
En la villa del padre Pepe se da de comer a los que tienen hambre, como manda el Evangelio. Y para que nadie olvide el precepto divino, sobre la puerta de la cocina han escrito con grandes letras las palabras de Cristo a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”. Por eso todos los días al mediodía se distribuye un plato caliente de comida desde que empezó la cuarentena, hace tanto tiempo, hace tanto, tanto tiempo, que ya se perdió la cuenta.

Lo preparan hombres y mujeres que viven de esta manera el aislamiento al que obligan las normas sanitarias del gobierno. Ponen en peligro su propia seguridad, lo mismo que todas las personas que vienen a comer empujadas por la necesidad. Pelan papas, cortan cebollas, rallan bolsas y bolsas de zanahorias todos los días. Abren cajas de puré de tomates, vacían bolsas de carne molida y amasan harina. En grandes ollas de aluminio, sobre anafes militares de campaña, cocinan lo que la Providencia hace llegar a los depósitos de alimentos que abrieron en distintos puntos de la villa. Un grupo sirve las porciones, otro las entrega. Cuando terminan, llegan los que lavan las ollas y la vajilla y dejan todo ordenado para la comida del día siguiente.

Son hombres y mujeres que no quieren enfermarse, que valoran la salud y la vida. Todos tienen hijos, nietos, abuelos que esperan en casa como pichones en el nido la comida que ellos les llevan.

Entre ellos hay albañiles, empleadas domésticas, mujeres que prestan servicio en casas adineradas de los barrios vecinos, empleados municipales, algún trabajador del transporte y muchos otros que no tienen trabajo y viven de changas, como llaman los argentinos a las ocupaciones precarias que ayudan a llegar a fin de mes.

Para todos, el trabajo está en suspenso o reducido al mínimo y dedican su tiempo y sus energías a aliviar las necesidades de los demás. Sin recibir nada a cambio, salvo un plato del mismo guiso que cocinan para los que vienen todos los días a recibir una ración de comida.

Los pobres, los necesitados, los que no pueden cocinar o no tienen nada con qué hacerlo, forman fila delante del portón de la parroquia del Milagro, de Itatí, de San Francisco Solano, de la Medalla Milagrosa y de Villa 13 de julio. Y precisamente cuando los contactos deberían evitarse y disminuir las proximidades, las filas se estiran como un elástico y las cercanías se multiplican. Entre 3000 y 3500 personas por día reciben aquí su plato de comida. Traen consigo todo tipo de recipientes: cajas de plástico, ollas, bidones, sartenes, envases de helado, latas que debían ser de alguna otra cosa y que a falta de algo mejor sirven para contener los alimentos. Y mientras se van con el botín humeante en la mano, vuelven a la memoria las palabras del Papa argentino al comienzo de su pontificado: “Yo veo la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla. ¡Es inútil preguntarle a un herido grave si tiene alto el colesterol o el azúcar! Hay que curar sus heridas. Después podremos hablar del resto. Curar las heridas, curar las heridas… Y hay que comenzar desde abajo” .

Son palabras que hoy, con el planeta en las garras de una pandemia que no cede y nadie puede asegurar que no vuelva bajo otras formas, en esta Argentina sacudida por la peste del COVID que parece no tener fin, reflejan de tal manera la realidad que verdaderamente resulta impresionante.

[Para colaborar: Parroquia San Juan Bosco - 011 4843-5210 - Calle 57 8000, B1655 José León Suárez, Provincia de Buenos Aires]
[FOTOS: MARCELO PASCUAL]
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