
La Iglesia católica, como también las iglesias orientales, siempre ha recurrido al uso de imágenes y estatuas sagradas para la práctica de la veneración. Los primeros cristianos, que eran obligados a ocultar su fe y a realizar el culto en lugares secretos, a lo sumo podían recurrir a símbolos incomprensibles para sus enemigos. Sin embargo, ellos también recogieron los restos de los primeros mártires, los que luego serían santos, y los respetaron y veneraron como objetos de culto.
La Biblia condena la idolatría, y muchos pasajes de la Sagrada Escritura prohíben la creación de estatuas e imágenes. Esto se debe a que mientras se consolidaba la escritura del Antiguo Testamento, los países que rodeaban a Israel practicaban religiones diversas con deidades antropomórficas. Pero la sustancial diferencia es que en estos cultos, la divinidad era la escultura y no una mera representación. El Salmo 135 lo describe con claridad: “De oro y plata son los ídolos de las naciones, obra de las manos de los hombres, tienen boca y no hablan, ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, ni siquiera un suspiro hay en su boca. Que sean como ellos sus autores y todos los que en ellos se confían.”
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Para el catolicismo y las iglesias orientales el uso de imágenes sagradas, y el respeto a las esculturas que representan a la Virgen, Jesús o los santos, por lo tanto, no está en conflicto con las enseñanzas de la Biblia. En efecto, en cierto sentido es herencia de aquellos primeros y tímidos gestos de devoción que los cristianos primitivos traían a aquellos restos de mártires recogidos con piedad y amor.
Fue el Concilio de Nicea II el que en el año 787 definió y consagró el uso de las imágenes sagradas por parte de los fieles. Se les atribuía la misma sacralidad de la cruz y, en consecuencia, el derecho a ser utilizada tanto en las iglesias, como parte de las celebraciones o como objeto de veneración de los fieles, como en los domicilios particulares y en los lugares públicos.
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Según lo establecido por el Concilio, las imágenes sagradas pueden ser pintadas, realizadas en forma de mosaico, esculpida o tejidas, siempre que “sean imagen del Señor Dios y de nuestro Salvador Jesucristo, o de nuestra Señora Inmaculada, la Santa Madre de Dios, de los santos ángeles, de todos los santos y justos”.
Más tarde, el concilio de Trento, en la sesión XXV establecerá: “(…) declara que se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración: no porque se crea que hay en ellas divinidad o virtud alguna por la que merezcan el culto o que se les deba pedir alguna cosa, o que se haya de poner la confianza en las imágenes, como hacían en otros tiempos los gentiles, que colocaban su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas (…)”.
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El concilio de Trento será la respuesta católica a las posturas de Martin Lutero. Por eso se denomina “reforma” al movimiento inspirado en las bases de Lutero y “contrarreforma” al catolicismo surgido de Trento.
Pero Martin Lutero no estaba en contra de las imágenes en los templos, sino que re direccionaba la función de estas en el recinto sacro. Entre 1521 y 1522 condenó los episodios de destrucción de imágenes que ocurrían en la ciudad de Wittenberg, Alemania. Pensaba que éstas podían usarse siempre y cuando no se convirtieran en objetos de veneración o culto. En las primeras etapas de la reforma las imágenes no se prohibían, solamente debían adaptarse a nuevos criterios para servir como testimonio o signos de apoyo para la memoria o para la enseñanza de la catequesis, dado que la gran parte de la población no sabía leer.
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En el actual catecismo de la Iglesia Católica, en referencia a las esculturas se lee lo siguiente: Artículo 2132; el culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, “el honor dado a una imagen se remonta al modelo original” (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 18, 45), “el que venera una imagen, venera al que en ella está representado” (Concilio de Nicea II: DS 601; cf Concilio de Trento: DS 1821-1825; Concilio Vaticano II: SC 125; LG 67). El honor tributado a las imágenes sagradas es una ‘veneración respetuosa’, no una adoración, que sólo corresponde a Dios: ‘El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que ella es imagen’ (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 81, a. 3, ad 3).
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Y acá comienzan las diferencias entre veneración, devoción y adoración, como así también de latría, dulía, hiperdulía y protodulía.
La veneración, en el ámbito religioso, es el acto de honrar a Dios, a la Virgen, a un santo, a un ángel, o incluso a un objeto sagrado, como una reliquia. La palabra Veneración proviene del verbo latino “venerari” que significa “ofrecer reverencia y respeto”. En particular, San José y la Virgen María, como padres de Jesús, han gozado siempre de una forma de veneración privilegiada, en comparación con otros santos y ángeles. La Veneración también se le atribuye a una escultura o ícono el cual no tiene como finalidad el mismo objeto en sí, sino a lo que representa. La pintura, la estatua, la reliquia son sólo un medio, un catalizador de la veneración. La verdadera veneración tiene como fin último a Dios.
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La devoción es una palabra que expresa un concepto espiritual muy profundo. Surge de la voluntad de entregarse completamente a Dios, de manera consciente y sin vacilaciones. La devoción supone un amor que desemboca en entrega, una sumisión espontánea y feliz a los que consideramos superiores.
La adoración indica el acto de orar, magnificar, alabar, rendir homenaje a Dios, es en ella donde reside la fuerza de la religión misma, el corazón de la relación de cada creyente con su creador. Si bien veneración también puede dirigirse a santos y ángeles, adoración es solo para Dios.
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Sólo Dios, como creador, es digno de adoración. El Salmo 29:2 dice: “Dad al Señor, nuestro Dios, la gloria debida a su nombre; adorad al Señor con santa magnificencia”
Y como comentamos al comienzo,el culto para los católicos se divide en:
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Latría: reverencia, culto y adoración que sólo se debe a Dios. Adorar algo o alguien fuera de Dios es idolatría.
Dulía: Culto que se tributa a los ángeles y santos.
Hiperdulía: Culto que se da a la Santísima Virgen María como suprema intercesora y madre de Jesús.
Protodulía: Culto a San José como padre adoptivo de Jesús.
Si bien las comunidades primitivas del cristianismo salieron del judaísmo y de la sinagoga, luego del concilio de Jerusalén, el culto comenzó a diferenciarse de la práctica sinagogal. Y ya instalados en Roma y por la necesidad de esconderse de la persecución y al mismo tiempo alimentar su devoción, comenzaron a utilizar símbolos para reconocerse entre sí. Tuvieron que recurrir a representaciones simbólicas, signos, formas abstractas, como peces estilizados, ánforas, anclas, y otras. Utilizaron símbolos antiguos, en algunos casos, y preexistentes, pero cuyo significado para ellos era completamente diferente.
Algunos símbolos cristianos que se utilizaron fueron:
JHS o Trigrama (en el alfabeto griego JЙΣ), que indica la abreviatura del nombre ΙΗΣΟΥΣ (es decir, “Iesous”, Jesús). Icpescehthys, el pez estilizado utilizado por los primeros cristianos. Ichthýs es la transliteración latina de la palabra griega ἰχϑύς, “pez”. Para los cristianos se convierte en un acrónimo de Ιησοῦς Χριστός Θεoῦ Υιός Σωτήρ (Iesùs CHristòs THeù HYiòs Sotèr), o “Jesucristo Hijo de Dios Salvador”.
El Chi X Rho P del alfabeto griego que compone el monograma de Cristo, que consiste en la superposición de las dos primeras letras del nombre griego de Cristo, X y P.
La paloma, animal dulce y manso, siempre ha sido símbolo de pureza e inocencia, se convierte en símbolo del Espíritu Santo.
Alfa y Omega: primera y última letra del alfabeto griego, indican que Cristo es el principio y el fin de todo según la cita del Apocalipsis.
No hay duda de que muchos símbolos cristianos y tradiciones religiosas del cristianismo tienen su origen en ritos antiguos y símbolos pertenecientes a religiones aún más antiguas y cultos paganos. Sin embargo, más allá de las palabras y los símbolos, es fundamental el uso que se haga de ellos, el significado que se les inculque.
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Algunos símbolos, separados de un contexto específico, pueden adquirir un significado completamente diferente al que se les quiere dar. A diferencia de las palabras o los signos, ya sean dibujos u objetos, que indican exactamente lo que significan, los símbolos unen dos realidades, la representación real y su significado convencional, que puede cambiar de un contexto a otro. Pensemos, por ejemplo, en el símbolo del ojo dentro del triángulo, que representa la divina providencia de Dios y la Trinidad , pero que también se utiliza en otros campos, como la masonería, o la cruz invertida, que hace referencia a la martirio del apóstol Pedro, crucificado boca abajo, pero que hoy en día se asocia a menudo con cultos satánicos.
Manteniéndose en el contexto de la cruz, su significado cambia radicalmente: para los romanos era símbolo de vergüenza y muerte ignominiosa, usado para tortura y ejecución capital. En el Nuevo Testamento, asociado a la Pasión y Resurrección de Jesús, se convierte en emblema de salvación y vida eterna. Aunque este símbolo como reconocimiento y veneración entre los cristianos ingresó mucho tiempo después de Constantino.
Incluso muchos símbolos cristianos relacionados con la Navidad tienen orígenes paganos, pero deben interpretarse en el contexto adecuado. La Navidad coincide con el solsticio de invierno, fecha tradicionalmente ligada a diversos cultos antiguos dedicados al Sol ya la Luz. Ya en el Antiguo Testamento se profetizó el próximo advenimiento de Jesús como una renovación de la Luz y del Sol. El simbolismo de la Luz, por tanto, siempre ha estado ligado a Cristo. La Luz, el Fuego que quema el mal y disipa las tinieblas, que purifica, el Sol que da nueva energía, fertilidad y fecundidad: todo ello confluye, desde un punto de vista cristiano, en la figura de Jesús Salvador.
El muérdago nació en cambio en la esfera celta. Es una planta parásita, que nace y se desarrolla sobre la rama de otra. En el contexto cristiano se ha vinculado a la figura de Jesús, no engendrado como todos los demás hombres, huésped de paso en la humanidad.
Y así podríamos seguir indefinidamente. Pero hay que dejar claro que los que practican el catolicismo o la ortodoxia, no “adoran imágenes” como muy erróneamente se suele decir. La imagen es solo una mera representación de aquella persona a la cual se debe elevar el pensamiento. Esta versión de idolatría que han inculcado muchos contra el catolicismo o la ortodoxia no tiene razón de ser. Pensar de esta forma, sería como creer que cuando miro la foto de un ser querido fallecido y le doy un beso, o le pongo flores, estuviera especulando que “ese” trozo de papel es mi madre o mi abuela, y que fui parido por el papel y no solo una mera representación de alguien a quien amo y ya no está entre los vivos.
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