“Voy a la Antártida y vuelvo”, fueron palabras más, palabras menos las que le dijeron los miembros de la tripulación de los dos aviones a sus familiares. Ningún integrante de ambos aviones reveló que el destino final era el Polo Sur. Era una secreta aspiración que todos se cuidaban en blanquear.
Eran una docena de efectivos de la Aviación Naval que protagonizaron la cuarta expedición mundial en llegar al polo por aire, y la primera argentina. Antes habían llegado noruegos, británicos y norteamericanos.

Pertenecían a la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Sostén Logístico, eran profesionales acostumbrados a volar en zonas de peligro o en condiciones adversas. En el avión Douglas C 47 con matrícula CTA-15 volaban el capitán de fragata Hermes José Quijada, el comandante; el capitán de corbeta Pedro Francisco Margalot, operaciones; el teniente de fragata Miguel Ángel Grondona, copiloto; el teniente de corbeta José Luis Pérez, navegante; el suboficial de segunda Eduardo Carlos Franzoni, mecánico y el cabo primero Gabino Rufino Elías, encargado de la radio.
En el Douglas DC 3 CTA-12, lo hacían el capital de corbeta Rafael Mario Checchi, ingeniero; el teniente de navío Jorge Aníbal Pittaluga, piloto; el teniente de fragata Héctor Albino Martini, copiloto; el teniente de fragata Enrique Juan Ángel Dionisi, navegante; el cabo principal Ricardo Miguel Rodríguez, mecánico y el cabo primero Raúl Ibasca, radio.

La misión fue la de buscar una ruta a lo largo de la península antártica, en su costa oriental, para llegar en el menor tiempo hasta los confines del Mar de Weddell y a las bases Belgrano, argentina y Ellsworth, norteamericana. Debían relevar el terreno al sur de allí con la decisión de llegar al mismísimo polo. Pero, claro, nadie se atrevía a decirlo aún.
El avión con la matrícula CAT 15 llevaba la inscripción “Total para qué” y el CAT 12 “Te vas a preocupar”, parte de una letra de una reconocida canción que cantaba la rosarina Jolly Land. Los hombres sabían de los riesgos de la empresa: aviones con 25 años de vuelo, con los que intentarían llegar a la meseta antártica, a 3000 metros de altura. Cualquier emergencia que surgiera sería muy difícil de sortear. Por eso las frases de la canción. Los Douglas fueron usados en la Segunda Guerra Mundial y especialmente útiles en el transporte de tropas paracaidistas. Fueron característicos durante el desembarco en Normandía. También serían empleados por Aerolíneas Argentinas en sus vuelos de cabotaje.

El 5 de diciembre de 1961, con sus narices pintadas del naranja característico que se usa en el continente blanco, despegaron de la base aeronaval de Ezeiza. La primera etapa fue Río Gallegos, donde llegaron ese mismo día por la tarde.
Al despegar de Ezeiza dejaron atrás meses de preparación y 100 horas de vuelo realizadas a ambas máquinas -a una se la llegó casi a desarmar por completo- a fin de detectar posibles fallas. Motores, incorporación de tanques auxiliares que permitían una mayor autonomía y sistema de calefacción fueron algunas de las tantas modificaciones técnicas que se les efectuaron. Nada debía quedar librado al azar. A los aviones se le colocaron esquíes de aluminio.

Tenían por delante una ruta con escasos puntos de referencia. Sabían que se internarían en la nada misma.
En la capital de Santa Cruz se esperó por buen tiempo. En las primeras horas del 18 de diciembre despegaron con rumbo a la base científica argentina Benjamín Matienzo. Por un tramo, los precedió un Douglas DC 4 matrícula CTA-5 que les informó sobre la ruta y la meteorología en el cruce del Pasaje de Drake. En Matienzo pasaron Nochebuena y Navidad. La comunicación por radio y los deseos de felicidad que pudieron intercambiar con sus familias tranquilizó a todos.
El 26 de diciembre ambos aviones decolaron y les costó ubicar la base norteamericana Lincoln Ellsworth, el siguiente destino. Eran tiempos en que no existía el GPS ni tecnología de avanzada. Ir al continente blanco suponía un salto al vacío.

De pronto la divisaron como una manchita en la inmensidad blanca. Fueron gritos de algarabía, mezclados con un sapucai del correntino del grupo. A los festejos se sumaron las dotaciones de los buques del grupo naval antártico, que operaba en la zona de las islas Shetlands y el rompehielos General San Martín, en el Mar de Weddell, los que seguían por radio las alternativas de la travesía, y estaban atentos ante cualquier emergencia que pudiera surgir.
“Nos sentimos importantes”, admitieron. Algunos daban gracias a Dios. Todos sintieron algo. En esa base recibieron el año 1962.
El 6 de enero en la base Elsworth era un día espléndido. Se reaprovisionaron de nafta común para automóvil, la única que disponían allí. Si bien decolaron usando combustible de aviación, al Polo Sur llegaron con nafta común. Para esta última etapa agregaron, en la panza del aparato, cuatro cohetes, llamados Jatos, que ayudaron a un rápido despegue, realizado pasado el mediodía.

Recién a las 21:15 localizaron la base Amundsen-Scott, justo en el Polo Sur. Roald Amudsen y de Robert Scott habían sido los primeros en llegar, en 1911 y 1912, respectivamente.
Luego de la bienvenida de rigor, cenaron y los argentinos entregaron una placa recordatoria en homenaje a estos exploradores.
El día de Reyes de 1962, con el sol sobre sus cabezas y 25 grados bajo cero, esos doce marinos izaron la bandera argentina en el mástil distante unos 700 metros de la base.
Estaban en el Polo Sur y hacían historia.

No podían permanecer mucho tiempo, así que horas después emprendieron el regreso a la base Ellsworth; el 18 de enero estaban nuevamente en la base Matienzo, el 20 en Río Gallegos y el 22 de enero de 1962 los dos aviones aterrizaron en Aeroparque.
Como resultado de este periplo, se recopilaron datos y fotografías que el Servicio de Hidrografía Naval usó para la confección de la primera carta desde el cabo Adams hasta el Polo Sur.

Con escasos medios, los argentinos probaron que la ruta al polo sur, desde el continente, era posible. Una de las máquinas sobreviviente, el CTA-15 se exhibe en el Museo de Aviación Naval, en Bahía Blanca.
Que les tocó a ellos pero que le pudo tocar a cualquiera, dicen los miembros sobrevivientes de aquella dotación. Si en definitiva, total, para qué te vas a preocupar, las cosas como vienen se tienen que tomar, cantaba Jolly Land en esos tiempos.
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