
La práctica es milenaria, pero “yoga” es una de las palabras del momento. En el último año y medio, son legiones los que en todo el mundo se volcaron a las rutinas de asanas y meditación online como un espacio saludable para liberar el cuerpo y la mente del confinamiento.
Desde Barcelona, la francovietnamita Xuan Lan ya es una cara conocida en la mayoría de las casas: la profesora de yoga más popular de habla hispana suma millones de seguidores en sus videos de YouTube y en sus clases en directo. Para ella, la clave del fenómeno de divulgación actual es “hacer que la puerta de entrada sea más sencilla. El yoga es una disciplina muy compleja y muchas personas no tienen la oportunidad de entender esa filosofía en las primeras prácticas, por lo que terminan por desmotivarse -dijo recientemente a la revista GQ-. Si a alguien que no lo ha practicado nunca le hablás de elevar la consciencia para alcanzar la ecuanimidad, le genera rechazo. La pregunta que yo hago es ‘¿te duele el cuerpo? ¿tenés problemas para gestionar tus emociones?’. La respuesta es que esto te va a hacer sentir mejor. Con pasos sencillos y constancia, te permite seguir tu propio camino”.

Yoga también es el título del último y controvertido bestseller del francés Emmanuel Carrère que acaba de llegar a las librerías argentinas. Y aunque, como aclara la contratapa a los posibles lectores despistados, no es “un manual práctico sobre yoga, ni tampoco un bienintencionado libro de autoayuda”, sino la narración en primera persona de una crisis depresiva, sí hace un repaso y propone unas cuantas definiciones sobre la disciplina que practica desde hace veinte años.
Casi al comienzo del libro, Carrère habla de su experiencia en el ashram donde vivió y enseñó el gran místico Ramana Maharshi (1879-1959), en Tiruvanamalai. “El lugar me produjo una pésima impresión: la de una feria de gurús y seminarios espirituales que atraía a falsos sadhus occidentales, demacrados, aturdidos, mugrientos, que exudaban tanto pretensión como sufrimiento, y pienso en ella cada vez que practicantes de yoga me hablan de retiros en la India donde esperan recibir las enseñanzas ancestrales de los grandes maestros. Tiruvanamalai o Rishikesh, que supuestamente es la cuna del yoga, son en mi opinión los lugares del mundo donde existen menos posibilidades de recibir esas enseñanzas, tan pocas como las de encontrar un pintor original en la Place du Tertre”, escribe.

En el Día Mundial del Yoga, esa duda sobre su origen sembrada al pasar por el autor de El adversario, legitima una pregunta: ¿Se trata realmente del “regalo de la India al mundo”, como lo describió en 2015 el primer ministro de ese país, Narendra Modi, al convencer a las Naciones Unidas de imponer el 22 de junio como recordatorio del que se asume como uno de los mayores bienes culturales exportados por el gigante surasiático?
Así lo hizo en una serie documental del canal británico BBC la periodista indo-británica Mukti Jain Campion, quien encontró que la disciplina que conocemos hoy es bastante más multicultural y dinámica de lo que la mayoría piensa. En The secret history of Yoga, la autora, que además de estudiar sobre el tema ha asistido a clases de lo que en Occidente conocemos como “yoga” durante toda su vida como londinense, indaga en los ejercicios posturales y de respiración que se imparten en gimnasios de cientos de países de todo el mundo. Para ver cuánto queda en la actualidad de la tradición que solía transmitirse de generación en generación en su tierra natal, entrevista, por ejemplo, a la profesora de filosofía hinduista y ayurveda Ushma Williams, que creció en Delhi, donde aprendió de su padre las técnicas básicas de entrenamiento cuando tenía siete años.
“Papá siempre decía ‘vamos a hacer asanas’, nunca usaba la palabra ‘yoga’, que recién me enseñó en un sentido teórico más adelante. En cambio, a mis hijos, que nacieron en Londres, no puedo hablarles de ‘asanas’ porque no me entenderían: para ellos, esos ejercicios son ‘hacer yoga’”, dice Williams. Y explica: “Si yo tuviera que referirme al yoga, diría que son todos sus fundamentos, los asanas (las posturas), el pranayama (los ejercicios de respiración -del sánscrito, ‘prana’, energía vital, y ‘ayama’, liberar-), la meditación, y el estilo de vida propio de la práctica yogui. Pero el 99% de la gente hoy hace solo las posturas y la respiración”.

Algo parecido suma Manmath Gharote, director del Instituto de Yoga Lonavla, en Bombay. “El objetivo fundamental de esta disciplina es armonizar los cinco aspectos de la personalidad: el físico, el mental, el emocional, el social y el espiritual. ¿Pero cuántos de los que practican las rutinas en los gimnasios del mundo lo saben? -se pregunta-. Los aspectos físicos del yoga para mejorar la flexibilidad de la columna, las articulaciones y los músculos son importantes, pero la función de los ‘asanas’ es la claridad de la mente que propicie la estabilidad y logre, primero, erradicar el sufrimiento, y después, la paz eterna”.
Tal como lo demuestran a diario los millones de seguidores que capta con su mensaje de bienestar simple la profesora Xuan Lan, la mayor parte de los que se acerca a esta práctica ya no persigue resultados tan trascendentales: apenas busca hacer alguna actividad y, en plena pandemia, se conforma –dice Lan– con “sostener alguna rutina, moverse y quitarse el dolor de espalda”.
Otro de los especialistas consultados para el documental de Jain Campion es el historiador Marc Singleton, autor del libro Yoga body, the origins of modern posture practice (El cuerpo del yoga: los orígenes de la práctica postural moderna), que sostiene que la gimnasia sueca y danesa de fines del siglo XIX influyó particularmente en las técnicas que conocemos en nuestros días. De acuerdo con su investigación, el sueco Per Henrik Ling desarrolló un concepto de preparación física para las escuelas, el ejército y centros de rehabilitación médica, que se convirtió en la base de los entrenamientos militares de todo el continente. Su éxito hizo que también llegara a escuelas y cuarteles indios, donde la gimnasia de Ling se convirtió en la práctica física más popular de principios del SXX.
La segunda forma de entrenamiento más popular en la India por esos años fue la creada por el danés Niels Bukh, quien basado en la gimnasia de Ling publicó en 1925 Keep fit (Mantenerse en forma), donde desarrolló una serie de ejercicios con muchos más componentes aeróbicos y de estiramiento. “La preocupación por el cuidado del cuerpo y el fitness se extendió en coincidencia con los avances de la fotografía, que permitió registrar las posiciones y ejercicios, y que se mezclaran las nociones de entrenamiento corporal europeas con las posturas tradicionales de la India. De hecho, me sorprendió que muchas de las posturas de Bukh se parecen a las del yoga, como la pose del gato. Se parecen, pero no lo son. Y estoy seguro de que su libro no copió sus posturas de los asanas. Lo que ahora conocemos como ‘Yoga’ es un producto de esa mezcla”, dice Singleton.

Su colega en la London School of Oriental and African Studies (SOAS), Jim Mallinson, asegura incluso que varias de las posturas y secuencias más famosas ni siquiera se encuentran en los textos fundacionales, entre los que el Yoga Sutra -escrito por el sabio Patañyali en el siglo III A.C.- fue el primero conocido y sistematizado. “El saludo al sol, por ejemplo, hoy es visto como una parte integral de la práctica, pero no figura en ninguna de las escrituras antiguas: solo comenzó a ser enseñado a partir de 1930”, dice. Y agrega que lo mismo ocurre con estilos muy populares como el Ashtanga y el Vinyasa Flow, “de los que pueden encontrarse algunos elementos en fuentes históricas, pero son básicamente innovaciones modernas”.
Es decir que cuando el monje Swami Vivekenanda viajó desde Calcuta a Chicago para el Parlamento Mundial de las Religiones de 1893 e introdujo el yoga en Occidente en su discurso sobre el hinduismo, el saludo al sol que hoy es parte del kit de presentación básica y hasta un cliché del yogui occidental, aún era desconocido hasta para él. Singleton agrega un dato curioso al respecto: “Vivekananda dio la primera clase de yoga a personas occidentales y, sorprendentemente, no enseñó ninguna postura”. Tres años después publicaría en los Estados Unidos su libro Raja Yoga, en el que se centró en la meditación, las respiraciones y las visualizaciones.

¿Cómo pasaron las posturas a ser una parte tan fundamental de cómo se practica el yoga en los países occidentales?, se preguntan los académicos de la Universidad de SOAS. Precisamente con la fusión cultural que tuvo lugar sobre todo desde principios de 1900. Mientras Vivekenanda conquistaba Manhattan, los ejercicios de Ling y Bukh hacían lo propio en la India, y el creciente interés por la cultura física llevó a que el luchador y fisicoculturista alemán Eugen Sandow -que comparaba su cuerpo con las estatuas de los dioses griegos- hiciera una celebrada gira por ese país. “Fue visto como un héroe porque mostraba un método accesible para fortalecer la musculatura que los indios no asociaban con la dominación colonial británica. Así, antiguas tradiciones y asanas se reflotaron junto con las ideas de Sandow”, dice Singleton.
En las décadas posteriores, una oleada de gurús del hinduismo formados bajo esa amalgama sedujeron a americanos y europeos. Para 1968, toda la espiritualidad new-age y el movimiento hippie se cristalizarían en la foto de Los Beatles en el ashram del yogui Maharishi Mahesh, justo en Rishikesh, esa supuesta cuna del yoga que se transformaría, según Carrère, en uno de los lugares del mundo donde existen menos posibilidades de recibir las enseñanzas de los grandes maestros.
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