
El mundo gastronómico siempre fue un lugar cómodo y conocido para Pablo Rodriguez (50). Su padre tuvo un restaurante en el barrio porteño de Belgrano donde se crio. Su madre y abuela materna, de origen cordobés, le transmitieron el amor por las recetas caseras. “Montar mi propio negocio era algo con lo que soñaba, me hubiera gustado que sea en la Argentina, pero resultó imposible”, le cuenta a Infobae desde Las Vegas.
Pablo no estudió para ser chef: es mecánico en electrónica. Sin embargo siempre estuvo relacionado al mundo gourmet por su legado familiar. “Pasé por varias cocinas de restaurantes importantes, de renombre. Llegué a ser el gerente, pero quería algo más”, admite.
Es así que en 1998, en un viaje a Las Vegas, surgió la oportunidad de acercarse a su meta. “Me fui por tres meses, me encantó y vi que podría vivir allí. Estaba convencido de ir tras una mejor oportunidad de vida, para mí y mi familia. Tenía que convencer a mi mujer, para poder venir con mis hijos también. Ella no quiso”, recuerda.

Juntó algo de dinero y voló al norte. El desarraigo no fue sencillo. “Lo que más me costó fue separarme de Ezequiel y Candelaria , mis hijos, fue el precio que tuve que pagar”, dice. Pero la vida más tarde le dio su revancha. Hoy su hija es la encargada del negocio familiar en Las Vegas. “Unos meses antes de la pandemia vino de vacaciones y se enamoró. Aquí la adoran por su atención calidad y eficiencia. Estamos todos felices”, admite.
Muchos tropezones hasta el gran proyecto
En los Estados Unidos, previo a tener su local propio, Pablo hizo de todo. “Vendía botellas de agua en la calle, juntaba 200 dólares al mes. Me iba bien. Después pasé por restaurantes en puestos de bachero, mozo y manager, de todo. Me sirvió para ganar experiencia, aprender el idioma y la idiosincrasia”.
El plan inicial era juntar algo de dinero, hacer contactos y volver a casa. Hasta que se le presentó una oportunidad difícil de rechazar: la compra de un local a metros de donde se iba a inaugurar el estadio de fútbol americano de los Las Vegas Raiders (lo que sucedió el 21 de septiembre de 2020), lo que le aseguró un importante flujo de clientes. “Hacía siete meses que estaba a la venta, lo compré junto a un socio e inauguramos el bodegón”, dice.

Y sigue: “Con apenas tres empleados, hacemos un menú bien argentino. Las empanadas siempre fueron nuestro caballito de batalla, se venden a 2,85 dólares cada. Empezamos con 60 al mes, y hoy vendemos unas 14.000”. La receta la sacó de su infancia en la casa de su abuela Francisca, y su madre Olga. “No la pudieron probar todavía, pero les comparto fotos”.
La novedad del momento es la salsa de chimichurri, aunque con un ingrediente extravagante aunque de moda, el aceite de cannabis. “Aquí es legal para uso medicinal. Le da un sabor diferente, y no tiene efecto psicoactivo. Sale mucho. Se cobra un extra de 4 dólares”.
Este producto solo lo puede servir, todavía no obtuvo la licencia para comercializarlo fuera de su restaurante. Pablo está a la espera de esa instancia.

También tienen milanesas, pastas, y parrilla. Está siempre lleno, e incluso en la pandemia no pararon. “Se come rico, y bien. Estamos abiertos todos los días hasta las 21 horas, un horario que es tardísimo para los Estados Unidos”.
-¿Qué es lo que más te gusta de vivir en Estados Unidos?
-Me encanta la ciudad es limpia, ordenada, no hay tránsito. Odio el clima de calor extremo. Lo mejor es la estabilidad económica, acá cuando hablas de los sueldos te referís al ingreso anual porque no hay inflación, así se puede planificar.

-¿Qué costumbres adoptaste?
-Muchas. La que más disfruto es la de practicar el Footgolf, es meter una pelota de fútbol en un hoyo, a falta de ir a la cancha. Organizamos torneos mensuales.
-¿Te gustaría volver a la Argentina ?
-No te voy a mentir: Buenos Aires es 100 veces mejor, pero me desalienta la situación socioeconómica. Por los afectos y los rituales argentinos como los asados con amigos, los domingos en la cancha y la pizza volvería mañana. Pero desde que emigre soy un mejor ser humano.
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