
Boris Tumanoff (50) es arquitecto, lleva más de dos décadas haciendo casas. Las sueña, las baja de su cabeza a los planos y luego las materializa. Cada una tiene su atractivo, su estilo, su manera de interactuar con el exterior y sus habitantes.
Egresado de la Universidad de Buenos Aires, Tumanoff no es un simple constructor, sigue el concepto de viviendas como lo hacía el austríaco Friedensreich Hundertwasser. Este creía que los seres humanos tenemos cinco pieles externas: la tercera es la casa que habitamos. Un poco de eso traslada Boris en cada una de sus creaciones.
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En 2015 tuvo el reto de su carrera. Un encuentro casual en Chascomús, se transformó en un un hito que le cambió la vida a una Mara (65) y a su hijo Sabino. “En los proyectos de vivienda siempre es difícil comprender la particularidad de sus residentes, con sus hábitos, sus necesidades, sus gustos y sus limitaciones. La clave es dar una respuesta adecuada a todo eso”, le cuenta el arquitecto a Infobae.

Una casa inclusiva e independiente
El síndrome de Guillain-Barré dejó en silla de ruedas a Sabino, que hoy tendría 45 años. Con esta rara enfermedad se fue su profesión, su matrimonio y además de su autonomía. No por eso, sus ganas de vivir y su estado de libertad absoluta.
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Cerca de cumplir los 30, Sabino empezó a manifestar problemas de motricidad. “Un día no pudo levantarse del sillón, al rato las manos no le respondían”, le cuenta Mara Redruello a Infobe sobre su hijo, que murió hace seis años.

Las inusuales dolencias despertaron las alarmas. Se sometió a un largo proceso de estudios médicos. Hasta que apareció la respuesta: Síndrome de Guillain Barré, una enfermedad del sistema inmunitario del cuerpo ataca a las células nerviosas generando parálisis general.
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La vida de Sabino nunca volvió a ser la misma. “Pasó de ser un restaurador de autos antiguos a tener que recibir asistencia en todo: comer, dormir, bañarse”, agrega Mara. Casado, su esposa también dejó de trabajar para estar a su lado. “Lo acompañó durante ocho años, día a día..”, resalta Mara.
Sin una recuperación en el horizonte, en un acto de puro altruismo, Sabino le pidió el divorcio a su mujer. “Él quería que ella pudiera retomar su vida, porque había resignado sueños en pos de esa relación de pareja. Es ahí que lo invité a vivir conmigo”, dice Mara.
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Para eso necesitaban un espacio inclusivo, pero a la vez que les diera independencia. El nuevo hogar fue una pieza fundamental para ambos. Mara dice: “lo quería cerca, porque no podía con todo, pero a la vez libre…”
En ese momento entró Boris para formar un equipo de tres. Mara había comprado una casa “rara” en Chascomús. “Estuvo varios años a la venta sin éxito por la disposición de la estructura en el terreno. Era extraña”, explica Boris. “Le propuse un proyecto singular, era un reto difícil porque cada persona que se acercaba le proponía demolerla y volver a comenzar”, explica el especialista.
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Así que Boris hizo lo que mejor sabe hacer, entender a sus habitantes. “Había en el terreno una edificación en dos plantas, aprovechable, pero no suficiente para resolver la vivienda que necesitaba esta familia. Se adoptó el criterio de una nueva construcción adosada, realizada sobre el terreno como una planta baja extendida, de modo que fueran posibles múltiples situaciones de tránsito, contemplación, lectura, reunión, tomar y comer, circulando por la casa, habitándola”.

Como regalo de cumpleaños para su hijo, el 13 de enero de 2016, la casa estaba lista. Se mudaron a la obra de Boris, “Nos fuimos los dos con Sinatra (su perro yorkshire)”, recuerda Mara con emoción.
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En la planta baja vivió Sabino durante tres años, recibió visitas, amigos, incluso festejó sus cumpleaños. Y en la planta alta -a la que solo se accede por escalera-, se ubicó el dormitorio de la madre, generando espacios diferenciados de intimidad.
“Desde su cama podía contemplar los pajaritos, el gran palto del jardín o ver la lluvia caer. Boris le instaló un ventanal enorme para que recostado admirara la naturaleza... esos momentos fueron inigualables”, detalla Mara.
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Asumió su suerte y se predispuso a una única meta: disfrutar de su tiempo restante. “Mirando hacia atrás, él sabía que tenía una fecha de partida pronta, así que no hizo otra cosa que estar rodeado de amigos, salidas e incluso reinventar su trabajo. Esa fue la lección de vida más dolorosa y hermosa que me regaló”.
Sabino partió hace casi seis años y Mara, lejos de querer mudarse, ama su casa. “Vienen mis amigas, o incluso familiares se instalan y nos cruzamos cuando tenemos ganas. Además, este lugar me hace rememorar a mi hijo, que tanto me enseñó”.
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Boris agrega un concepto que lo define como profesional. “No alcanzan las rampas, ni los pasillos anchos... quise regalarle calidad de vida”.
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