
Llegan las vacaciones y con ellas, el tiempo de descansar. Cuántas veces habremos dicho la frase: “En vacaciones me desconecto”. Hoy, desconectarse significa básicamente, no estar con el celular encima. Es que con el boom de las redes sociales y las conexión que cada vez es más rápida, podemos hacer todo desde estos aparatos que ya son parte de nuestra existencia.
La temporada de verano tiene al celular como uno de sus principales protagonistas. Si bien la arena y el viento no suelen ser una buena combinación para la durabilidad de los aparatos, la gente los lleva hasta la playa para sacar fotos, chatear por Whatsapp y hacer stories -literal- desde el mar.
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Está claro: el celular ya no es un aparato para hablar solo por teléfono. De hecho, las comunicaciones telefónicas ya casi no se hacen. El boom de los aparatos con cámaras de fotos de alta definición, y la posterior -e inmediata- publicación que se pueden hacer en las redes sociales, hacen que los dispositivos sean un común denominador.
Con solo hacer una recorrida por los principales destinos turísticos de la Costa, pude verse a cientos de jóvenes, con la cabeza abajo, observando sus teléfonos. La mayoría de ellos, los utilizan para mandarse mensajes con sus amigos. Otros, aprovechan las conexiones de wifi, para hacer “vivos” de Instagram o subir stories.
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.Diana Litvinoff es psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y autora del libro “El sujeto escondido en la realidad virtual”.
“Las vacaciones suelen ser una oportunidad para romper con la rutina. También para encontrarnos con otro tipo de actividades de las que realizamos habitualmente. También para encontrar otros paisajes, otros sabores, otros horarios. Y también, otras relaciones”, dice Litvinoff a Infobae.
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“Queremos tener más libertad, ansiamos las cosas nuevas, pero también las tenemos. Tenemos miedo a la libertad, miedo a lo nuevo. También a encontrarnos con cierto vacío y a encontrarnos con nosotros mismos y nuestros propios interrogantes. Por ejemplo, lo que nos gusta, qué queremos de la vida, qué esperamos. A veces tenemos miedo a sentirnos solos. También tenemos miedo a encontrarnos con otros que son desconocidos. Tenemos temor al rechazo, si vamos a gustar o no. Entonces tratamos de ir a lo seguro”, agrega la especialista.

En ese sentido, el celular, es lo seguro. “Allí encontramos nuestros contactos habituales, los amigos, los íconos conocidos y eso nos hace sentir acompañados. El celular actúa como un especie de objeto acompañante, como un objeto contra fóbico. En ese sentido podríamos dar el consejo de aceptar el desafío de encontrarnos con lo nuevo, con el deseo. Y asumir cierta cuota de riesgo. Eso es algo que va unido. Es decir, asumir el desafío y en el riesgo de mirar lo distinto”, agrega.
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El español Marc Masip es psicólogo y experto en adicción a las nuevas tecnologías. Es además director de Desconect@, un programa de rehabilitación terapéutica para aprender sobre el buen uso de las nuevas tecnologías. El programa tiene dos clínicas, una en Barcelona y otra en Madrid, que funcionan como hospital de día para superar la adicción al celular y a los videojuegos.
En una nota reciente con Infobae, Masip planteó una de sus sentencias más provocativas: “las nuevas tecnologías son la heroína del siglo XXI”.
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“Las drogas y el teléfono móvil causan un síndrome de abstinencia similar, digo síndrome de abstinencia por la similitud en el tratamiento para la rehabilitación, obviamente las drogas tienen otros componentes físicos y químicos que la tecnología no tiene, sin embargo, las dos te arruinan la vida pero no te matan”, explicó el especialista.
Para hablar de adicción, Masip se basa en varios aspectos: “El primero es el síndrome de abstinencia, todo lo que provoca cuando quiero usar o consumir algo (drogas, pantallas, videojuegos) y no puedo. Otro aspecto es la sustitución de actividades, el hecho de perderse horas de deporte, en familia o con amigos por preferir estar frente a las pantallas, esa es una señal fuerte de dependencia”.
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“Hay otras señales que quizás son más claras aún, como la ansiedad, el estrés, la frustración, los problemas de sueño y de rendimiento académico. Y el último aspecto y el más claro, sucede cuando una vez que se toma conciencia del problema y se quiere controlar o abandonar el consumo, llega el problema más grande: querer y no poder. Cuando alguien quiere usar menos las pantallas y se da cuenta que no puede, ese es un gran ejemplo de dependencia”, sintetizó Masip.
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