Adelanto del libro “Malvinas: Puerto Yapeyú 1982”, de Roberto Fabián Arias Malatesta

La travesía en el mar de los soldados del Regimiento 5 de Infantería

Soldados del Regimiento 5 en las Islas Malvinas
Soldados del Regimiento 5 en las Islas Malvinas

El Regimiento 5 amaneció su primer día en las islas a la espera de órdenes. La actividad se inició con batido de carpas. Luego de un ansiado mate cocido las fracciones recibieron los detalles para iniciar el cruce a la otra isla.

La unidad cruzaría a la isla Gran Malvina en tres escalones. Dos helitransportados, a ejecutarse los días 26 y 27 de abril, y un escalón por modo marítimo con el pequeño navío “Monsunen”, el cual zarparía en la noche del 26 desde el muelle de Puerto Argentino.

El buque interisleño “Monsunen” era una pequeña nave de cuarenta y cinco metros de largo, y que podía navegar a la velocidad de nueve nudos. El barco era propiedad de la Falklands Islands Company (FIC), y se empleaba para abastecer a las alejadas localidades del archipiélago y traer desde aquellas los lanares. Al momento de la recuperación de las islas, el “Monsunen” se encontraba en el muelle de Puerto Argentino. Personal de la Armada Argentina lo inspeccionó y observó que se encontraba en impecable estado de operación. La nave tenía las cualidades ideales para abastecer a las guarniciones con su bodega parcelada y dos grúas de cuatro toneladas. Es por esto que fue requisado y renombrado ARA “Monsunen”.

El 12 de abril se había hecho cargo como comandante del barco el teniente de navío Jorge Gopcevich Canevari, quien tenía a su mando una tripulación de once hombres de la Armada. Días después se sumarían el sargento Marchetti y el soldado Godoy del Regimiento de Infantería 4 para cumplir tareas de defensa de la nave con una ametralladora MAG.

El contingente del Regimiento 5 estaba conformado por ciento diez hombres, integrantes de tres secciones de la Compañía “B”. El oficial a cargo de ese personal era el subteniente Jorge Taranto. La primera actividad fue embarcar los abastecimientos que se encontraban estibados en el muelle, principalmente verduras, pan y víveres secos. La carga se prolongó hasta las últimas horas de la tarde. El personal había aparcado sus equipos individuales y armamento sobre el mismo muelle. Durante una maniobra con los cajones se produjo la caída de un fusil al agua, el cual sería recuperado por personal de buzos de la Armada.

El material fue acomodado sobre el doble piso de cajones de munición que había sido embarcado el día anterior. Cabe recordar que el personal era proveniente, mayoritariamente, de zonas rurales, de “tierra adentro”, y nunca había visto el mar, menos tener experiencia marina. Previo a embarcar el capellán militar, padre José Fernández, les entregó un rosario y un escapulario a cada uno de los hombres de la Compañía.

Zarparon a las 2000 horas de ese día. La oscuridad ayudaría a encubrir la nave, la cual viajaría caleteando (bordeando) la costa del norte de la isla Soledad. El tiempo previsto de navegación era de doce horas. La noche era cerrada y el viento anticipaba que no sería una travesía fácil.

Los soldados tenían gran expectativa respecto a la nueva experiencia, todo era júbilo y entusiasmo, pero apenas dejada la cobertura natural de la bahía de Puerto Argentino cambiaron los ánimos. El viento sacudía la pequeña nave para todos lados y el personal comenzó a sufrir los efectos del mareo naval. El producto inmediato de las náuseas hizo de la bodega del buque, donde se alojaba el personal, un lugar inhabitable. El reflejo natural en el organismo hacía que se produjera un efecto cadena.

Las máquinas entregaban su máxima potencia, pero el viento que venía desde la proa no dejaba avanzar al pequeño navío. Finalmente el teniente de navío Gopcevich Canevari decidió desistir y regresar a Puerto Argentino. Así teniendo a la vista el Cabo Leal emprendieron el retorno. Respecto a ello recuerda el soldado clase 62 Enrique Orlando Lentore, de 19 años de edad, proveniente de Rafaela, Santa Fe: “En un momento dado solicité autorización al subteniente Taranto para subir a cubierta (...). Entonces subí al puente de mando y pude ver la pantallita del radar que iluminaba el recinto. Cuando me detuve a observar el mar me dí cuenta que las olas parecían paredes que se interponían entre nosotros y el muelle de destino. Pensé que no íbamos a salir de ahí.

Al amanecer del día 27 de abril, el “Monsunen” se encontraba en el punto de inicio. Habían fondeado frente a Puerto Argentino, teniendo a la vista la localidad. Allí esperarían que la tempestad disminuyera en intensidad. Estando en ese lugar recibieron la comunicación haciendo mención de que era imprescindible la llegada a Puerto Howard, habida cuenta de que en sus bodegas llevaban los víveres para todo el Regimiento. Este mensaje fue transmitido al personal, anticipando que debían prepararse para una nueva navegación, esta vez más extensa. El capitán del buque estudió las cartas navales y trazó un nuevo derrotero. Debían navegar por el sur de la isla Soledad. Se presentaba una dificultad adicional: atravesar el campo minado naval instalado los días previos por personal de la Armada con el buque ARA “Isla de los Estados”. Finalmente emprendieron el viaje y teniendo a la vista las minas de orinque pudieron sortear el obstáculo.

La condición del mar no mejoró en forma ostensible, pero ya no había posibilidad de retorno. El oleaje y el viento hacían penosa la situación de los hombres y algunos que tenían dolencias previas se sintieron resentidos, tal el caso del subteniente Guillermo López que padecía de hepatitis, sin saberlo.

El buque avanzaba lentamente, buscando el resguardo de la costa cercana, para lo cual seguía el contorno de la misma. Al decir del personal naval, “caleteando”. Ese tramo de viaje se extendió por más de veinticuatro horas, no sin pasar nuevos momentos de zozobra. Al ingresar a una caleta el comandante llamó el subteniente Taranto y le hizo entrega de unas granadas antibuzo. Dicho dispositivo era básicamente una granada de mano de gran tamaño que se arrojaba al agua y producía una gran onda expansiva, pero sin esquirlas, con la finalidad de afectar el organismo de potenciales buzos de combate enemigos que intentaran colocar una carga explosiva adherida al caso del buque (...) ya que intuía que al detenerse pudieran ser blanco de hombres rana. También se solicitó colocar armas en las bandas del buque para brindar una defensa cercana. Por suerte ninguna de las amenazas se concretó.

Al amanecer del día 28 de abril tuvieron a la vista la entrada de la bahía de Puerto Howard. El mar no disminuía su oleaje y la entrada a dicho puerto se producía por un estrecho pasaje, el cual daba lugar a la bahía. El comandante expresó a los presentes: “En tiempos de paz, con estas condiciones no entraríamos, pero como estamos en guerra y no podemos perder más tiempo, vamos a entrar igual”.

Con gran pericia, el timonel logró sortear las piedras que aparecían y desaparecían entre el oleaje, logrando ingresar a las aguas calmas de la bahía de Puerto Howard. En el muelle los esperaban soldados de la Compañía “C”, dispuestos a recibir el cabo de mar y así poder amarrar al “Monsunen”. El barco tuvo que hacer varios intentos para llegar al pequeño puerto de madera, una vez próximo arrojaron el cabo, el cual fue recibido por la tropa. Una veintena de infantes debieron luchar contra la fuerza del mar para poder arrimar el buque. Finalmente a las 1300 horas el buque pudo extender su planchada. ¡41 horas después de zarpar! La alegría no podía ser contenida, muchos lanzaron al aire sus gritos de sapukay y se abrazaron. Habían llegado…

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