
Hace unos días se cumplieron 10 años de la muerte de Ernesto Sábato, el escritor más existencialista que ha dado la literatura argentina, y en unas semanas más se cumplirá otro aniversario de su nacimiento. Mucho se ha escrito sobre sus obras, que cosechó admiradores y detractores, pero sus biógrafos han soslayado una de las etapas más importantes de su vida: los años que se refugió en El Pantanillo, en las sierras de Córdoba, donde escribió su primer libro Uno y el universo mientras meditaba sobre su adiós a la ciencia, procesando los temas que lo obsesionarían.
Pasó gran parte de su tiempo en ese lugar escribiendo bajo una higuerilla. Eran los ensayos iniciáticos de su novelística donde abordó la decepción, la soledad, y la tumultuosa vida interior de seres incapaces de resolver sus dramas existenciales.
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Su alejamiento del mundo científico y de su militancia política no fue fácil ni lineal. Debió soportar enojos, críticas y reprobaciones de personas de su círculo de afectos, entre ellos del premio Nobel Bernardo Houssay, sus profesores, Enrique Gaviola, director del Observatorio Astronómico de Córdoba, y Guido Beck, discípulo de Albert Einstein.
Sábato llegó con su mujer Matilde y su hijo mayor Jorge al paraje inhóspito ubicado a escasos kilómetros de Villa Carlos Paz donde lo esperaba su amigo, el cineasta Federico Valle.
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En enero de 1943, se hospedaron en el rancho La Tapera que Valle le alquiló por diecisiete pesos anuales mientras él se fue a vivir en una carpa, donde empezó su traducción del “Ulises” de James Joyce.

“Éramos unos muertos de hambre”
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En una carta que lleva la fecha 20 de julio de 1988, Sábato recordó: “Valle era un viejo encantador. Éramos todos unos muertos de hambre, con excepción de Cayetano Córdova Iturburu y su familia, que alquilaban la casa de Lorenzo Binimelis, la Villa Santa Catalina, una casa que reunía todas las comodidades y donde también se fueron a vivir Celia de la Serna, la madre de Ernesto el Che Guevara y sus hijos, menos él, que andaba en diferentes partes, con su moto. Yo no lo conocí por ese motivo”.
Antes que los Sábato llegaran a El Pantanillo, el editor Jacobo Muchnik había construido un rancho conocido como El Tope. Por allí pasaron el periodista y escritor chileno Evan Horovich, quien trabajaba en revistas partidarias de izquierda y medios de prensa alternativos; el psiquiatra Elías Piterbarg, muy relacionado al surrealismo, y las actrices Inda Ledesma y Ámbar La Fox. Luego, Muchnik vendió su rancho, y en poco tiempo pasó a manos del violinista Anatole Kanovich, hasta que el músico volvió a Buenos Aires para incorporarse al elenco del teatro Colón.
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Esa rotación de artistas e intelectuales reflejaba el ambiente que se vivía durante esos años en el paraje apreciado en el ambiente artístico nacional, y tenía fervientes promotores como el novelista Enrique Wernicke, y el propio Valle que se encargó que lo conocieran sus amigos. Quienes lo visitaban en Santos Lugares los arrastraba, literalmente, hacia El Pantanillo y logró que hasta el escritor brasileño Jorge Amado pasara unos días.
La fama del paraje fue expandiéndose de boca en boca entre los que regresaban de Europa, consustanciados con las corrientes artísticas de la época. Los pintores Juan Batlle Planas y Ernesto Fariña solían llegar acompañados por los integrantes del grupo Generación del 40. Máximo Gainza Paz Avellaneda, primo de los ex propietarios de La Prensa, el escritor Leónidas Barletta dedicado a visitar los refugios de los artistas que habían pasado por el Partido Comunista, y Rogelio Frigerio, cuando era un intelectual muy cercano al trotskismo, −Sábato le dedicó la primera edición de El túnel−, eran huéspedes que rotaban por los ranchos y las casitas precarias asentadas en la desembocadura del arroyo Las Catitas en el río Los Chorrillos.
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También disfrutó de El Pantanillo la poeta Alejandra Pizarnik, quien incluso escribió un poema al lugar dedicado a Federico Valle y publicado en su primer libro, “La tierra más ajena”, del año 1955.
Su vida en El Pantanillo
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En 1989, Sábato definió de la siguiente manera a ese paraje: “El Pantanillo no era un lugar de veraneo, en el sentido habitual y correcto de la palabra; sino más bien un refugio de gente un poco bohemia y sin dinero y fuera de los Córdova Iturburu, que alquilaban todos los veranos la casa de los Binimelis, los demás vivíamos en simples ranchos, y en algún caso poco más que eso, sin agua corriente, sin electricidad. Nos bañábamos en el río, lo que en invierno era casi imposible. Mi estadía en El Pantanillo se debió a motivos de pobreza, aunque, desde luego, tomamos gran cariño a la hermosa y en aquel tiempo casi salvaje serranía, en la que aún se podía uno topar con un puma”.
Luego, continuó recordando: “En 1943 Carlos Paz era un pueblito, que nada tenía que ver con lo que es hoy. En El Pantanillo mismo no había turistas, en el sentido estricto de la palabra. Así pasamos todo el año, escribiendo, yo mi primer libro y meditando mi abandono de mis cátedras y mi carrera de físico, que no fue tan sencillo y lineal como alguien puede imaginar”.
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Y terminó así: “Necesité buscar un sitio que no me costara casi nada, porque quedábamos literalmente en la calle y pudimos sobrevivir gracias a algunas traducciones y artículos escritos con seudónimo en el diario El Mundo”.
La empatía que generaron los Sábato con los lugareños generó un menú de recuerdos. En los años 70, como símbolo de gratitud y afecto, Jorge Sábato envió a doña Tomasa, la cocinera de aquellos años, una fotografía suya en El Pantanillo con una dedicatoria deseándole felicidades.
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Luis Alberto Paintner, nieto de doña Tomasa, recordó que Andrés García y Lorenzo Binimelis transportaban a los visitantes hasta el pueblo de Carlos Paz, o de Tanti para provisionarse, y que entre ellos practicaban el trueque. Llevaban carne, cueros y animales a Tanti, adonde canjeaban por lo que denominaban vicios: azúcar, yerba, tabaco y bebidas alcohólicas.

Francisca Panchita Binimelis, hija de Lorenzo, pasó parte de su infancia en el paraje. Jugaba con Jorge y Mario ayudaba a Matilde en las tareas domésticas y la acompañaba a buscar agua al río. Poco antes que falleciera, Francisca recordó que Jorge siempre andaba con un caballo ordinario, de color blanco, cabezón, viejo y feo, al que llamaba Califa. “Tanto quería a ese animal que le escribió un poemario y lo distribuyó entre los vecinos. Solía andar con su caballo y lo seguía el perro Punk de Federico Valle.”
“En un almuerzo, Sábato le dijo: “Pancha, le voy a hacer un regalo. Tome este dibujo”. Era un boceto de La Tapera. Doña Matilde le reprochó: “Hacéle un regalo que tenga valor”.
Francisca vio por última vez a Sábato en 1965. El escritor había visitado Córdoba y se llegó hasta Villa Carlos Paz para saludar a su familia. En esa oportunidad, Sábato visitó el rancho La Tapera, que ya se encontraba abandonada, y le obsequió un ejemplar del libro “Uno y el Universo”, cuya dedicatoria rezaba: “A Panchita”.
También preguntó por su dibujo “La garza”, que se lo había dedicado a Antonio Binimelis.
Los primeros escritos del autor de El túnel surgieron después de largas caminatas por la orilla del arroyo arriesgándose a pasar por tramos oscuros, inciertos, habitados por fantasmas muchas veces peligrosos. Caminó por los pastizales sin saber a ciencia cierta lo que encontraría; y se preguntó más de una vez: ¿habrá luz al final, o sólo silencio y oscuridad? Así fue adentrándose a su túnel, moldeando una particular metáfora sobre la existencia humana, y sobre las profundidades de la subjetividad, asumiendo el oficio de indagar la oscuridad a plena luz de las sierras.
Sábato y las sierras
Qué pudo haber significado para Sábato su permanencia en un lugar recóndito de las sierras de Córdoba, su encuentro con tantos personajes del mundo artístico en otro escenario que no era Buenos Aires ni París, y su abandono de la ciencia para adentrarse en un mundo desconocido a través de un túnel incierto, donde las certezas se habían perdido y sólo era posible asumir el riesgo de construirse una nueva realidad.

El cambio existencial de Sábato que se inició en El Pantanillo, inmerso en una pobreza extrema, se tradujo en ensayos y novelas reconocidas en el mundo y elogiadas por Albert Camus, Thomas Mann, Graham Greene y Salvatore Quasimodo.
*El autor es escritor, periodista y autor del libro El Pantanillo de Ernesto Sábato
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