
Tienen los rostros serios, duros. El de la izquierda exhibe un revólver en su mano izquierda. Parecen miembros de una banda más de las que asolaban el Lejano Oeste. Cuatro lucen bigote. El más joven -segundo desde la izquierda- no. Es un muchacho bien conocido. Su nombre, asociado al delito y a los duelos donde el que desenfundaba más rápido quedaba con vida, se hizo famoso: es William Henry McCarthy, conocido como Billy the Kid. Pero no es lo más curioso de esta fotografía en blanco y negro, ajada. Quien está sentado adelante en el extremo derecho no es otro que Pat Garrett, el sheriff del Condado de Lincoln, en Nuevo México, que puso fin a las correrías del rubio delincuente.
La imagen fue adquirida por un abogado de nombre Frank Abrams hace seis años en una feria de pulgas en Carolina del Norte por unos pocos dólares. Diez en total. La fotografía, producida en lo que hacia finales de siglo XIX se conocía como ferrotipo, es del tamaño de la palma de una mano y hoy vale millones de dólares, según The New York Times.
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Durante varios años, Abrams creyó que solo se trataba de cinco vulgares vaqueros de la época. Eso sí: le llamó la atención que un ferrotipo de ese estilo estuviera en Carolina del Norte, proveniente del Lejano Oeste. En aquella época, la mayoría provenía del sur de los Estados Unidos. Fue por eso que lo compró. Desembolsó diez dólares, y lo colocó en un portarretrato en la habitación que rentaba a turistas por Airbnb. Como broma, según relata el diario neoyorquino, el anfitrión le contaba a sus huéspedes que se trataba de Jesse James, otro famoso delincuente norteamericano de aquella época de tiros y salvajismo.
Pero todo cambió en 2015, cuando leyó una noticia que daría un vuelco a su atención por aquella fotografía de apenas un puñado de monedas. Leyó que una imagen de Billy the Kid jugando al croquet con amigos había sido subastada en una cifra cercana a los 5 millones de dólares. Recordó el retrato y fue derecho a investigar por internet quiénes podrían ser esos cinco recios que ocupaban una repisa en su casa.
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“Oh, Dios mío. Ese es Pat Garrett”, alcanzó a reconocer. Pero Abrams quería saber más sobre esos intrigantes personajes. ¿Quién era el hombre con rostro más angelical de todos? Aquel sin bigotes y con una prominente nuez en su cuello. ¿Era Billy the Kid? Contactó a académicos dedicados a la vida del malhechor. A expertos en ferrotipos que le confirmaron que la imagen había sido tomada entre 1875 y 1880.
El experto en fotografía de ese tipo William Dunninway y el perito forense Kent Gibson fueron concluyentes y le dieron una gran noticia a Abrams: Billy the Kid y Garrett formaban parte de la banda que había sido capturada por la lente de algún fotógrafo de la época. Ambos, pistolero y sheriff, fueron alguna vez amigos. Solían compartir fiestas e interminables partidas de póker juntos. Las apuestas eran parte de su vida.
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Pero todo cambió cuando el hombre de bigotes y mirada profunda se convirtió en autoridad. “Si dejas Nuevo México, no te perseguiré. Pero si permaneces en el territorio, entonces no importará dónde estás, tendré que ir por ti”, fue el ultimátum que Garrett le dio a su amigo.

Pero Billy the Kid no eligió el exilio. Y fue detenido por los hombres de Garrett. Y condenado a la horca. Sin embargo, el peligroso delincuente consiguió escapar de una forma sangrienta. Planificó todo en prisión y un día antes de su ejecución convenció a los guardias de que le permitieran soltarle una de las manos amarradas con pesadas esposas para que pudiera comer correctamente. Lo hicieron. Pero no hizo nada en ese momento. Esperó un tiempo prudencial hasta que tuviera su única oportunidad. Al cabo de unas horas, uno de los guardias salió unos minutos. Billy consiguió colocarse detrás del otro que había quedado en soledad y lo noqueó. Le quitó su revólver y disparó. Un fulminante tiro en la cabeza. La detonación llamó la atención del otro policía que estaba regresando a la celda. Corrió hacia el lugar, cuando Billy the Kid ya tenía en su poder un poderoso rifle. Cuando el delincuente abrió una ventana para saltar y escapar, divisó que el guardia estaba yendo tras él. Gritó ¡Hallo Bill! y le disparó. Esta vez al corazón.
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La cacería se reinició. Y el 14 de julio de 1881, cuando “el niño” tenía 21 años, llegaría su fin. Garrett había ido a Fort Summer a visitar a un amigo del malhechor. Quería reunir información sobre su paradero. Pero en determinado momento, en medio de una habitación oscura, irrumpió Billy quien no distinguió a los presentes. Sobre todo a quien sería su verdugo. Saludó, el sheriff reconoció su voz, y recibió el disparo fatal.

Días después de su muerte, The New York Times publicó una crónica en la cual daba cuenta de la “Vida y muerte de Billy the Kid”. En ella describe al joven de manera tal que permite alimentar el mito, la leyenda alrededor suyo. “Su nombre real no era conocido”; “sus ojos celestes eran tan atractivos, que para aquellos que lo miraban por primera vez veían en él alguien víctima de las circunstancias”; “pero a pesar de su apariencia inocente, era uno de los más peligrosos personajes que ha producido el país”; “es conocido que a su corta edad ha asesinado 19 personas, casi una víctima por cada año de su vida”.
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Abrams, un abogado criminalista, no pensó aún en el valor que tiene la fotografía. “Es como tener el mayor caso que puedas imaginar”, dice en referencia a su profesión. Y concluye: “No sé cuánto vale. Amo la historia. Es un privilegio tener algo así”.
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