Su madre desapareció en forma trágica, tuvo un divorcio inesperado y creó un podcast para promover vínculos sanos

María Jesús “Chu” Rodríguez es una resiliente de la vida. Sin madre y con varias decepciones amorosas a cuestas, hizo su podcast “Redescubriéndome” como una suerte de catársis y tuvo un éxito que ni ella pensaba. Desde allí, ayuda a miles de personas a fortalecer sus vínculos y autoestima

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"Chu" Rodríguez el día que
"Chu" Rodríguez el día que cumplió 30 años

“La historia de mi vieja es muy heavy”, dice Chu a modo de corolario de todo lo que vino detrás. “Dejé a mi marido después de diez años de estar juntos, y luego tuve otro novio que fue el que me rompió el corazón. Además, en pandemia tuve mi primer amigo con derechos, que también me marcó mucho. Y todos estos distintos personajes en mi vida fueron el motor de inspiración para hacer mi podcast”.

Una adolescencia difícil

María Jesús “Chu” Rodríguez nació el 5 de marzo de 1990 en Montevideo, Uruguay. Se crió junto a sus padres, Diego e Inés, y su hermano Diego -15 meses más chico, “casi mellizo”- en Pocitos, “pero de un día para el otro a mi papá le salió un trabajo y a mis 5 años nos fuimos a vivir al interior”. Residió la mayor parte de su infancia en Pan de Azúcar, un lugar campestre cerca de Punta del Este, “en el campo, tuve unos años muy alegres, con gente mucho más humilde, si bien yo vivía en un country por la empresa que trabajaba mi papá -tenía un cargo alto de Ingeniero químico en una planta de cemento- me rodeaba de amiguitos que realmente dormían ocho en una habitación, y tenía una vida más de interior que de ciudad”. Con “interior” ella se refiere a las provincias pero puede que su actual camino introspectivo tenga que ver con aquellos años de niña.

A los 12, justo en la edad de entrar a la secundaria, Chu se volvió a mudar a Montevideo con su madre y su hermano. “Para mí fue súper traumático que mis padres se separaran físicamente. Ahí fue mi primer shock, me mandaron a un colegio muy grande -el Seminario de Montevideo-, y ahí mi vieja ya empezó a trastabillar: el estar separada de papá; le empezó a costar estar sola con dos adolescentes de 12 y 10 años”. Chu venía de un colegio de 12 alumnos y una vida familiar contenida -con mamá y papá en el hogar-, y ahora se enfrentaba a cinco clases de 30 alumnos cada una; a otro sistema totalmente diferente al del “campo”; y a una casa desarmada. Su padre -que quedó en Pan de Azúcar- sólo iba a visitarlos los miércoles y los fines de semana.

"La diferencia entre estar sol@ y solter@...", uno de los tiktoks virales de Chu Rodríguez

En plena etapa de desarrollo, a Chu los días se le hacían cuesta arriba. “Mi relación con mi madre siempre fue muy de hermanas; las peleas eran a ese nivel. Y ahí fue la aventura que empezó todo este caos en nuestra vida”, resume, contando que además le costó integrarse en la escuela; “no encontraba un grupo de pertenencia”. De repente, en una institución inmensa pasó a ser una más entre miles de chicos. “Me costó encajar, no me sentía linda, era una nerd, no sabía qué ropa se usaba, mi vida era más campestre, me la pasaba jugando al fútbol y trepando a los árboles”, expresa sobre su infancia tan diferente de la que había tenido a la que se vive en la ciudad.

“También fui la última en desarrollarme, me costó todo, el proceso de la adolescencia fue duro”, recuerda Chu, que hasta ese momento ni imaginaba que lo que había vivido no era nada en comparación a lo que el destino tenía escrito para ella. “Más o menos en 5to. de secundaria mi mamá tuvo su primer intento de suicidio. No sos muy consciente cuando sos adolescente de lo que está pasando; creía que teníamos las típicas peleas de madre e hija pero ahora de grande me doy cuenta que eran más como si fuera una hermana, por su forma, que se angustiaba muchísimo. Tal vez mis amigas se peleaban de la misma manera con sus madres; les tiraban frases como ‘te odio’ porque no las dejaban salir o algo así; y las mamás nunca se angustiaban tanto como la mía durante una discusión”, revive aquellos tiempos en que era una chica de 16 años.

El primer episodio de Inés se dió cuando Chu estaba en el colegio rindiendo un examen de Matemática A, y se tuvo que ir. “Empezaron a decir ‘se asustó, mirá cómo se va’, entonces, además me tuve que comer toda la presión de mis compañeros que decían que me fui haciendo bulla porque en verdad no quería afrontar ese examen”, marca lo extraño de sus recuerdos tan puntuales, en un momento bisagra.

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Chu el día que cumplió
Chu el día que cumplió un año en brazos de Inés, su mamá, que desapareció sin dejar rastros el 1 de noviembre de 2011

Inés había ido a un hotel y había intentado “algo”. Tampoco les comunicaron demasiado a sus hijos que, de todos modos, se daban cuenta lo que estaba pasando. “Yo ahí empezaba a salir con Nicolás, mi ex marido, cuando fue el primer ‘intento’. Y tuve que lidiar con esa situación, negando un poco lo que le había pasado a mamá porque me daba mucha vergüenza. Las enfermedades mentales en ese momento -se refiere al año 2006- se escondían, y para mí era muy fuerte decir ‘mi mamá hizo esto’”, se sincera Chu.

La madre de Chu ya no fue la misma: las medicaciones hacían que, a sus 45 años, le fallara notoriamente la memoria, cuestión que alteraba a su marido e hijos, “para nosotros era la misma de siempre pero nos costaba entender y aceptar que estaba con algunos temas por la medicación y no era cien por ciento la misma”. En el interior de Inés algo había cambiado.

Ahí empezó el calvario de la familia Rodríguez, “fueron cinco años de estar a la defensiva, de esperar siempre un llamado con una mala noticia, si no atendía el teléfono… -se quiebra recordando el peor momento de su vida-. Mi hermano se hizo más cargo: se encargaba del pastillero, donde él le administraba las cosas. Papá seguía viviendo lejos, entonces mi hermano y yo éramos los responsables, y medio que yo evadía mucho la realidad, me costaba generar consciencia de lo que estaba pasando; era como un método de evasión que tenía para protegerme”, describe así la adolescencia de ambos hermanos que pasaron a ser jefes de hogar en plena fase de crecimiento. “Ahí con mi hermano la remamos”.

Chu, su mamá Inés y
Chu, su mamá Inés y su hermano Diego, 15 meses menor que ella. "Somos casi mellizos", dice

A partir del primer intento, Inés dejó su trabajo como mano derecha del Director de una empresa en Montevideo, después de 25 años. Y Diego, su marido, seguía viviendo a distancia por sus compromisos laborales, ahora bastante más lejos, por lo cual sólo iba a visitarlos los fines de semana. Algo que a Inés le afectó en demasía, “mamá era muy dependiente de papá y no era de tener muchas amigas. Tenían una relación muy siamesa, por eso muchas de las cosas que hablo en mis redes, es sobre tratar de ser independientes. Si él estaba, ella estaba bien; y si no, ella estaba mal. Tenían una dinámica muy compleja como pareja”.

Su noviazgo en medio de la tormenta

Sus padres antes de casarse habían tenido un noviazgo de 10 años y, de repente, Chu sintió que se perfilaba en la misma dirección, “me terminé poniendo de novia con Nicolás a los 16, y ya a los veintipico pintaba todo parecido”. Chu y Nico se conocieron en una fiesta de un club, “fui con unas amigas, lo vi y me encantó, me pareció un bombonazo y lo encaré, así directo”. Pero él no quería avanzar; un amigo estaba loco por su candidata, “según Nico yo era ‘la de Juanchi’”.

Después de un tiempo Juanchi lo habilitó; rápidamente, Chu y Nico se pusieron de novios. “Me acuerdo que fue la graduación de Nico y fui a despedir a mamá a donde estaba internada”, son las imágenes entremezcladas que se le vienen a la mente a Chu, que cae en la cuenta que el día que se ponía de novia, su madre estaba internada, recuperándose de su primera recaída. “Me acuerdo patente que fui y le dije, ‘hoy tengo la graduación de Nicolás, espero ennoviarme hoy’”.

En un viaje a Nueva
En un viaje a Nueva York junto a su hermano y su papá, los dos llamados Diego

Paralelamente, Chu estaba inmersa en la lucha por salvar a su mamá, “ella no estaba al cien, estábamos lidiando con una enfermedad que ninguno de los tres sabíamos cómo lidiar. No había herramientas en ese momento, ni tampoco sabíamos cómo tratar el tema. Entonces, sin querer, hacíamos cosas que eran contraproducentes. Había peleas y otras cosas que no estaban buenas”.

Chu se refiere específicamente al pánico que la inundaba cada vez que su celular sonaba, “o si la llamaba y ella no atendía enseguida pensar ‘hizo algo’. Capaz mi mamá estaba subiendo el ascensor sin señal, y yo ya estaba llorando en mi casa por ese miedo de qué habrá hecho, y llegaba y la puteaba y le decía ‘por qué no me atendiste’”, algo de rutina, como un llamado, para la familia se convertía en una tortura.

El día fatal

Luego de la primera internación en el 2006, “mamá tuvo un par de intentos más, pero el que más me marcó a mí fue en el 2011: yo me había ido a estudiar a Alemania por un intercambio de la facultad y apenas volví a Montevideo, luego de 6 meses, tuvo otro intento”, dice Chu, que en aquél tiempo tenía 21 años, y que ya la venía pasando mal desde Europa por la misma incertidumbre que le generaba la inestabilidad de su madre. Ese episodio en particular la hizo reflexionar que era ella la que tenía “algo” que sacaba lo peor de su madre. “Fue muy duro el manejo de las culpas; por suerte ese día pudimos rescatarla”. El método era siempre el mismo: iban a la compañía de teléfonos, pedían que lo rastrearan, y así la encontraban.

El anuncio de su boda
El anuncio de su boda con Nicolás. Con su ex tenía “ una relación más de niños/hermanos”, admite hoy

Pero el 1 de noviembre de 2011 -el mismo año que había vuelto de Alemania-, Chu se fue a trabajar, recibió un llamado y ya nada fue igual. “Me llama mi padre y me dice ‘tu madre no atiende’”. Inmediatamente la pasó a buscar su tía para ir a rastrear a Inés, como otras tantas veces lo habían hecho, “misma técnica, llamar a la compañía de telefonía y preguntar dónde está su celular, nos mandó a un lugar que era lejísimos pero no la encontramos”, después de horas y horas de búsqueda, ya activando el plan a toda la familia, eran las cinco de la tarde y Chu le pidió a su tía que la dejara en la casa para ducharse; había tenido un día largo, además del trabajo, y no se quería perder su clase en la universidad, “era súper responsable y también era una forma de evadirme de la realidad. Quería ir a la facultad ese día”. Llegó a su casa y el portero le entregó una cartera, “y en la cartera estaba el celular. Mi madre le había dado la cartera a un taxista; el taxista se había ido a un montón de barrios y cuando le pintó dejar la cartera en mi casa estaban todos los documentos, el celular, y ahí se nos cayó todo. Fue durísimo porque ahora sí no sabíamos cómo encontrarla. Se fue profesionalizando en la técnica hasta que finalmente logró ejecutar el plan”, la emergencia familiar pasó a incluir a Interpol, todo el país, el caso salió en los diarios y la televisión, “no nos imaginábamos que ‘algo’ había pasado esta vez y, bueno nada, nunca la encontramos”, relata Chu con una entereza que maravilla, “hasta el día de hoy está desaparecida”, y aunque el caso da a pensar que Inés podría hallarse perdida en algún rincón del planeta, su hija afirma con certeza, “No, no, mi mamá se murió”. Habían consultado a videntes que trabajaban con la policía y todos la veían en el agua, cerca del faro de Punta Carretas; “van 11 años y todavía no apareció. Ya está”, se vuelve a quebrar.

Fue duro porque nunca tuvieron un cierre, y durante años Chu, su padre y su hermano, sin idearlo se sincronizaban en sus esperanzas, “soñábamos que nos tocaba el timbre. Todo ese caos de nunca poder cerrar realmente la historia hizo que pasemos años esperando que vuelva”, cuenta, agregando que nunca la pudieron velar.

El casamiento, ¿la salvación?

Simultáneamente al caos, Chu seguía de novia con Nicolás; ya iban 5 años de mantener una relación sólida. “Cuando pasó todo lo de mamá, la familia de Nico -que si bien fue siempre muy cercana- para mí pasó a ser todo”, confiesa Chu, enfatizando en la última palabra, y le suma, “pasó a ser mi mundo”. Su suegra era como su madre, su cuñada era como su hermana, “la verdad es que me recontra apoyaron y siempre estaban muy pendientes de cómo estaba”. Al mismo tiempo, Chu sentía que su relación con su hermano Diego ya estaba demasiado forzada, “éramos dos jóvenes -21 y 20 años- viviendo juntos, con mucho dolor. Entonces empezó eso de ‘me quiero ir a vivir sola porque no puedo vivir más con mi hermano’. Todo el manejo de las culpas y miedos se potenciaban; la única que iba al psicólogo en mi casa era yo”, Diego padre e hijo nunca quisieron ir a terapia.

Chu Rodríguez de blanco, el
Chu Rodríguez de blanco, el día su casamiento. Un mes antes había comenzado a trabajar en una compañía importante. El roce social que le dio le hizo ver, a pocos días de la boda, que "no era tan feliz como pensaba"

En el 2013, ante la decisión de irse a vivir sola, habló con su novio y su suegra, que sugirió, “pero si te vas a vivir sola se casan”. La familia de Nicolás era más bien conservadora, “si me iba a dormir a la casa tenía que dormir con su hermana; no podíamos quedarnos solos en el living mirando una película; nunca nos habilitaron a estar solos. Una familia espectacular, para mí fueron lo máximo, tremendo soporte que estoy agradecida hasta el día de hoy, pero más tradicionales”.

Por otro lado, Chu sentía mucha dependencia emocional de Nicolás y su familia: llevaban 9 años de novios, entonces la idea de casarse joven le cuadró, “a los 25 me casé”. También es consciente de que seguía con los modelos que más conocía, “los padres de Nico antes de casarse habían estado 10 años de novios; lo mismo que mis padres, 9 años de noviazgo y boda; sentía que no me quedaba otra y que era ese el camino normal de la vida, ¿no?”. Sumado a que con Nicolás se llevaban bien, “pero era una relación más de niños/hermanos”.

En el 2015 sacaron un crédito bancario, se compraron una casa en Canelones, Uruguay, “nos endeudamos”, y se casaron. Chu siempre fue exitosa en su carrera: es Lic. en Administración de Empresas y, gracias a su dedicación, obtuvo los mejores empleos y le iba excelente a nivel laboral, “durante mucho tiempo, mucho mejor que a Nico, y era la que financiaba muchas cosas. La energía masculina la tenía muy marcada y me cansaba a veces ser la madre de mi marido”.

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Con su papá, el día
Con su papá, el día de su casamiento. "Hasta el día de hoy pienso que no voy a conocer a nadie como Nicolás, pero no estaba enamorada”, confiesa

Un mes antes de casarse, Chu había entrado a trabajar a una conocida compañía de productos masivos que, literalmente, le amplió el espectro, “venía de una empresa chica, y pasé a otra que era un mundo. Empecé a ver a otras personas, otros hombres con otras aspiraciones y me empecé a dar cuenta que no era tan feliz como pensaba, sino que era más un dictamen de la sociedad”, comenta sobre su estado civil. “Nico era súper fachero, de los pibes más buenos que conocí en mi vida y hasta el día de hoy pienso que no voy a conocer a nadie como él, pero no estaba enamorada”, su intuición le confesaba que no iban a ser felices juntos.

Al año y medio de su boda, la comunicación no fluía en la pareja pero separarse era algo que ella no podía ni pensar por el rol que cumplía Nicolás en su vida. “Lo quería tanto y no me imaginaba la vida sin ese soporte, sin la contención, sin esa incondicionalidad. Nico me daba lo que no me había dado mi mamá: incondicionalidad”. Entonces era imposible para Chu dejar lo único incondicional de su vida: Nico. “Me costó mucho tomar la decisión. Si dejaba a Nico iba a quedar medio en bolas; era la realidad, perdía toda la contención de la familia, sus tías, sus primas… Realmente había armado toda una estructura de contención, una red que estaba muy del lado de Nico”.

Chu no sólo fue la primera de sus amigas en casarse; después de darle muchas vueltas al asunto y, “con mucho miedo”, también fue la pionera en divorciarse.

Junto a sus amigas en
Junto a sus amigas en la fiesta de casamiento

Relaciones de auxilio

Uno de los valores principales que le habían inculcado de chica era estudiar, ser independiente y generar sus propios ingresos, “a mí y a mi hermano nos exigieron mucho; éramos como unas maquinitas que, si bien no éramos los mejores de la clase, siempre estábamos de mitad de tabla para arriba, luchándola”.

El trampolín para separarse de su marido fue la propia superación, “le dije a Nico, quiero arrancar un curso en la Universidad de Montevideo, dame estos días para pensar”. No sabía qué hacer con su vida, tenía un préstamo del banco de 25 años pero estaba segura que no se podía quedar en ese matrimonio. “El estudio fue el caparazón para tapar mis sentimientos y tener algo que me ocupara el tiempo, sino me iba a enloquecer”.

Una vez separada, en la universidad conoció a Joaquín que trabajaba ahí, “una especie de Superman que viene a salvarme de esta situación”. El hecho de que Joaquín sea más grande -seis años mayor- no fue intrascendente, “era más maduro, muy paternal, todo lo que a mí me faltaba con Nico lo encontré en él”.

El tatuaje con la firma
El tatuaje con la firma de su madre, Inés, fue una de las primeras cosas que hizo Chu cuando se separó

De repente, Chu sintió que algo en ella estaba cambiando; ya no era la chica que hacía todo lo que había que hacer, “algo que me marcó fue cuando me hice el tatuaje en la nuca de la firma de mi madre y pensé, ‘qué rebelde’. Ahí fue que empecé a desafiar un poco más el sistema”, aunque no fue fácil porque al separarse se le puso toda su familia en contra. “Me tenía que justificar con todo el mundo por qué me había separado. Me sentí muy presionada”, tensión que se profundizó cuando salió a la luz su nuevo noviazgo con Joaquín.

Finalmente papá Diego le dio su bendición. “Lo que nadie me dijo es que hasta que yo no fuera feliz no iba a ser feliz con nadie. Y hasta que yo no me conociera, iba a seguir saltando de relación en relación”, dice Chu como prólogo de lo que fue el final de este vínculo, “no llegamos a los dos años”.

Esta vez, pese a que estaban conviviendo con planes de casamiento, fue Joaquín el que dejó a Chu. “No entendía nada, me destrozó, me rompió el corazón”, y así en pedazos, dejó la casa que compartían.

Con su papá, el día
Con su papá, el día que recibió el título como Licenciada en Administración de Empresas

A mediados de 2018 llegó su tercer novio: Juan, “un nuevo personaje que cayó ahí con quien desarrollo una dependencia emocional extrema, muy inmadura, yo estaba muy mal, con mucha inseguridad de mi parte, me había quedado muy afectada por la dejada anterior. Hoy pienso, ‘yo estaba mal de la cabeza’, quería que él sobre adapte su vida a mí”, cuenta que la relación terminó decantando al año.

Resurgir de las heridas

En un periodo muy corto Chu tuvo que procesar un universo. Sintió que tocó fondo, y ahí comenzó su verdadero camino de sanación, “En agosto de 2019 dije ‘basta de tener novios, hasta acá llegué’. Tenía que empezar a conocerme, hacer cosas por mí, bajé mil kilos…” Pero sobre todo por primera vez les pidió a su padre y a su hermano que le den contención en la casa familiar, “permítanme agarrar mi cuarto”, que en su ausencia se había convertido en un depósito. “Necesito que por lo menos el fin de semana me charlen, no puedo estar sola”, pidió, reconociendo que no era capaz de mirar una película sin compañía. “No sabía quién era”.

Además se puso una meta: el celibato. “De agosto de 2019 a marzo de 2020, no estuve con ningún pibe”, confiesa. El 5 de marzo, cuando cumplió 30 años, hizo una fiesta y se propuso una renovación total para el cambio de década. Pero justo cuando ya estaba preparada para volver a salir y “reestrenarse”, dos semanas más tarde, explotó la pandemia y el mundo entero quedó en confinamiento. Permanecer completamente sola y encerrada en su casa fue la prueba de oro para Chu. “Al otro día de mi cumpleaños mi padre se fue a vivir a Finlandia por trabajo; yo me volví a quedar sola y con miedo de que papá terminara como mi mamá”.

Chu en plena carrera. El
Chu en plena carrera. El outdoor es una de sus pasiones

En junio de 2020, Ana, una amiga del trabajo, le recomienda la aplicación TikTok, “bajátela, te vas a divertir un rato”. En pleno encierro, hizo su primer TikTok, contando lo difícil que era estar soltera a los 30, en una sociedad tan conservadora como la de Uruguay. “Era un video bastante normal, se lo muestro a un par de amigas y una vaticinó, ‘vas a ser famosa, tenés una forma de comunicar que llega’”, impulsivamente lo subió a la red social y se viralizó. En pocas semanas su cuenta @chuchu_rodschau pasó de cero a 170K seguidores. Cuando se liberó la veda por Covid, la reconocían por las calles, o iba a un boliche y le pedían fotos agradeciéndole sus consejos, y ahí entendió que, además de sanarse ella por dentro, casi sin querer, estaba ayudando a miles de personas a fortalecer sus vínculos y estima. Hoy tiene más de 330K followers en TikTok.

A sus 32 años, reconoce que siempre fue destacada por su sinceridad y crudeza para hablar. “Mis amigas siempre me decían, ‘decime vos cómo me quedan las cosas que sos la única que dice la verdad’; siempre fui media bruta”. Entonces, entendió que tenía facilidad para comunicar y que quería promover un mensaje: que las relaciones sanas son posibles y urgentes. “Al principio me chocaba un poco la crítica de mis videos; la gente me decía que era medio soberbia, que cuando hablaba parecía que me las sabía todas”, dice Chu, reconociendo que buscó otra forma de expresarse, “un poco más desde la construcción porque de hecho no me creo nada, y ahí empecé a generar otra empatía”.

“Era un lugar catártico para mí, a través de los videos mis amigas se daban cuenta cómo estaba yo”, cuenta. En el 2021, el espacio le quedó chico; quería transmitir un mensaje más profundo, entonces nace el podcast “Redescubriéndome con Chu Rodríguez”, en el cual de un modo muy fresco reflexiona, se cuestiona, llora y, sobre todo, ayuda a otros a recorrer un camino sano, desde sus propias vivencias. Hoy, más de medio millón de reproducciones, dan fe de eso.

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