran Perón, Isabelita y José López Rega.
“Yo, fundamentalmente, creo que a un gobierno hay que juzgarlo por sus hechos. En este sentido, sería imposible resumir en pocas líneas todo lo que se hizo”, arremetió Mugica en sus declaraciones a la revista partidaria. Y destacó “la preocupación por los ancianos y los niños; las viviendas que se están haciendo y las que ya se entregaron; los aumentos a los jubilados; el deporte propulsado para las grandes masas populares, y el haber logrado la concertación de voluntades, la coincidencia entre las grandes mayorías nacionales hacia la unidad”.
También mencionó “la clara, digna y firme actitud frente a los Estados Unidos, que ha convertido a la Argentina en un país líder de Latinoamérica”.
“Todo esto indica, claramente, un criterio cristiano. Por eso estoy conforme”, finalizó el cura.

Lógicamente, fue el tema central de Las Bases del 30 de abril, con una tapa tipográfica con el título Por qué estamos conformes, en letras coloradas sobre el fondo blanco de un círculo con los colores de la bandera argentina. Y en las primeras páginas, una producción con las respuestas de desconocidos y famosos, entre ellos y con matices, Jorge Porcel, Juan Carlos Colombres (Landrú), Nélida Roca, Juan Carlos Mareco, Silvio Marzolini, Jorge Cacho Fontana, Irineo Leguisamo, Juan Carlos Gené, Pepe Biondi, el padre Ismael Quiles y Arturo Jauretche.
El periodista Mariano Grondona explicó por qué había consenso popular con el gobierno de Perón. El analista detectó tres factores: los argentinos habían podido votar sin proscripciones; el presidente “llena el cargo y esto tiene que ver con una vocación profunda de los argentinos en la dirección presidencialista”, y “el modo como el general Perón ejerce el poder. El presidente ha sabido descubrir para el país algo tan vital como una segunda etapa que bien se puede llamar de síntesis porque sobreviene a aquella primera etapa de ruptura, en la que solamente se daban los elementos de tesis-antítesis que dividían a los argentinos”.

Un tono de confianza y optimismo unía a todos los testimonios y Grondona supo ponerle el moño: “Hoy, por sobre aquellos aspectos secundarios que hacían de la realidad argentina un conjunto de fragmentos, Perón ha sabido presentar y poner en práctica de manera efectiva un modelo de nación dentro del cual conviven peronistas y no peronistas”.
El problema era la convivencia dentro del peronismo. El acto pasó a la historia como el momento dramático en el que Perón y los montoneros se pelearon a los ojos de todos. Ya sin retorno.
Para Perón, la “juventud maravillosa” de hacía apenas tres años se había convertido en una horda de “estúpidos” e “imberbes”. Más aún: en “infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero”.

Muchos montoneros no pudieron escuchar esas últimas palabras porque ya le habían dado la espalda y se iban de la plaza cantando “¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!”. Algunos, más hirientes, entonaban: “¡Vea, vea, vea que manga de boludos, votamos una muerta, una puta y un cornudo!”.
El acto terminó con la mitad de la plaza vacía y con la otra mitad, la que en buena parte había sido movilizada por los sindicatos, saltando y cantando victoriosa: “¡Ni yanquis ni marxistas, peronistas!”, “¡Perón, Evita, la Patria Peronista!” y “¡Vea, vea, vea que cosa más bonita, Rucci dio la vida por la Patria Peronista!”.
Mugica se quedó en la Plaza junto con los villeros y, cuando algunos jóvenes que se iban le reclamaron con dureza que también él se fuera, les contestó, a los gritos: “Yo me quedo acá porque el pueblo se queda acá, en la Plaza con Perón”.
*Ceferino Reato es periodista y escritor. Texto extraído de su libro Padre Mugica.
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