
El domingo 30 de mayo, en los jardines vaticanos, el Papa cerró la maratón mundial de oración, que duró todo el mes, y que recorrió 30 santuarios del mundo, entre ellos, el de Luján en la provincia de Buenos Aires.
Francisco rezó frente a la imagen de la Virgen que desata los nudos: “Continuemos pidiendo al Señor que proteja al mundo entero de la pandemia y a todos, sin exclusiones, se les dé la posibilidad de protegerse mediante la vacunación”,
También le pidió desatar cinco nudos. “El de la relacionalidad herida, la soledad y la indiferencia”, el de las personas que buscan trabajo o se encuentran en situación precaria, el de las víctimas de la violencia, en particular aquella que se origina en la familia. Por último, los nudos del progreso humano -para que la investigación científica “ponga en común los descubrimientos para que sean accesibles a todos, especialmente a los más débiles y pobres”- y la actividad pastoral de la Iglesia -para que éstas “redescubran el entusiasmo y el nuevo impulso en toda la vida pastoral”, con también la intención de que “los jóvenes puedan casarse y construir una familia y un futuro”-.
Creo que la Virgen que desata nudos ha aflojado ya el primero: “el del egoísmo y la indiferencia”. Solidaridad y perdón, una de la mano del otro, son practicados en mayor medida en estos meses infectados, notoriamente en las villas y los barrios populares. Para mucha gente el tiempo de la pandemia significó involucrarse de una manera más solícita y gratuita con las necesidades de los demás, estar más dispuesto a reconocer los males cometidos y a perdonar los recibidos.

La percepción que acabamos de describir, fruto de la observación en terreno, resulta ahora confirmada por más de una investigación. En la ciudad de Buenos Aires y su inmensa provincia, dos de cada tres personas afirmaron que habían ayudado a una persona o a una organización que de alguna manera ayudaba a otros, según un estudio realizado por la Universidad Argentina de la Empresa y la consultora Voices. Y de ellos, poco más de la mitad dijo que había ayudado a personas vulnerables y colaborado con instituciones comprometidas con la pobreza.
Otro dato que no resulta sorprendente es que esa ayuda se concentró en el prójimo en el sentido literal de la palabra, es decir en los que viven cerca, en la misma zona que ellos. Solo una mínima parte, entre el 5 y el 7 por ciento de los interpelados, lo hizo a un nivel mayor -provincial, regional o nacional- y menos aún, solo el 2% a nivel internacional. Eso significa que el vecino, el que se encuentra en el mismo entorno, conmueve más que el que está lejos. Además la solidaridad –otro dato significativo– se ha centrado en las cosas primarias: la comida, el techo, la ropa, los medicamentos, el asesoramiento profesional gratuito y hasta la donación de órganos, que según sabemos ha registrado un considerable incremento en estos tiempos infectos, en muchos casos como el último aporte, el del propio cuerpo, de los que no consiguieron sobrevivir.

En los días del gran miedo también hubo momentos de gran perdón. Disputas de larga data que oponían a unos contra otros se resolvieron, lejanías que parecían insalvables desaparecieron, algunas separaciones se suavizaron y algunas divisiones se volvieron un poco menos intransigentes. Hay más comprensión en los ámbitos más humildes y la vida que hoy está en peligro se valora más cuanto más se siente amenazada.
Un sabio fraile argentino, con muchas horas en el confesonario y que en su momento escuchó los pecados del Papa, su compatriota, dice que “la misericordia acepta que no soy yo, sino que es otro el principio que ordena el mundo”. Y de esa manera introduce en la vida de la persona “una base para rechazar el egoísmo, para evitar la afirmación de uno mismo, una barrera contra la intolerancia y la violencia, pero también un principio activo de reconciliación”.
Por eso el perdón moviliza mucho más; más y más profundamente que cualquier autocrítica o sabio consejo que aliente a corregir los propios vicios. No es que uno y otro no ofrezcan beneficios a quien los pone en práctica. Una actitud en cierto modo irónica y el ejercicio de interrogarse a uno mismo, así como escuchar buenos consejos, si son cordialmente recibidos, indican un espíritu dócil. Pero el perdón y la corrección son dos cosas diferentes, cada uno corresponde a dos movimientos distintos del alma. La eficacia del perdón es superior a los mejores resultados del esfuerzo de arrepentirse.

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